SU VIDA
El hijo de un militar retirado que sentía
pasión por el teatro y la montaña
La vida de Juan Pablo II puede
calificarse de todo menos de «típica». Esquiador, filósofo, poeta, místico y actor,
el «Papa viajero» recorrió todo el mundo llevando la palabra del Evangelio. «No
tengáis miedo», fueron sus primeras palabras, al asomarse al balcón de San Pedro tras
ser designado Pontífice. Él jamás lo tuvo
Por Juan Vicente Boo
El Pontificado más extenso e innovador de toda la historia
tiene como prólogo humano la biografía de una persona, Karol Wojtyla, en la que casi
todo fue providencial, antes y después de su llegada a la sede de Pedro. Casi todas las
grandes «sorpresas» que trajo al Vaticano el primer Papa esquiador y filósofo, viajero
y místico, las conocían de antemano sus muchos admiradores en Polonia.
El joven poeta, actor, trabajador manual y
seminarista clandestino bajo los nazis tenía muchos compañeros y amigos judíos en la
escuela de Wadowice y en la Universidad Jagellonica de Cracovia. Ese estudiante de
filología polaca y actor en un teatro clandestino durante la guerra sería el primer Papa
que visitó una sinagoga, rehabilitó a Galileo, viajó a Jerusalén y entró en la Gran
Mezquita de Damasco. Y también el primero que ejerció un primado moral entre todas las
religiones del mundo cada vez que les dio cita en Asís.
El Papa que aceleró la caída del muro de Berlín
pasó muchos años tras el Telón de Acero practicando la resistencia cultural al
comunismo como antes se había empeñado en la resistencia cultural a la invasión
alemana. Su defensa de los derechos humanos y de la libertad en Cracovia se extendió,
como obispo de Roma, a todo el mundo. Pidió la libertad para Europa del Este, y la
logró. La pidió para Cuba y no consiguió nada. Intentó dialogar con China y no
recibió más que desplantes. Reconstruyó la jerarquía católica en Rusia y desató una
persecución. Era un muchacho tranquilo al que no le gustaba figurar, y terminó siendo la
persona más vista, más fotografiada, más televisada y más amada del planeta.
Karol Jozef Wojtyla nació en Wadowice, una
pequeña localidad del sur de Polonia, el 18 de mayo de 1920, hijo de un teniente del
ejército polaco que había sido antes suboficial en el ejército austríaco y enseñó a
su hijo la lengua alemana, la primera de las muchas que aprendería hasta terminar
impartiendo los saludos de Navidad en 65 idiomas.
Era un hogar alegre que fue recibiendo golpes duros
que forjarían casi a martillazos el carácter del joven Karol, un muchacho amante del
futbol, el esquí, la literatura polaca y el teatro escolar, a quien sus amigos y su
familia llamaban carinosamente «Lolek». A los nueve años perdió a su madre, Emilia, y
a los doce a su admirado hermano mayor, «Mundek» (Edmund), un médico valiente, víctima
del contagio de escarlatina en el hospital de Bielsko-Biala donde trabajaba a sabiendas
del riesgo. La salud del capitan Wojtyla se fue quebrando demasiado rápido hasta el punto
de oligarle a jubilarse.
En el verano de 1938, padre e hijo se trasladan a
Cracovia, donde Karol consigue la admisión en la Universidad Jagellonica y empieza a
estudiar Filologia Polaca mientras aprende por su cuenta ruso y frances. La tranquilidad
académica duró sólo un año pues el 1 de septiembre de 1939 estalla, con la invasión
de Polonia, la Segunda Guerra Mundial. Los dos Karol Wojtyla huyen a pie hacia el este con
las columnas de refugiados durante varios días, pero el avance ruso les obliga a regresar
a Cracovia, donde la esvástica ondea en la colina más alta de la ciudad.
Siguiendo el inhumano plan de Hitler para destruir
la cultura y la nacionalidad polaca, los ocupantes nazis cierran las universidades,
envían los profesores a campos de concentración y comienzan a deportar jovenes como
trabajadores forzados para la industria bélica alemana. Karol Wojtyla logra un empleo en
una cantera como ayudante del dinamitero, lo cual le permite mantener a su padre,
conseguir una cartilla de racionamiento y evitar la deportacion. El 18 de febrero de 1941
fallece inesperadamente el «capitán». Karol se queda solo y ofrece hospitalidad en su
casa a Mieczyslaw Kotlarczyk —el fundador del Teatro Rapsódico—, junto con su
esposa y sus dos hijas.
En la primavera del 1942 pasa a trabajar en la
fábrica de sosa cáustica de Solvay. Ocuparse de las calderas durante el turno de noche
le permitirá, durante casi tres años, leer clásicos polacos y autores espirituales
durante largas horas. El joven estudiante convertido en obrero manual había conocido en
1940 a un sastre, Jan Tyranowski, quien le descubrió la espiritualidad carmelitana y le
facilitó escritos de Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, quien le llevó a estudiar
español y sobre el que, pasados los años, escribiría en Roma su tesis doctoral.
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