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UN GOBIERNO PARA LA APLICACIÓN DEL VATICANO II

La muerte le ha sobrevenido a Juan Pablo II después de haber cumplido, con creces, una misión histórica. Durante su Pontificado, el Papa tuvo la satisfacción de ver cómo, gracias a sus esfuerzos, se derribaban los muros levantados por el comunismo. Pero la tarea de Karol Wojtyla se extendió en la lucha contra toda clase de dictaduras e injusticias

Por Jesús Basante

Karol Wojtyla, Juan Pablo II, llegó al Pontificado en el mejor mes que se puede soñar en Roma. Era octubre, el corazón del otoño, cuando las tardes son tan suaves en la ciudad eterna que los funcionarios del Vaticano libran una veces más por semana para poder disfrutarlas. Él no lo esperaba, y así se lo hizo saber a un fotógrafo que le retrataba poco antes de empezar el cónclave. Pero no fue sólo él quien resultó sorprendido. También el pueblo romano y la catolicidad entera se quedaron de una pieza cuando oyeron anunciar, desde la logia de San Pedro y tras el feliz «habemus papam», que el elegido por el Espíritu Santo y los cardenales era un polaco, un tal Wojtyla, un Papa que llegaba procedente del frío, del hielo acerado de los países comunistas.

Aquel joven cardenal –tenía cincuenta y ocho años– no era, desde luego, un suma y sigue de Pablo VI ni un «más de lo mismo» del entrañable Juan Pablo I. Aunque conservó el nombre de su inmediato antecesor, pues su muerte había sido tan trágica que sobre todos planeaba, para bien, su memoria. Que era distinto lo puso de manifiesto desde el primer momento. Cuentan que dejó de piedra al ceremoniero que le indicaba cómo y dónde tenía que ponerse, qué debía decir y qué gestos hacer. Desde el primer momento hizo saber a todos que la cátedra de Pedro había sido ocupada por un hombre con personalidad, por un hombre que aunque desconocía los interiores del «aparato», no estaba dispuesto a dejarse convertir en un prisionero del Vaticano, en una leyenda alejada del corazón del pueblo.Karol Wojtyla aceptó el cargo, se dice, porque su querido cardenal Wyszynski, entonces arzobispo de Varsovia y héroe de la resistencia contra el comunismo, le había aconsejado que se fiara de Dios y aceptara. Pero si lo hizo fue para hacer algo, no sólo para llevar la tiara y someterse al besamanos.

Eso se puso de manifiesto inmediatamente, apenas salió al balcón y contempló, emocionado, la aún más emocionada multitud que se apiñaba en la plaza de San Pedro. Los que pudimos, por radio y en directo, y luego por televisión, oír y ver el espectáculo, no olvidaremos nunca el infinito júbilo con que los romanos supieron acoger a un extranjero como obispo de su ciudad y renunciar a la línea de Pontífices italianos. Pero no olvidaremos tampoco sus primeras palabras, valientes, decididas, viejas y nuevas: «Abrid las puertas a Cristo. No tengáis miedo».

«No tengáis miedo»

Quizá sea éste el mensaje que más ha calado en el mundo atólico desde que Juan Pablo II ocupó la sede de Roma. Y era necesario y urgente decirlo y reiterarlo. Porque la Iglesia parecía entumecida, rendida, entregada al avance fatal de las fuerzas del secularismo y a la falacia de que el progreso pasaba necesariamente por las filas del marxismo, más o menos revestido de socialismo democrático. No fue suficiente, por supuesto, que el Papa dijera una frase brillante en un momento decisivo. La historia no se hace con frases, aunque éstas queden luego reflejadas en los libros. La historia se hace con hechos, con decisiones arriesgadas, con actitudes que se plasman en empresas a veces heroicas. Como él hizo.

Los historiadores, que a estas alturas ya han cerrado su carpeta con un triste –¿triste?– epílogo, dicen que su Pontificado se puede dividir en tres etapas. Hubo una primera época que duró desde su elección hasta el atentado; es decir, desde ese 16 de octubre de 1978 hasta el 13 de mayo de 1981, fiesta de la Virgen de Fátima, día en el cual Alí Agca intentó cambiar el curso de la historia y una mano del cielo desvió a tiempo el curso de la bala.
En esta primera etapa se produjo, según los historiadores, una siembra ansiosa, apresurada, como si el tiempo se le fuera a escapar al nuevo Papa en cualquier esquina de uno de sus múltiples viajes. Se aplicó una especie de «terapìa de choque», algo parecido a lo que sucede cuando un automóvil va en una dirección equivocada y hay que dar un volantazo. No se trató de una marcha atrás, ni de un giro de noventa grados, pero sí de un reorientar el rumbo de la barca de Pedro.

El muro derribado

La segunda etapa de esta historia se sitúa entre la recuperación del atentado y la caída del muro de Berlín, en 1989. El Papa aprieta el acelerador, sobre todo contra el marxismo, sin olvidar en ningún momento el otro enemigo que la Iglesia tiene delante: el insidioso hedonismo que se despacha en las «boutiques» capitalistas a precios de saldo. Por donde va, el Papa grita sus verdades, que son las del Evangelio, poniendo firmes a ministros sandinistas tanto como a dictadores iberoamericanos vestidos de generales –Pinochet y Stroessner–. Por donde va, deja claro que no quiere una Iglesia apocada, dedicada a la conservación de lo adquirido, sino lanzada a la misión. Es la época de la «nueva evangelización», grito con el que él convoca a un despertar apostólico de cara a la llegada del año 2.000. Pero también es la época de la clarificación, del poner en su sitio a los teólogos «progresistas», que le acusan de ser «medieval» y oscurantista. Es la época, en definitiva, de defender abiertamente valores que parecían trasnochados, como los de la vida, la familia o la justicia.

Después, la tercera etapa, se extendería hasta ayer, último día de su vida. En ella se habría iniciado ya el declive físico del Pontífice, agotado por el esfuerzo inmenso realizado, herido internamente por las consecuencias del atentado, afectado también por luchas internas en la Iglesia. Pero ésta es una época de recogida de frutos. Frutos como los de la jornada de la juventud en Santiago de Compostela, donde se congregaron medio millón de jóvenes; o el millón de Czestochowa, el millón de Denver, los cuatro millones de Manila o el millón de París.

Frutos como las hornadas crecientes de sacerdotes tras larguísimos años de sequía. Frutos como la unidad en el seno del colegio episcopal, la mayor parte del cual ha sido ya nombrado por él en los años precedentes de gobierno.El «enemigo» del Papa en esta tercera etapa ya no sería el comunismo, que arrastra una agonizante –y aún cruel– existencia en reliquias como Cuba, Vietnam y la propia China.

Edificio de certezas

El enemigo que el Papa se habría propuesto derribar ahora sería el muro del secularismo, esa terrible tentación tan arraigada en el Occidente poscristiano que hace vivir a los hombres «como si Dios no existiese».Las encíclicas sociales, sobre todo la «Sollicitudo rei socialis» y la «Centesimus annus», fueron golpes dirigidos con el mascarón de proa. De grueso calibre ha sido también la campaña dirigida contra la mis- mísima ONU para impedir que en la Conferencia de El Cairo se apruebe la recomendación del aborto como planificación familiar. Pero es probable que el Papa no pase a la historia por sus encíclicas, sino por algo que sin ser suyo, porque es colectivo, es su obra maestra: el nuevo Catecismo, la piedra angular sobre la que se apoya el edificio de certezas que él ha querido ofrecer a una época rica en dudas y contradicciones.

Reclamado por los propios obispos en uno de los Sínodos –el dedicado a conmemorar el Vaticano II–, significa la compilación y puesta al día de lo esencial del dogma y la moral católicas, para evitar así la progresiva difuminación de valores y conceptos, sometidos a las presiones de los medios de comunicación y de esa ética hecha más por lo que desea la mayoría que por la bondad o malicia consustancias de las cosas.

Labor de gobierno

Pero no sería objetivo hacer un análisis del Pontificado de Juan Pablo II sin referirse a los conflictos que han entreverado cada año y casi cada día de su gobierno. Una labor de gobierno que se podría resumir en tres aspectos: nombramiento de obispos, postura dialogante pero firme ante los problemas y nueva evangelización.

Muchas han sido las presiones ejercidas sobre el Papa para que modificara el sistema de nombramientos episcopales, reclamando una especie de democracia en la Iglesia que habría hecho de los nombramientos una cuestión de presiones públicas y de campañas feroces en los medios de comunicación.

En cuanto a la actitud frente a otro tipo de problemas, como los planteados con determinados teólogos o los relacionados con el ecumenismo, hay que reconocer que, en cierto modo, han logrado empañar ante la opinión pública la imagen del Papa, haciéndole pasar como un retrógrado.

A pesar de las críticas, desde el Vaticano se ha seguido animando a los obispos a que no hiciesen cesión de su misión de pastores y a que retirasen de las cátedras a todos aquellos profesores que no estaban enseñando lo que la Iglesia consideraba como verdadero tanto en dogma como en moral.

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