La ciudad Patrimonio de la Humanidad en la que vivieron Albert Einstein y Paul Klee
Berna, la capital helvética, tiene algo que ha atraído hacia ella no sólo al poder político y económico, sino también a algunas grandes mentes cuyo legado ha sabido honrar
La pequeña ciudad con más museos y arquitectura moderna de Europa

Puede que Berna no sea la ciudad más grande ni la más famosa de Suiza. Quizá no tenga el toque sofisticado de Zúrich ni el 'chic' de Ginebra. Pero la capital helvética tiene algo que ha atraído hacia ella no sólo al poder político y ... económico, sino también a algunas grandes mentes cuyo legado ha sabido honrar.
Para convencerse de lo del poder político y económico solo hay que plantarse en la Bundesplatz: a un lado tendremos el Banco Nacional Suizo, el rey de reyes en el país de los bancos; delante, la Bundeshaus, el palacio federal que acoge tanto al gobierno como al parlamento suizos. Si bien dicen los locales que donde realmente se hacen las reuniones que definen el destino político del país no es en el el palacio federal, sino justo enfrente, en el Café Federal, y muy cerca, en el bar del señorial Hotel Bellevue, uno de los más lujosos de Berna.
Todos ellos son edificios construidos en arenisca verdosa, piedra que define la estética de la ciudad vieja de Berna -Patrimonio de la Humanidad según la Unesco- tanto como sus soportales, sus antiguos sótanos abiertos a la calle y convertidos en tiendas y restaurantes, su reloj astronómico (Zytglogge) que marca el ritmo de la ciudad y sus coloridas fuentes renacentistas coronadas por estatuas. Un cogollo lleno de galerías de arte, boutiques y talleres de artesanos que rodean una de las últimas catedrales góticas que se constuyeron en la Edad Media.
Y allí, muy cerca de la catedral, vivió una de las grandes mentes de las que hablábamos al comienzo del artículo: Albert Einstein, que trabajaba en la oficina de patentes de Berna en la época en la que formuló algunas de sus principales teorías, incluyendo durante el 'año maravilloso' de 1905, cuando publicó artículos revolucionarios sobre el movimiento browniano, el efecto fotoeléctrico, la equivalencia de masa y energía y la relatividad especial. Aún puede visitarse la casa donde vivía, pero lo cierto es que resulta un poco decepcionante: apenas pueden verse un par de habitaciones con algunos muebles de la época y escasos objetos personales.

Por fortuna, esa pequeña decepción queda más que compensada por el excelente Museo Einstein. Sus salas van explorando todos los aspectos de la vida de quien posiblemente sea el científico más famoso de todos los tiempos, tanto las luces como las sombras: la historia de su familia, su relación con el judaísmo, su vida en Berna, sus descubrimientos en el campo de la física (con vídeos y pequeños experimentos que ayudan a comprenderlos), su pésimo trato a su primera esposa, su marcha a Estados Unidos, su activismo político en contra de las armas nucleares, su fama mediática, sus equivocaciones al despreciar las teorías de la física cuántica... Todo ello contado con detalle y amenidad.

Si Einstein sirve para que Berna celebre la ciencia, otro ilustre residente de la ciudad da pie a celebrar el arte: Paul Klee, quien nació en el cercano pueblo de Münchenbuchsee y regresó a la capital huyendo del nazismo para vivir allí la mayor parte de sus últimos años. Sin embargo, su legado tardó en ser celebrado por Berna, a pesar de que Klee quiso legárselo a su muerte: las autoridades suizas lo calificaron -igual que el régimen nazi- de 'arte degenerado' y se mostraron reacias a aceptarlo. No fue hasta 1998 cuando se decidió construir el actual Centro Paul Klee, un elegante edificio de Renzo Piano que custodia cerca del 40 por ciento de la obra del artista. No tiene una exposición permanente -principalmente, porque buena parte de la obra de Klee, especialmente la realizada sobre papel, requiere grandes cuidados para su conservación-, sino que articula su actividad en torno a exposiciones temporales, tanto de la obra del propio Klee como poniendo esta en relación con la de otros artistas.
Pistas
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Para moverse. Al alojarse en cualquier hotel de Berna se obtiene gratuitamente el Bern Ticket, con el que se puede usar sin limitaciones todo el transporte público.
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Para ver museos. La Museum Card permite entrar gratis a todos los museos durante 24 o 48 horas.
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Para pasear. El Gurten es un enorme parque en una colina que domina Berna, con unas maravillosas vistas de la ciudad y los Alpes.
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Para comer. Lötschberg (Zeughausgasse, 16) es ideal para probar dos clásicos de la gastronomía suiza: la fondue y la raclette.
En otro museo, Berna está buscando desarrollar las grandes mentes del futuro. El Museo de la Comunicación (que en 2019 ganó el premio del Consejo de Europa a mejor museo) no se limita, pese a su nombre, a hablar de cómo nos comunicamos, sino que busca crear conversación y reflexión sobre las grandes cuestiones de nuestra época (como el cambio climático, la sostenibilidad y la biodiversidad) a través de exposiciones y talleres, dando especial importancia a concienciar a los jóvenes.
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