Solo una de cada tres personas sin hogar accede a rentas de inserción

Sin residencia no hay trabajo ni acceso a las ayudas de las que presume el Gobierno

El INE desvela un ascenso de casi 6.000 personas más en la calle, la mayoría hombres de menos de 43 años

Omar, argentino de 46 años, se prepara para pasar la noche en un calle de Madrid José Ramón Ladra

Omar lleva tres años en España. Treinta y seis meses viviendo entre albergues, habitaciones compartidas y la calle. Sobre todo la calle. «Tengo dos o tres sitios en que suelo dormir. Hoy que va a llover, tengo un lugarcito en que me puedo cubrir. ... Los grandes enemigos para los que estamos en la calle son el frío y la lluvia».

Omar tiene 46 años y busca trabajo. Está dispuesto a cualquier tarea que le permita unos ingresos y salir de la calle. En Argentina, de donde salió huyendo de la pobreza en 2015 [antes de llegar a España hizo un periplo por las calles de Israel, Italia y Holanda] trabajó «casi de todo»: taxista, camarero, ayudante de cocina, administrativo..., pero aquí se encuentra atrapado en un laberinto legal. Sin residencia, no hay trabajo, ni tampoco acceso a ninguna de las ayudas de las que presume el Gobierno de Pedro Sánchez.

De hecho, según los datos que este martes facilitó el INE, sólo un 32,6% de las personas sin hogar perciben ingresos por prestaciones públicas como la Renta Mínima de Inserción, el Ingreso Mínimo Vital, desempleo o pensiones contributivas y no contributivas. El resto, dos tercios de las veintiocho mil personas sin hogar censadas por el INE en 2022, sobreviven, como Omar, de la caridad, de un trabajo, la ayuda de algún familiar o las ONG.

A las trabas legales, suman también el infierno que supone tenerse que enfrentar a la burocracia estatal sin un domicilio conocido en el que recibir comunicaciones, con dificultades para acceder a una conexión de internet o teléfono móvil, o incluso enterarse de las ayudas y prestaciones a las que tienen derecho.

«Aquí mucha gente viene con fotocopias, con papeles para que las monjas y las asistentes sociales les ayuden a tramitarlos», cuenta Ana, una armenia de 68 años pero que se siente «muy joven, porque mi dad es mi riqueza», dice con una sonrisa. Lleva en Madrid once años y medio y ha trabajado casi siempre cuidado a personas mayores.

El de Ana es el ejemplo de otro tipo de persona sin hogar, que no contempla el informe del INE. Según recordaba ayer Cáritas «el 'sinhogarismo' es un problema social que no solo aglutina a las personas en situación de calle», a los que habría que sumar los «sin vivienda, con vivienda insegura o vivienda inadecuada».

Es el caso de Ana. Cuando estaba interna, podía vivir en la casa de las personas que cuidaba, pero ahora su vivienda «es un lugar muy húmedo, que no puedo pagar porque no tengo ningún ingreso». A pesar de tener 68 años, al no haber regularizando nunca su situación en España, no puede acceder a ningún tipo de prestación.

Todos los días acude al Centro para personas sin hogar Catalina Labouré regentado por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Allí, las religiosas ofrecen desayuno, comida y merienda a los sin techo. Además, también pueden ducharse, lavar y planchar su ropa, recibir algún tipo de medicación y sobre todo, «recibir cariño y consejos», dice Ana.

Y es que, una de las principales tareas de las religiosas es ayudarles con los gestiones burocráticas y avisarles de a que ayudas tienen derecho, que en el caso de los extranjeros y buena parte de los españoles son escasas o inexistentes. Una situación que contrasta con los múltiples anuncios del ayudas sociales aprobadas por el Gobierno, de las que quedan excluidos la mayoría de los sintecho, que simbólica y literalmente, representan a los que nada tienen.

Empezar de cero

Un colectivo del que este martes el INE presentaba una radiografía, a través de la Encuesta a la personas sin hogar, que actualizaba el último estudio, publicado hace diez años. Según el INE, que solo tiene en cuenta a las personas que han sido usuarias de centros asistenciales o de restauración, en España ascienden a 28.552, una cifra un 24,5% superior a la de 2012. La mayor parte de estas personas sin hogar son hombres (un 76,7%), aunque la proporción de mujeres ha aumentado en estos diez años, del 19,7% al 23,3% actual.

En cuanto a la edad, el 51,1% son menores de 45 años, el 43,3% entre 45 y 64 y el 5,5%, son mayores de 64 años. La edad media se sitúa en 42,9 años. Por su nacionalidad, se reparten casi por igual entre el 50,1% de españoles y el 49,9 de extranjeros. Entre estos últimos, la mayoría (un 53,3%) vienen de algún país de África, seguida de América (25,9%) y Europa (el 16,7%).

La mayoría de los extranjeros (el 43,1%) llevan más de cinco años en España. Como en el caso de Omar, la mayor parte de los extranjeros que viven en la calle (un 54,1%) llegaron hasta ella tras migrar, al tener que empezar de cero sin ningún recurso. En el caso de los españoles, la principal causa es la perdida del trabajo, (un 26,7%) seguida de los problemas con la vivienda, bien por desahucio (un 16,1%) o la imposibilidad de pagarla (14,7%).

Sin embargo, la encuesta del INE sólo muestra la punta del iceberg de esta problemática. Por su propia metodología –solo están incluidos los que han acudido a centros asistenciales en municipios de más de 20.000 habitantes y que en la semana anterior a la entrevista hayan dormido en un albergue o en un alojamiento de fortuna–, el estudio deja fuera a una gran cantidad de sin techo.

De hecho, este martes Cáritas hacía pública una nota de prensa en la que señalaba que en 2021 había atendido a 37.207 personas sin hogar en situación de calle con sus recursos propios. Una cifra sensiblemente superior, cerca de diez mil personas más que la facilitada por el organismo oficial, y sobre la que la propia Cáritas ya advierte que no refleja toda la realidad al tratarse solo de los atendidos en sus centros.

Pero ni los estudios, ni las inexistentes ayudas, evitarán que hoy Omar vuelva a dormir en su «lugarcito», con su saco de dormir, su mochila y la manta que esconde en un árbol, en espera de conseguir trabajo —«ese pasito», dice él—, que le saque de la calle.

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