Allá me esperan dos amigos con su furgoneta. Vamos a Stamsund, a poco menos de 15 kilómetros. La carretera es una pista de patinaje; es difícil conducir. Hay que invertir más de media hora en llegar. No hay tráfico. Lagos helados alrededor. Los gruesos troncos de los abetos soportan estoicamente el pesado lastre de la nieve que se acumula en sus ramas. Nos encontramos a más de 300 kilómetros al norte de la línea del Círculo Polar Ártico. Y resulta evidente.
Casas de madera y de colores, de tejados de dos aguas y de chimeneas humeantes. Poca gente en la calle. Y la sensación de estar imbuido en un profundo sueño. En Stamsund vive muy poca población. No más de mil personas. Y sin embargo hay tres teatros, uno de ellos nacionales. Claramente es un lugar distinto. Quizás, el de mayor encanto y en el que ver los espectáculos más creativos es el Eilertsen&Granados Teaterkompani.
Naturaleza viva. Viva y presente en todas sus formas y esplendor. La mañana llega y se hace ineludible visitar el pueblo. No llevo crampones (púas con las que las botas se agarran a la nieve) y el testarazo contra el suelo no se hace esperar. La hospitalidad aflora a la misma vez que el olor a pan tostado, mantequilla y leche caliente. El viento sopla con fuerza, el cielo me regala una incesante nevada y llego a la costa, donde los marineros se afanan en cargar en cajas los bacalaos cosechados durante la fría noche.
Apetece beberse una cerveza y abandonar por un buen rato el anorak, el gorro, la bufanda y los guantes en la silla. Pero una cerveza, sólo una, porque un vaso cuesta casi ocho euros. Sólo la belleza del lugar es comparable en tamaño a los precios. Una auténtica barbaridad, sobre todo para el ingenuo visitante que, en su gran mayoría, ni de lejos puede equipar su sueldo al de los noruegos. Hay que salir. Rastros de nutrias en la nieve mientras la noche cae.
LA OSCURIDAD NO DURA TODA LA NOCHE
Llega la oscuridad. Pero no durará eternamente. Ni siquiera toda la noche. Porque, aún a riesgo de que sobre mis mejillas se quedaran congeladas como si fueran cristal tallado, lágrimas de asombro se me derraman cuando aparecen en la inmensidad del cielo las brillantes luces, las inverosímiles formas y el cadencioso movimiento de la aurora boreal. Las luces del norte. En esta ocasión la aurora se mostró vestida de violeta intenso.
Pasan los días mientras recorro las albinas carreteras de las Islas Lofoten, mientras aparecen ante mi vista, uno tras otro, pueblos de colores. Azules, rojos, verdes... El paisaje no cambia en ningún momento y ya no sabe uno muy bien dónde está. Pero no sólo hay casas. Cientos de 'rorbuers' aparecen por doquier. Los rorbuers son las antiguas moradas de los pescadores, habilitadas en la actualidad como alojamientos turísticos. Y tienen un encanto realmente especial. El movimiento de la vida es lento en la capital de los vikingos. Allí tienen su museo, en un edificio que es un barco antológico invertido y posado sobre el suelo.
Es invierno y voy a perderme uno de los mayores espectáculos de las Lofoten: el sol de medianoche. El astro rey brillando durante veinticuatro horas consecutivas. Pero están las pistas de esquí y la posibilidad de navegar en barco o en kayak. Y también el patinaje, la música, la comida... Me vuelvo al continente en ferry. Ventisca y frío. Y una belleza tatuada para siempre en mi recuerdo. 'Hadet Lofoten', hasta la próxima.