Áqaba siempre ha destacado a lo largo de la historia por la relevancia de su puerto. Hace tres milenios el rey Salomón lo utilizó para comunicarse comercialmente con el mítico Reino de Saba, en los actuales Yemen o Etiopía, y servir da base para la ruta hacia las minas de oro de Ofir, un enclave misterioso que ha sido objeto de búsqueda durante siglos por parte de los cazadores de tesoros. Sin suerte por el momento. Quizás se trate sólo de una leyenda. Quizás no. De existir, se dice que debe estar en Etiopia o Sudán.
También Áqba fue una de las conquistas claves de Thomas E. Lawrence por servir de punto estratégico para los otomanos. Por cierto, que en la película de Lawrence de Arabia representan Áqaba con la playa de las Negras, en Almería, España. Sin duda es un peliculón que siempre apetece ver de nuevo. Actualmente Áqaba ha dejado atrás su histórica fama de puente hacia la fortuna y ha mutado en un centro importante para bucear, gracias a sus corales y aguas cristalinas.
Para dormir mi opción fue un hotel a las afueras, el Hotel Dune Village. Sus habitaciones son de tipo bungalow y tienen vista al mar. En la orilla de enfrente pueden verse Israel y Egipto y la frontera con Arabia Saudí está a tan sólo a diez kilómetros, es toda una auténtica encrucijada. La playa estaba a tan sólo 200 metros. Lo primero fue ir a bucear.
Resulta de impresión nada más entrar en el mar: te encuentras con auténticas paredes de coral. Daba la sensación de ser un laberinto que te hace disfrutar a lo grande. Era como estar en una catedral bajo el agua. Como es previsible, en un lugar como éste lo apropiado es que la cena sea a base de pescado frescado. Así fue, a la barbacoa y en la terraza del hotel. Aprovechando el suave clima costero disfrutamos unas horas con unos combinados de whisky a la luz de las estrellas.
A la mañana siguiente alquilamos un barco para hacer una pequeña travesía. La oferta de precios era disparatada. Tuvimos que recurrir a Alí, nuestro chófer, para que negociase y lograse que nos aplicasen las tarifas propias de los jordanos. Es buena idea. Por fin un precio razonable para recorrer las principales lugares de buceo. El barco tenía suelo de metacrilato para poder contemplar todo el fondo marino sin necesidad de sumergirte. Buen plan para los que no se quisieran mojar. De hecho, a través del cristal se veían fácilmente tortugas marinas, morenas, meros y otros grandes peces.
El gobierno jordano ha tirado un tanque de combate y varios barcos para fomentar el turismo de los aficionados al buceo. Han acertado de lleno. Ver el tanque bajo el agua con formaciones coralinas es de lo más pintoresco. Contemplar el barco inmenso es de película. Sólo con tubo y gafas es complicado, porque la profundidad no es poca. Lo suyo es ir con botella. La última parte que se visita es el Jardín Japonés, un auténtico paraíso de corales y peces. El tiempo parece que se para mientras observas toda la naturaleza submarina a tu alrededor y te pierdes por todos sus rincones. Imposible no sentir auténtica felicidad.
Un consejo: no caer en la trampa de comer en el vecino McDonalds. Las patatas fritas, malísimas.