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HACIA LA ANSIADA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Por Jesús Basante

La división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo». Esta frase puede resumir perfectamente el sentimiento de Juan Pablo II en cuanto al diálogo interreligioso. El Concilio Ecuménico iniciado por Juan XXIII y que el Papa Pablo VI hubo de completar, encontró en Karol Wojtyla a un decidido continuador e impulsor de la difícil tarea de reconciliciar entre sí a las Iglesias cristianas.

El pontificado de Juan Pablo II en este campo tuvo dos fases: el principio de su mandato, basado en la tolerancia religiosa y el respeto por los dogmas y doctrinas de otras confesiones, centrando los esfuerzos en la acción conjunta y decidida de los representantes de las religiones más importantes del mundo por la defensa de los derechos humanos y la pacificación del orbe; y una apuesta decidida por lograr acuerdos históricos para el futuro ecuménico. Un ecumenismo real.

Tal vez el punto de inflexión entre ambas estuvo en la encíclica, «Ut unum sint», publicada en 1995, donde Su Santidad sistematizó su postura sobre la unidad interclesial, presentando a la religión católica como la única depositaria de la verdad. El escrito reflexionaba sobre el papel del diálogo ecuménico e intentaba trasladar los actos simbólicos, las palabras y los discursos a un contexto real, llamando la atención sobre las singularidades de las distintas confesiones cristianas y reconociendo las virtudes de cada una. «El ecumenismo no pretende modificar el depósito de la fe –decía el Papa–, por eso debería materializarse en acciones conjuntas a favor del hombre y de la naturaleza». Antes, en su mensaje del 1 de enero de 1992, Juan Pablo II proclamaba que la Iglesia católica, aun afirmando abiertamente su identidad, su doctrina y su misión salvífica para todos los hombres, «no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres».

El gran Jubileo de 2000

En sus viajes, el Papa no dejó de incluir visitas a los líderes más destacados de las Iglesias protestantes y ortodoxa, ni de llamar encarecidamente a la unidad en sus numerosas intervenciones y discursos públicos. Pero el diálogo ecuménico bajo Juan Pablo II también ha tenido sus crisis. Las relaciones con la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, que alcanzaron su mejor momento en el encuentro de Pablo VI con el Patriarca Atenágoras, en el año 1964 en Jerusalén, llegaron a paralizarse por completo, de modo que en los círculos eclesiales católicos empezó a hablarse de un ecumenismo pesimista y sin futuro. Además, la sustitución del ecumenismo teológico por el práctico levantó críticas en los círculos eclesiásticos católicos, que todavía se mantenían firmes en la idea de que la unidad de los cristianos debía traducirse en una fe compartida por todos los cristianos.

Sin embargo, el Gran Jubileo del año 2000 trajo consigo una inmensa puerta abierta al diálogo y al futuro ecuménico en interreligioso. Cumpliendo su sueño, Juan Pablo II visitó Tierra Santa, en un viaje histórico que tuvo continuidad en 2001, con la histórica visita a Atenas y Siria, y la reapertura del diálogo con el Patriarcado ortodoxo griego. Otro de los actos emotivos del Jubileo fue la apertura de la Puerta Santa de San Pablo Extramuros, en la que, además del Papa, participaron los máximos mandatarios de luteranos y anglicanos. En marzo, el Coliseo albergó una solemne ceremonia por todos los mártires cristianos del siglo XX, y pocos días después, la Santa Sede hacía público el documento «Memoria y reconciliación: la Iglesia y las errores del pasado», donde se pedía perdón por los comportamientos de católicos que no habían estado a la altura del Evangelio.

Las relaciones con los anglicanos siempre fueron cordiales, prueba de lo cual fue el viaje de Juan Pablo II a la sede primada de Canterbury en 1982, siendo reconocido por los anglicanos como primado honorífico. No obstante, la aceptación anglicana del sacerdocio femenino continúa siendo un importante lastre hacia la unidad.

Carta ecuménica

Respecto a los luteranos, la firma en Augsburgo, en octubre de 1999, de la «Declaración conjunta sobre la justificación» entre católicos y protestantes, supuso un primer paso decisivo hacia la unidad de éstos. Como señaló en su momento Juan Pablo II, «nunca se ha estado tan cerca de la superación de las diferencias» entre católicos y luteranos. El trabajo ha continuado en estos años, y fruto de ello fue la firma, en abril de 2001, de la «Carta Ecuménica» europea. Entre los compromisos adoptados por el Consejo de las Conferencia Episcopales Europeas (CCEE) y la Conferencia de Iglesias Europasa (KEK), se encuentra el de «reconocer las riquezas espirituales de las diferentes tradiciones cristianas» y la intención firme de «buscar ocasiones de encuentro».

No obstante, en los últimos tiempos también hubo sitio para la polémica, personificada en la declaración «Dominus Iesus», presentada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en octubre de 2000. En la misma, se señalaba el carácter único de la salvación de Jesús. Según el documento, las religiones no son equiparables, aunque la moral actual promueva una «falsa idea de tolerancia, que está ligada a la pérdida y renuncia de la verdad». Al no existir una búsqueda de la verdad, dice la «Dominus Iesus», «la fe ya no se distingue de la superstición, y la experiencia de la ilusión». Sobre el diálogo con otras confesiones, el documento vaticano precisaba que la idea de que las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana «es errónea». Ahora bien, «todo lo que hay de bueno y verdadero en las religiones no debe perderse, es más, debe ser reconocido y valorado».

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