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LOS «HERMANOS» DEL PAPA

Desde hacía varios siglos, los cardenales se reunían en sesion plenaria poco más que para elegir Papa. En noviembre de 1979, Juan Pablo II les citó en Roma para una tarea más difícil que la de votar: resolver el problema de los números rojos. El viejo estereotipo de los «príncipes de la Iglesia» pasaba al desván junto con las rutinas palaciegas y la mentalidad localista. Los cardenales son hermanos y deben ayudar al Papa a gobernar toda la Iglesia. Su responsabilidad es el mundo entero.

Aclarado este punto, Karol Wojtyla ordena poner en marcha la revisión de la condena a Galileo y emprende viaje a Turquía para proclamar otro de sus grandes empeños, la unidad de los cristianos, con un abrazo al Patriarca ecuménico Dimitrios I en Estambul. Un pistolero ya famoso por haber asesinado al director de un periódico y haberse fugado de una carcel de máxima seguridad amenaza con matarle en suelo turco, pero Juan Pablo II no se deja intimidar. En el avión de regreso a Roma, la escolta y el séquito del Papa respiran aliviados. Nadie imaginaba que Alí Agca volverá a la carga el 13  de mayo de 1981.

En enero de 1980 Juan Pablo II convocó una reunión del Sínodo de obispos sobre «El trabajo pastoral en los Países Bajos», donde dominaba un clima hostil a Roma. Una vez más, repite a los obispos la señal ya enviada a los cardenales: se acabaron las reuniones de rutina; a Roma se va a estudiar juntos lo más peliagudo.

Pero el trabajo de Papa o de obispo no es incompatible con el de párroco, y Juan Pablo II lo demostró con su ejemplo. El Viernes Santo de ese año acude por sorpresa a uno de los confesionarios de la Basílica de San Pedro y se sienta a confesar a los fieles que esperaban su turno. A la tradición anual del confesionario se añadieron las del bautizo de niños en la Capilla Sixtina cada mes de enero y de adultos en la Basílica de San Pedro durante la vigilia de la Pascua. Juan Pablo II imparte todos los sacramentos, incluido el matrimonio de los hijos de amigos personales en su capilla privada de Castelgandolfo.

El discurso ante la UNESCO en junio de 1980 fue la revelación del Papa filósofo, dispuesto a escuchar todas las opiniones y a explicar la propia siempre que haga falta, convencido de que la fe y la razón humana son complementarias.

Los poderosos del mundo empezaron a viajar con frecuencia al Vaticano. La reina Isabel II de Inglaterra, jefe de la Iglesia Anglicana, acudió en octubre de 1980. Al mes siguiente veía la luz la segunda encíclica, «Dives in Misericordia», destinada a corregir la imagen popular de un Dios justiciero y terrible revelando su rostro misericordioso y compasivo.

El año 1981 quedó marcado por el atentado del 13 de mayo, al que Juan Pablo II sobrevivió por un milagro que atribuyó a la Virgen de Fátima. Si bien Alí Agca no logró matarle, el atentado y sus secuelas asestaron un golpe irreparable a la fortaleza física del Papa. Cuatro días más tarde, desde su cama del hospital Gemelli, consiguió rezar el Angelus dominical con los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro. Aunque su voz era un hilo muy débil, sus últimas palabras fueron claras: «Rezo por el hermano que me ha herido, a quien sinceramente he perdonado». Tres años mas tarde, el «Papa de la reconciliación» iría a charlar a solas con Agca en su celda de Rebibbia.

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