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JORNADA


0-1: Era un momento clave, tocaba pifia


JOSÉ MARÍA IGEÑO

El Sevilla saca su cara más vulgar y carente de recursos para decir casi adiós a la UEFA frente a un Málaga que ganó con el mínimo gasto. Un penalti evitable de Javi Navarro, transformado por Salva, decantó un partido infame y destinado al empate a cero

Seguir enganchado a la lucha por Europa en este tramo final de la Liga exigía ganar al Málaga, pero el Sevilla sacó a relucir una vez más su cara de los momentos claves, esa faceta que parece reservada para las grandes citas: su más completo catálogo de defectos y carencias, expuesto además con una generosidad que ningún rival hubiera dejado de aprovechar, y menos uno entrenado por ese estratega de primer orden llamado Juande Ramos. El partido del Sevilla fue horrible, vergonzoso y por momentos ridículo. El equipo de Caparrós estuvo siempre -salvo quizá los primeros minutos de la segunda parte, un breve espejismo en todo caso- a merced de un Málaga muy limitado, ordenadito, replegado y con la salida justa para aprovechar algún regalo del rival, en este caso un penalti absolutamente evitable de Javi Navarro que sirvió para que los tres puntos, y las opciones europeas que estos llevaban consigo, viajaran a Málaga.

Que el Sevilla es un equipo manifiestamente incapacitado para llevar la iniciativa de un partido mediante el toque y la elaboración del juego es algo tan aceptado como habitualmente compensado con otras virtudes, con la velocidad, la intensidad, el ritmo y la máxima concentración, pero cuando estas virtudes fallan, la falta de calidad se hace tan patente, tan insufrible, que el equipo se convierte en una caricatura de sí mismo. Y en el apartado histriónico, debe tener una mención de honor el jugador destinado a cobrar un protagonismo especial en este partido: Darío Silva, el futbolista que hila tan fino en los tiempos de recuperación de sus roturas fibrilares como en sus brindis a la afición y en sus provocaciones verbales al adversario; el autosatisfecho mercenario -es él quien se jacta de jugar exclusivamente por dinero, y eso es quizá lo único que no se le pueda reprochar- que durante la semana previa al partido había intentado formarla pero no lo consiguió porque en Málaga lo conocen de sobra. Los de Juande se guardaron la respuesta para el terreno de juego y ahí el exhibicionista Darío se hizo notar únicamente por sus protestas y sus aspavientos. Joaquín Caparrós lo quitó en el descanso antes de que lo echara Esquinas Torres, que le había sacado una amarilla por protestar y había mirado para otro lado cuando el uruguayo, unos minutos después, reincidía en sus airados gestos como único escudo contra su propia impotencia.

Lo de Darío, con todo, era menos una desastrosa actuación individual que un símbolo de la incapacidad de todo el equipo, que desesperaba a su afición a golpe de pelotazos largos con invariable ventaja para los centrales malaguistas. Torrado y Martí veían pasar los balonazos sin intervenir ofensivamente en el juego y siempre se encontraban en desventaja con los sólidos Romero y Miguel Ángel, que recibían la ayuda de un Leko más atento a fortalecer el centro del campo que a conectar con un Salva peleón pero solitario arriba. Entre la rocosidad táctica del Málaga y la vulgaridad del Sevilla, el partido era un espectáculo indigno de la Primera división. Pero como a los visitantes les valía el cero a cero, la sensación de partido atravesado e imposible era para el atascado equipo local, que no veía jamás un hueco para el pase ni un pasillo para el desborde. Ausente Baptista, el primer goleador del equipo, el remate no existía. Carlitos se perdía en sus intentos revolucionados, Darío estaba en sus cosas y en las bandas -Daniel ha bajado notablemente su rendimiento- apenas si se dejaba ver algún detalle del debutante Puerta. Y todo ello sin el ritmo y la mordiente que convierten al Sevilla en un equipo competitivo.

Había que tomar decisiones en el descanso y en parte la solución la había dado el propio Darío con su riesgo de expulsión. Caparrós recurrió a Antoñito y pareció que el equipo, por el arranque de la segunda parte, iba a ser otro. Se raseó el balón, se abrió a las bandas, hubo una circulación más rápida y parecíó que el partido del Sevilla entraba en otra dinámica, pero sólo fue un rato y el equipo no lo aprovechó. El propio Antoñito falló la mejor y prácticamente única ocasión de gol de los blancos en todo el partido; recibió un balón en profundidad y con ventaja para encarar al portero, pero la rapidez no es precisamente la virtud más relevante del canterano y Litos llegó a tiempo para impedir que disparara.

Para colmo, la línea más aseada del equipo, la defensa, se sumó a la cadena de fallos del conjunto por medio de Javi Navarro, que en vez de ir a tapar a Insúa en una penetración del argentino por un costado del área -debió aguantarle un poco- se lo llevó por delante con una entrada precipitada y mal medida. Penalti claro y gol de Salva desde los once metros. Quedaba tiempo para intentarlo de cualquier otra forma, pero el Sevilla sólo atacó a lo loco y no hizo sino favorecer el fútbol defensivo del Málaga, que en ventaja dio un paso más atrás y se limitó a fortalecer su orden defensivo en espera de que el árbitro pitara el final del peor partido del Sevilla como local de toda la temporada. Los puntos eran claves y quizá tocaba pifia.


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