Las Palmas tiene una de las playas urbanas mejor consideradas, estando a la altura de La Concha de San Sebastián o La Victoria en Cádiz. Justo ahí, en todo el meollo, nos alojamos. En un bonito apartamento en la unión de la Playa de Las Canteras y la Puntilla. Grandes puestas de sol y un mar en continua actividad.
Largos y frecuentes fueron los paseos por el amplio paseo marítimo, para disfrute de la brisa marina. Pero si la costa era impresionante, más lo era el centro de la capital, concretamente la parte histórica y colonial de la zona de Vegueta, la calle Triana, la catedral o la característica Casa de Colón.
Sin salirnos del guión del viaje, empezamos a hacer inmersiones por diferentes partes de la isla, en zonas como Tufia, en el este, poblado pescador que destaca por su yacimiento compuesto de cuevas y construcciones de tosca piedra. Allí experimentamos bien de cerca la rica vida marina de sus aguas, con especies protegidas como el chaparro y la piña de mar que por desgracia no tuve la suerte de ver en mi inmersión. Por más que lo intenté, aunque me aseguraron que ahí andan.
La isla también tiene otros espacios protegidos de especial interés, de los que pudimos dar fe. En la parte más al sur, desde Maspalomas a Mogán, podemos disfrutar de unas playas totalmente paradisíacas. Nada que envidiar al Caribe. Alguna parte del litoral sí que es excesivamente turístico, caso de Puerto Rico, aunque el contraste con la masa de bañistas no desmerece la riqueza de todas las playas naturales que (aún) quedan en la isla.
El interior no dejó de impresionarme. Alquilar un coche y recorrer la ruta de los pueblos es toda una experiencia y no nos defraudó en ningún momento. Para nasda, que dirían los cursis. Empezamos el itinerario desde Las Palmas en dirección a Firgas. Impresionantes vistas por doquier. Seguimos por Teror hasta acabar en Tejeda, donde hicimos una parada para disfrutar de la variada gastronomía del lugar, como la carne de cabra ¡exquisita! Este pueblo sirve de estupendo mirador para admirar el Roque Nublo, uno de los picos mas altos de la zona. Posiblemente el que tiene más personalidas. Seguimos por la carretera, llena de puestos de maravillosos productos naturales de la región y de pintorescas ventas donde parar.
Seguimos por San Bartolomé de Tirajana y Fataga sin perder la vista del horizonte hasta llegar a la zona costera del sur de la isla donde nos esperaba una de las playas mas especiales que he visto, la del Inglés en Maspalomas, un pueblo muy turístico pero que todavía conserva (por suerte) una amplia zona dunar con metros y metros de perfectas dunas en la costa. Allí te sientes en un auténtico desierto de arena. Maravilla.
Por último nos quedaría una visita submarina a uno de los mejores enclaves para la práctica del buceo en la isla, en el municipio de Arinaga. Concretamente en la zona de 'El Cabrón', vaya nombre. Por fin turno para una buena inmersión. Esta isla tiene de todo, pensé. La zona, afortunadamente, se encuentra protegida, lo que da para disfrutar de una auténtica vida marina con todas las de la ley. Compartimos aguas con tiburones angelote, bancos de roncadores, meros, barracudas y alguna que otra estrella de mar mas grande de lo normal. Qué gozada.
Conclusión: Gran Canaria destino natural, de aventura, turístico y de diversión con mucho que ofrecer al viajero. Y estamos en España, no hay que irse a la otra punta del globo.