VAlladolid
Y la afición salió embistiendo con la excelente corrida de Victoriano del Río
Gran conjunto ganadero, que propició la salida a hombros de la terna, con cuatro orejas para Manzanares, que se reencontró con su mejor toreo por el camino más sencillo y el lote más lujoso
Castella y las plumas de la épica

Qué gran corrida. De las que hacen afición, de esas en las que el mundo se convierte en una plaza de toros donde la mayoría no torea, sino que embiste. Como esos nietos que saltaron al ruedo mientras hacían el avión. Como esos abuelos ... que permanecían en su tendido mientras el bastón metía la cara en el cemento. Qué conjunto más bueno de Victoriano del Río, con la armonía de los toros que llevan las orejas colgando y con esa codiciada virtud de la humillación y su bravito fondo. Con sus distintos matices, seis de seis dieron opciones. ¡Seis de seis! A grito pelado, como los que pegó durante las faenas la terna, que se marchó a hombros con el ganadero. Fantástico el broche para una feria de altura y revitalizada bajo la batuta de Tauroemoción.
Como renovado se le vio por momentos a José María Manzanares, con el lote más lujoso. Renovado en su vuelta al ayer. Porque no hay secreto ni pócima. El éxito está en la sencillez de las cosas, en el reencuentro consigo mismo. Y eso hizo en su paso por el Pisuerga. Para volver a la orilla del triunfo por el camino más corto. Sin necesidad de GPS externo. Lo que José María buscaba no estaba fuera: se hallaba en él. «Cuando no sepas qué hacer, vuelve siempre a tus raíces y a ti mismo», decía un maestro de la escuela en nuestra niñez. Y esa lección que nunca se olvida puso en práctica el alicantino, que se embolsó cuatro orejas.
Su mejor versión, la de su yo más íntimo, la descorchó con Bochornosa. Así, en femenino, de cortita presencia y alargado ritmo. Exquisito. Andándole se lo sacó de las rayas y ralentizó la embestida con carteles de toros. Se prodigó mucho más de lo que acostumbra con la izquierda, arrastrando media muleta, aguantando el parón del toro y lentificando embestidas. Ambos pitones intercaló, con algún cambio de mano excelso, con un pase de pecho de paternos aires. Hasta se atrevió con un apunte por la espalda antes de recibir a Bochornosa en una fulminante estocada.
Retumbaba su voz en el quinto, un toro de mítico bautismo, Aldeano, como aquel hijo de Decidor con el que se fraguó una de las ganaderías más apetecidas por las figuras. Y no defraudó este número 96, que metió la cara con clase en una faena a dos velocidades: relajado y acercándose a su mejor toreo unas veces, más forzado otras... Pero con mucha conexión con el público, que se rindió a la ligazón y a ese pase de pecho previo al colofón del espadazo. Sonreía Manzanares, que se fundió en un abrazo con el criador de bravo en su apoteósica vuelta al ruedo.
Fue una tarde de gentil palco, en la que sólo faltó sacar a hombros a las cuadrillas. Por ejemplo, a José Chacón. Toreaba al viento el subalterno de oro. Por abajo. Haciendo círculos en la arena por uno y otro pitón de Eolo. Lidiado el viento de los miedos, se metió en el burladero y se santiguó tres veces mientras hundía el mentón y se besaba el pulgar. Un ritual de torero de plata. Un ritual de torero. Desde terrenos del 1 vio salir a Jarretero, el único con el hierro de Cortés, al que su jefe de filas saludó con despaciosos lances. Se ciñó Castella en el quite por chicuelinas y tafalleras con un toro de buena condición que no admitía tirones y que llegó mucho en banderillas. No andaba sobrado de poder, pero el francés le tomó el pulso con técnica, distancias y alturas, aprovechando en redondo la repetidora embestida diestra del ejemplar, con menos ritmo por el zurdo. Con ajuste remató por alto y paseó las dos orejas de la generosa presidencia: la que le negó a El Juli dos días antes se la regaló al de Béziers. ¡Ancha es Castilla! Y todos contentos.
Tardo en la lidia, apretó en los palos luego el cuarto, de justa fortaleza. La firmeza de los estatuarios abanderó la faena de Castella, que guio el humillador camino con templanza, aunque la chispa adecuada nunca brotó y alargó sin el más común de los sentidos del toreo: el de la medida. La estocada viajó a los bajos y se enfrió la petición.
Feria de Valladolid
- Plaza de toros de Valladolid. Domingo, 10 de septiembre de 2023. Última corrida. Media entrada. Toros de Victoriano del Río (de 493 a 624 kilos), de muy buen juego en conjunto, algunos de no sobrado poder pero con bravo fondo, humilladores, con clase y nobleza.
- Sebastián Castella, de capote y oro. Estocada perpendicular (dos orejas). En el cuarto, estocada en los bajos. Aviso (saludos).
- José María Manzanares, de cárdeno oscuro y oro. Estocada caída recibiendo (dos orejas). En el quinto, estocada (dos orejas).
- Tomás Rufo, de cárdeno claro y oro. Estocada caída (dos orejas). En el sexto, dos pinchazos, otro hondo y descabello (saludos).
Qué manera de humillar la de Amante. Por abajo lo quería todo. Requería técnica milimétrica, dominio y temple. Emocionantísima fue la apertura de rodillas de Rufo e intensa la tanda postrera, pero entre medias faltaron estructura y acople, con el toledano algo atacado por la ambición de sumar. Y sumó: dos orejas se anotó. Mejor su faena al sexto, un amplio cinqueño algo tardito, que cuando se arrancaba lo hacía con importancia, especialmente a derechas. El de Pepino arreó y se metió entre los pitones con desplantes que presagiaban la última apoteosis. Pero pinchó. Igual dio: la fotografía de la triple puerta grande estaba asegurada. A ella se sumaron Ricardo del Río y el mayoral mientras la afición embestía por el paseo de Zorrilla. «Así, así se mete la cara...»
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