logoesp.gif (4745 bytes)
px.gif (43 bytes)


Del deporte y la montaña a la plataforma móvil: EL ATLETA DE CRISTO MÁS INTERNACIONAL

Durante sus primeros años de Pontificado, Juan Pablo II fue conocido como el «atleta de Cristo» por su vitalidad a la hora de llevar el mensaje evangélico a todos los rincones del mundo. Pese a las enfermedades y el progresivo deterioro físico, Karol Wojtyla nunca dejó de viajar a aquellos rincones donde hubiera presencia católica. El Papa esquiador y deportista pasaba largas horas paseando por la montaña, una de sus grandes pasiones, hasta que la edad y los achaques le impidieron recorrer los alpes italianos, como solía hacer cada verano, o a las montañas al este de Roma, como en los primeros tiempos de su Pontificado. Por eso no deja de ser una feliz coincidencia que apenas unos días antes de su fallecimiento, un grupo de montañeros decidiera bautizar una montaña de la Antártida (uno de los pocos territorios que no pudo visitar el Pontífice) como «mons Ionnis Pauli II». Una montaña de 1.100 metros de altitud, que se yergue sobre el glacial «Horseshoe Valley» y en la que se plantó una cruz. El símbolo de la pasión y muerte de Cristo también había viajado, en el año 2001, al Polo Norte, dentro de una iniciativa patrocinada por el propio Juan Pablo II para llevar la seña de identidad del cristianismo a los puntos más extremos de la Tierra. Como si él mismo llevara a hombros esa misma cruz, la de la incomprensión de los primeros años, la del dolor y el sufrimiento en los postreros, Juan Pablo II cumplió su parte de compromiso, al acudir a los lugares más recónditos del planeta.

El «atleta de Cristo» batió todos los récords, al convertirse en el Papa que más kilómetros había recorrido, el que más países había visitado, el que más encíclicas había escrito, el que más audiencias había concedido y el que más santos y beatos había concedido la gracia de los altares. Considerado por muchos como el único líder auténticamente mundial, la figura de Juan Pablo II fue agrandándose a medida que su fuerza física se agotaba. No obstante, su vitalidad llegó a derribar simbólicamente el Muro de Berlín, a romper las ataduras entre las distintas confesiones cristianas y a gritar que ninguna religión puede invocar el nombre de Dios para la guerra. Más de uno, al saber de su muerte, lo recordará como «el hombre más fuerte».

Volver al índice