EMBAJADOR DEL MUNDO
El año 1984 se inició con la apertura de
relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, que desdeñaba, desde su nacimiento, al
Vaticano. Más adelante seguirían el mismo camino Israel, y un centenar de países. A su
llegada, sólo 68 países mantenían relaciones diplomáticas con la Santa Sede. En enero
de 2003, el Papa dirigía su discurso anual sobre el «estado del Mundo» a 174
embajadores acreditados.
Año tras año, Karol Wojtyla continuó sus
correrías por todo el mundo hasta superar el centenar, pero el viaje de más alcance
histórico fue quizá el más corto: la primera visita de un Papa a la sinagoga de Roma,
situada a un par de kilometros del Vaticano. Como siempre, aquel paso de 1986 era el
inicio de un camino y, en marzo de 2000, Juan Pablo II se convirtió en el primer Papa que
regresaba a Jerusalén despues de la persecución que obligó a huir a Pedro de Betsaida.
La oración silenciosa ante el Muro y su gesto de
introducir en una grieta una plegaria escrita, como hacen los judíos piadosos, fue el
mejor símbolo de reconciliación. Cuando Juan Pablo II se alejaba, un ministro israelí
no pudo contener su curiosidad y se precipitó a leer la nota del Papa. Era la petición
de perdón a Dios por las ofensas de los cristianos a los «hermanos mayores» judíos a
lo largo de los siglos.
Contra la opinión casi unánime de los cardenales,
Juan Pablo II convocó a los líderes de todas las religiones a rezar juntos por la paz en
Asís en 1986. El gesto se repitió tres veces, confirmando el «primado» del Papa entre
todos los líderes religiosos de buena voluntad. El tercer encuentro —celebrado el
año 2002 como respuesta al atentado contra las Torres Gemelas— concluyó con la
promesa común de enseñar la paz: que nunca la religión sirva de coartada para la guerra
o el terrorismo.
La visita del Papa al Parlamento Europeo en 1988
incluyó un memorable llamamiento a no olvidar la otra mitad del continente, que vivía
sin libertad: «Europa debe respirar con sus dos pulmones». Parecía un sueño imposible
pero, diez años más tarde, se desplomaban como fichas de dominó el muro de Berlín, el
Pacto de Varsovia y la Union Soviética. El comunismo desaparecía de Europa.
Con el paso de los años, las secuelas del
atentado, el tumor de 1992 y los primeros síntomas del Parkinson pasaron una factura cada
vez mayor. La rotura del fémur en 1994 y la mediocre instalación de una prótesis
condenaron a Juan Pablo II a utilizar un bastón mucho antes de lo normal. En vísperas
del Año Santo, la dificultad para caminar hizo necesario el uso de una plataforma móvil
para los desplazamientos por el pasillo central de la Basílica de San Pedro.
Desde 2002, la artrosis de rodilla le obligó a
llevar un ar-tilugio similar en los viajes internacionales e incluso a utilizar una
plataforma elevadora para subir y bajar del avión. Aun así, lo asumía con naturalidad;
Juan Pablo II no tenía reparo en añadir cada vez más objetos para compensar su
debilidad física, ya fuese la tablilla inclinada que sostenía los papeles del discurso
entre los brazos de su sillón o los apoyos para afianzarse en el balcón de su estudio a
la hora del Angelus dominical.
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