
El bar de la esquina

Mi padre siempre me dijo: «Hijo, no seas hombre de bares». Y he tratado de no serlo, pero en este largo acabamiento de la vida social pienso mucho en ellos. Sueño despierto con entrar en un bar cualquiera, barrial, acercarme a una barra y pedir una caña. Al lado, alguien ojeará un periódico; más lejos, un hombre absorto libará del vaso. Un rumor general hecho de tragaperras, televisión y conversaciones nos atontará dulcemente. Eso, que era tan sencillo, tan vulgar y tan inadvertido, parece una cima de nuestra vida.
Como las personas mayores, los bares fueron refugio en la crisis anterior y víctimas de la presente. Cuando no hubo un duro, allí se refugiaban las personas o las economías, montando un bar que diera, a cambio de mucho trabajo, una inmediata liquidez.
Ahora, con el toque de queda, quizás la solución esté en lo peor y en lo mejor de nosotros, resumido en esas dos palabras-monstruo: el «mañaneo» y el «tardeo». No nos queda otra si queremos que sobrevivan.
Cuando en invierno se cierra la puerta, se ve, desde dentro, que todos esos bares son bares castellanos, mesetarios, y se percibe que, efectivamente, Madrid es pueblo.
Samuel Johnson elogiaba la vida tabernaria inglesa, que proporcionaba una felicidad superior a la francesa. Se gozaba en la taberna de una libertad que no procuraba ningún anfitrión. Como fuera de las casas, en ningún sitio, venía a decir. Nosotros tendríamos que reconocer, ahora que tanto la echamos de menos, la felicidad que a la vida española aporta su sistema de bares y cafeterías. El bar, especialmente, es heredero, a su manera, de los viejos cafés de tertulia y de las tabernas oscuras y licenciosas. Algo de las dos queda en el bar automático, metálico y constante de la esquina, donde si los duros no suenan es porque ya no pesan. Estos bares son nuestra cripta de Pombo, donde gozamos «una libertad definitiva, aunque provisional». De todos, prefiero (¡viciosamente!) el bar castizo regentado por el chino, que confiere a nuestra humildad un ascetismo absoluto que viene de otro sitio. Cuando en invierno se cierra la puerta, se ve, desde dentro, que todos esos bares son bares castellanos, mesetarios, y se percibe que, efectivamente, Madrid es pueblo.
Debería reconocer otros bares, no obstante. El George Sand valenciano, donde tocó Brad Mehldau y donde el dueño, Agus, se quedaba con los incorregibles a poner discos de jazz y de Serrat hasta el día siguiente; o el Rocafull, resistencia del pop durante la ruta del bakalao y la reacción de aburrimiento urbano posterior; o el Manteca gaditano, arte puro, donde la primera vez que entré topé con Montoro y ya se me desmoronó el chicharrón.
Pero nada iguala al bar de la esquina. Entro al de mi calle, pido un café con leche, y el dueño, con voz de Manolo Gómez Bur, me pregunta a gritos participando a todos los parroquianos de un diálogo invariable:
—La lechita, ¿templadita o calentita?
—Calentita...
—¿Con churrito o con porrita?
—Porrita, por favor.
«¡Porrita y lechita calentita!».