JORNADA 33
5-2: «La Bestia» manda
guardar las chanclas
JOSÉ MARÍA IGEÑO
Cuatro
goles de Julio Baptista al Racing permiten al Sevilla seguir jugándose algo esta
temporada. Hasta que la ventaja lo llevó a relajarse, el equipo hizo muy buen fútbol de
rapidez y verticalidad
SEVILLA. Llevaba unas cuantas semanas aletargado, a
medio gas, como si el tramo final de la temporada hubiera llevado la luz de reserva a su
capacidad de despliegue físico; se le veía falto de la potencia por la que se ganó el
apodo de «La Bestia» y no arrastraba a los suyos ni apabullaba a los rivales con su
facilidad para tomar por la tremenda el camino más corto hacia la portería adversaria;
había llegado a una respetable cifra de goles pero se había estancado en ella y no
ofrecía indicios que permitieran confiar en una vuelta a sus números, al rendimiento con
que irrumpió de forma deslumbrante el pasado verano en la Liga española. Pero ayer
volvió ese Julio Baptista que se había constituido en paradigma de las señas de
identidad de un Sevilla letal, capaz de aniquilar a un rival en uno de esos días en los
que se metía en los partidos a revientacalderas, al máximo de intensidad y
concentración; ese Sevilla de fútbol veloz y agresivo que jamás regalaba nada y siempre
estaba presto a explotar cualquier fallo del enemigo. Ese Sevilla que se venía echando en
falta hasta el punto de verse el equipo en disposición de sacar pronto las «chanclas»,
en afortunada acuñación de su técnico, Joaquín Caparrós, para definir el verano
anticipado en que cae el equipo que llega a la fase decisiva del campeonato sin un triste
objetivo por el que luchar. Es posible que el Sevilla saque las chanclas antes de la
última jornada, pero de momento las tiene bien guardadas y lo que maneja son las
calculadoras y el calendario de unos y otros, porque Europa queda a tres puntos y Baptista
y sus compañeros se ganaron ayer el derecho a seguir luchando.
Ganar era obligatorio, pero el Sevilla hizo más que eso:
pasó literalmente por encima de un Racing desmotivado, con su Liga ya hecha y muy poco
más que decir en el campeonato. Hizo disfrutar a su gente y cambió -no es momento de
plantearse hasta cuándo- el estado de ánimo del sevillismo. Cualquier tropiezo en lo
poco que queda dejará en mera estadística la exhibición de ayer, pero en este momento
el regusto de la afición remite única y exclusivamente a los goles de Baptista, al
empuje del equipo, a la recuperación de un juego por las bandas que estaba cayendo casi
en el olvido, a la vuelta de la agresividad y la anticipación, del sello de equipo que
conoce perfectamente sus virtudes y sus defectos y que, a falta de figuras de relumbrón,
es capaz de funcionar como colectivo.
Nunca se sabrá por exactitud si fue este cambio el que
llevó a la goleada o fue la temprana llegada de los goles lo que llevó a tan convincente
cambio en el juego, porque a los siete minutos de partido ya había marcado Julio Baptista
sus dos primeros tantos. Los dos de cabeza, uno entrando en tromba y otro colocando el
balón con un perfecto giro de cuello; uno servido desde la izquierda , por Antonio
López, y otro desde la derecha, por Redondo. Dos golazos que sirvieron al Sevilla para
jugar con mucha comodidad, con mucho más toque y apoyos en corto de lo que suele, pero
siempre con velocidad en la salida y peligro, mucho peligro del de verdad en las llegadas
al área.
En el buen juego del Sevilla, marcador favorable aparte,
influyó la frescura aportada por un Casquero cuya hora parece haber llegado en este final
de Liga. El equipo mejoró notablemente en la salida del balón con su presencia, que
escalonó al Sevilla con la ayuda de una defensa que en general supo adelantar la línea y
de unos puntas -en particular Antoñito; Baptista estaba en su oficio de matador- que se
ofrecieron continuamente para recibir la pelota y darse la vuelta con ella o abrir a las
bandas.
Y las veces que el Racing se la jugó, con todo perdido
desde el arranque, se volvieron mortalmente en su contra. Los de Alcaraz estaban
totalmente volcados cuando entre Casquero y Antonio López -muy bien toda la tarde en su
oficio de pasador- fabricaron la contra que iba a acabar con el tercer gol de Baptista,
cuyo instinto acompañó la jugada hasta el momento del toque definitivo. El gran día del
brasileño se completó con un tanto de penalti cometido sobre sí mismo -de nuevo a raíz
de un centro de Antonio López- y con el 4-0 sí, ahora sí que el Sevilla se permitió
unos minutos de mandanga que no iban a poner en peligro una ventaja tan abismal, pero sí
que iban a envalentonar al Racing.
Un claro penalti de Daniel Alves -esta vez el brasileño
jugó por delante de Redondo, pero no faltó su desaplicación defensiva- sobre Regueiro y
un fallo de marcaje en un córner -Matabuena remató a placer- pusieron el marcador en
cuatro-dos, pero el recorte de la ventaja no llegó a ser inquietante porque ya no quedaba
prácticamente nada y porque Magallanes, el fichaje difícilmente explicable del mercado
de invierno, aprovechó los pocos minutos que le dieron para reivindicarse frente a la
sorna de un amplio sector de la grada con el quinto gol, primero suyo como sevillista, y
para sumarse así a una tarde de alegrías, de esperanzas, de sueños, de calculadoras.
Por lo menos hasta el domingo que viene...