Tuvo su primer cáncer a los 10 años, pasó por cinco más y ahora es médico
Gonzalo Calderón encontró su vocación entre hospitales. Ahora, a través de su experiencia, trata de ayudar a los demás desde su experiencia y en la consulta
Sanidad apoyará la financiación de los nuevos medicamentos contra el cáncer metastásico

Estar rodeado de médicos no es nada nuevo para Gonzalo Calderón. Cuando era niño le diagnosticaron su primer cáncer, pero hasta llegar a los 33 años que tiene actualmente ha pasado por cinco más. Cuando a los 18 tuvo que elegir a qué quería dedicarse el resto de su vida pensó: «Después de todo lo que he vivido, algo de Medicina sabré». «Pero no funciona así», bromea ahora, aunque esa vocación que escondía sí le permitió sacarse la carrera y estar formándose actualmente como médico residente de Familia en un centro de salud de Palencia.
La vida de Gonzalo cambió cuando tenía solo 10 años. Le diagnosticaron un linfoma no Hodgkin, un tumor de 16 cm con metástasis que se encontraba encima del diafragma y que no le permitía dar más allá de unos pasos sin ahogarse. Durante un mes estuvo tratándose en Burgos, su ciudad natal, pero los oncólogos recomendaron a sus padres que pidieran una segunda opinión en el Hospital Vall d' Hebrón de Barcelona. «Íbamos con ropa para cuatro días y nos quedamos varios meses porque nos dijeron que si nos quedábamos había alguna posibilidad; si nos íbamos, prácticamente ninguna. Así que nos quedamos», relata en una conversación con periodistas organizada por la Federación Española de Empresas de Tecnología Sanitaria Fenin.
Le dieron quimioterapia y no funcionó. Tampoco la radioterapia. Durante ese tiempo, explica, vio de cerca la muerte. «A mis padres les dijeron varias veces que probablemente de esa noche no pasaría. Pero hubo una noche en la que lo oí, y ahí me di cuenta de que era serio», cuenta Gonzalo. Finalmente decidieron hacerle un trasplante de médula de su hermano con la idea de que sus defensas atacaran el tumor y, una vez hubieran acabado con él, empezar con un tratamiento de inmunosupresión. «Y aquí estoy, así que salió bien», celebra ahora, sin dejar de recordar que esa época no fue nada fácil, pues el procedimiento le generó una esclerodermia, una enfermedad autoinmune que le dejó la piel rígida, sin ninguna elasticidad. «No podía agacharme a atarme los cordones ni vestirme solo y me ahogaba andando», narra.
Recuerda esos años como especialmente complejos a la hora de gestionar sus emociones. «Los niños que estábamos en estas circunstancias éramos como una raza especial, con vello facial, la cara hinchada... éramos como hombres lobo gorditos», dice. Su situación tampoco le permitía ir al colegio, tenía que estudiar desde casa, ni hacer otros planes como ir al cine o a jugar, pues cualquier contratiempo podía acabar con su vida. «Fueron años difíciles de gestionar. Recuerdo una vez que toqué fondo. Fue cuando tenía 13 años, que estando en la Casa McDonald –donde vivió durante el tratamiento– me caí un día en la habitación y no me pude levantar hasta que vino alguien a ayudarme».
El tiempo pasó y Gonzalo se plantó en los 18 años y tuvo que elegir una carrera para estudiar. Apostó por Medicina, pero siendo consciente de que, tras todo lo que había vivido en su infancia, no quería dedicarse únicamente al estudio, por lo que decidió ir estudiando las asignaturas poco a poco, sin la presión de tener que sacarse un número concreto cada año. Cuando estaba en su séptimo año de carrera decidió acelerar el estudio y examinarse de todas las asignaturas que le quedaban, algo más de una docena. «Me puse a tope y me notaba cansadísimo. Pero ese cansancio derivó en un dolor generalizado, sudoración por las noches, febrícula... todo eran señales de que tenía cáncer, porque además ese año estaba estudiando la asignatura de Oncología y me daba cuenta, pero es de esas cosas que no quieres ver, así que fui al médico pero tampoco investigué mucho más», expone. Y así fue: un día no pudo más e ingresó directamente en el Hospital de Burgos, donde un TAC desveló la presencia de tumores en su cuerpo.
Esperando un diagnóstico
Estuvo varias semanas esperando a tener un diagnóstico, que no fue fácil de hallar. Después de sacarle varias muestras y enviarlas a otros centros, finalmente se lo dieron: tenía un mesotelioma peritoneal, un tipo de cáncer extraño y poco frecuente que le generó la radioterapia que había recibido de pequeño. «Nadie se lo esperaba, por eso tardaron tanto en dar con ello», recuerda. Se fue hasta Fuenlabrada, en Madrid, donde trabajaba el cirujano que operaba este tipo de tumores. La intervención, de 10 horas, salió bien, se recuperó, terminó de sacarse la carrera, estudió el MIR, escribió un libro, consiguió plaza y se incorporó.
Pero cuando llevaba tres meses trabajando, un 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, a través de una consulta telefónica debido a la escasa presencialidad que provocaba entonces la pandemia recibió la llamada de su oncóloga informándole de que en el último TAC había algo que no estaba bien, una masa que había crecido. Y así se vio en la situación de tener que comunicar a su familia, en plenas fiestas navideñas, que tenía un tercer cáncer.
Cuidados paliativos
Tras un tiempo de quimioterapia, «que como todas las veces que me la han dado en la vida no me hizo nada», tuvo que someterse a otra operación. «Salió bien entre comillas. Bien, porque no me morí; pero mal porque no se curó el cáncer», explica Gonzalo. La intervención era la única esperanza que tenía de curarse, después solo quedaban los cuidados paliativos. «Pero por suerte, a mí la inmunoterapia que me dieron como paliativo me fue curando y fueron desapareciendo todos los tumores hasta que solo quedó uno». Se lo quitaron en otra intervención y más tarde supieron que este tumor era otro diferente al causante de que iniciara el tratamiento, es decir, el cuarto. «He tenido dos tumores graves, a la vez, durante cuatro años», reflexiona.
Durante esa baja aprovechó para escribir una guía con consejos para pacientes oncológicos sobre cómo afrontar la adversidad. Además de la vocación de médico, sus vivencias también le han llevado a descubrir otra vocación: ayudar a personas que estén pasando por momentos malos a través de su experiencia, por lo que imparte charlas en las que trata de explicar cómo el pensamiento positivo se entrena y puede llevar a cualquiera a ver de forma completamente diferente a la que lo ve la persona de su lado un mismo acontecimiento. «Durante todas estas andanzas yo no cambiaría nada, he estado fundamentalmente bien. Y eso es porque siempre he visto las cosas de una forma bastante positiva», afirma. Las redes familiares y de amistades que ha logrado formar han tenido un gran papel para que esto fuera así. «A mí mi red social me ha salvado la vida varias veces y ha conseguido convertir algunos de los peores momentos de mi vida en los más bonitos», dice este médico.
Por el camino ha tenido dos cánceres más, pero de menor gravedad. También cree fundamental acabar con la «leyenda negra» que rodea a la palabra cáncer. «Yo he tenido cuatro cánceres con metástasis que me podrían haber matado. Pero los dos últimos eran cáncer de piel que se han quitado y ya está, no tienen nada que ver los unos con los otros. Pero cuando la gente oye la palabra cáncer se va siempre a los primeros, a que es algo terrible», expone.
Gonzalo destaca la relevancia que la tecnología sanitaria ha tenido en su vida. «Benditos PET, que me han dado vida», señala, y hace hincapié en la importancia que uno da a estas tecnologías cuando está enfermo, ya no solo porque sean capaces de darle un diagnóstico y un tratamiento, sino «una esperanza» de que el pronóstico mejore y haya una cura.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete