Los jornaleros del fuego
Frente a los 7.613 incendios que han ennegrecido España este año están ellos, con sueldos bajos, jornadas intensas y reivindicaciones que no siempre son escuchadas

Más de 230.000 hectáreas quemadas, 30.000 personas evacuadas en 83 desalojos preventivos, y en 115 de los 480 grandes incendios que se han producido este año en España ha habido que lamentar consecuencias para la población. 86 heridos han sido atendidos en ... 24 siniestros; 22 fuegos han provocado daños en infraestructuras y lo peor de estos terribles números que proporciona a ABC la Dirección General de Protección Civil y Emergencias han sido las tres personas muertas: un brigadista y dos vecinos de Escober de Tábara y Sesnández de Tábara, que se dejaron la vida en el incendio de Losacio (Zamora).
Detrás de este año lúgubre para el monte español, con 7.613 focos que han asaltado los cuatro puntos cardinales del país, están ellos: cientos de personas contratadas durante unos meses en la mayor parte de los casos, sin un acomodo de estabilidad ni condiciones laborales que los protejan, con salarios bajos y jornadas interminables, muchas veces encadenadas, de turnos superexigentes de doce y catorce horas cara a cara con las llamas hasta que por fin escuchan el grito que calma su derroche de adrenalina y miedo: «Fuego estabilizado». Ya pueden descansar.
Estos que a continuación hablan son hombres y mujeres que se baten el cobre con lenguas de fuego que, advierten, son cada vez más voraces. Los medios humanos están ganando de momento la partida a la piromanía y el fuego accidental, pero si no se aplican recetas pronto, pueden cambiar las tornas, inciden. Estas y no otras son las personas que han logrado que este, y todos los veranos, no hayan sido aún más negros. Envueltos en las sombras de sus montes quemados, reivindican desde Aragón, Galicia, Comunidad Valenciana, Castilla y León y Andalucía que no hay que esperar a ver arder lo propio para actuar. Hasta la fecha, a sus proclamas –se quejan– muchas veces solo les contesta el eco del silencio.
1

María Fernández, jefa de brigada en Ames (La Coruña)
«Si hay fuegos sabes cuándo sales, pero no cuándo vuelves»
María, compostelana de 39 años, es jefa de brigada en Ames, un municipio cercano a la capital gallega. Cuando era niña presenció un fuego forestal y ahí, cuenta, nació su vocación profesional. Madre de dos hijos, lleva 15 años dedicada a la extinción y prevención de incendios en los montes gallegos, la Comunidad que más presupuesto invierte en proteger su masa forestal (180 millones de euros al año). En plena campaña estival, María reconoce que «está siendo un año extraordinario, muy duro» y explica que desde el inicio de la temporada le ha tocado trasladarse a grandes fuegos como el que arrasó 11.100 hectáreas en Folgoso do Courel (Lugo) y que tardó dos semanas en extinguirse, o los de Boiro (La Coruña) o A Cañiza (Pontevedra). «Nosotros estamos en un distrito, pero cuando hay focos así nos tenemos que desplazar. Lo malo en estos casos es que sabes cuándo sales, pero no cuándo regresas», asume. Ella tiene un contrato de seis meses al año de duración, fijo indefinido pero sin plaza en propiedad. Su jornada laboral es de 12 horas, con otras 12 de descanso, aunque una vez en el monte, reconoce, estas labores pueden extenderse «hasta 15 horas». Con la vocación por delante, y una pareja que también es bombero forestal, reconoce las dificultades para organizar la vida familiar y solo desea que lo que queda de verano «no nos dé más sustos».
2

Raúl Vicente, técnico de la base helitransportada BRIF Daroca (Zaragoza)
«Este año sacamos un 10 en esfuerzo y un suspenso en resultado»
Prendido en dolor por la pérdida de cinco compañeros en Horta de San Juan (Tarragona), Raúl Vicente, 49 años, fue uno de los bomberos que intervino en la comisión del Parlamento catalán que investigó ese gran fuego forestal (GIF) de 2009. Dobló conciencias. Y ahora tuerce el alma al contar en su magnífico libro 'Hermano fuego' (Editorial Pepitas de Calabaza) los «percances, alegrías y sinsabores» que conlleva ser bombero forestal con veinte años de fuego a sus espaldas. Él estremece relatando en sus páginas en qué consiste ese combate: duro físicamente, debido al calor y al esfuerzo que exige la extinción, extenuante al desplazarse por terreno escarpado, con equipos muy pesados; tienen que eliminar la vegetación y tomar decisiones cruciales en un instante. «Da igual cuántas veces te equivoques, evalúes y corrijas. Volverás a equivocarte. Y eso es lo fastidiosamente jodido de este trabajo», imprime. Raúl, que tiene familia, no piensa en que se está jugando la vida, porque «si no no entraría». «La adrenalina engancha, pero hay veces que no sabes si de verdad merece tanto la pena».
Rememora, aunque con sobriedad, ese momento en el que tuvo que ser rescatado de las llamas de Horta («salimos por los pelos; fue un atrapamiento de fuego a gran escala, nos quemaba ya la nariz», confiesa a este diario), por un helicóptero similar al que maneja su brigada de Daroca (Zaragoza), la BRIF 17, integrada por personas con más de 30 años de media y sueldos que van de 1.200-1.300 euros al mes. Trabaja asentado desde 2007 (antes pululó más de diez años de modo precario) dentro del servicio del Ministerio de Transición Ecológica que les avisa de los grandes incendios. Entonces, contactan con la Dirección de Extinción, reciben instrucciones y aterrizan el helicóptero en aquel punto de España donde se les solicite. Este verano, las poblaciones no lejanas a su Cerveruela de residencia Ateca y Añón de Moncayo han estado en graves apuros. Ahí han estado Raúl y sus cuadrillas. Se han repartido también por Navarra, el Vall d'Ebo, Lugo... Rincones donde la gente empieza recibirlos con vítores, dice.
Combina su lucha sin cuartel por mantener a la población alejada del peligro con la reivindicación de que los planes de prevención son tan necesarios como su propia existencia.
Remedios tradicionales como la compra de producto de cercanía, la ganadería extensiva, el cuidado perenne del monte, la lucha contra la despoblación que ha llenado el entorno rural de combustible... «La receta tiene que ser política. Hay que dar el salto a otro nivel de decisión: necesitamos una política agrícola con atención a esta problemática y un cambio de viraje. Puede que el cambio climático sea el responsable del 50% de lo que está ocurriendo, pero en el otro 50% se puede maniobrar con una gestión medioambiental adecuada. Hay una parte del problema que se nos está yendo de las manos, y otra parte que podemos dominar».
Contrapone la situación actual al momento en que él comenzó. «No hemos gastado bien. Algo no está funcionando. Se invierte más que en los 90 en extinción –colige–, pero aun así este año terminará con 300.000 hectáreas arrasadas. Desde 1994 no se producía una cifra igual y entonces el dispositivo era más pequeño y precario. En este año, la nota es un 10 al esfuerzo, nos estamos dejando la piel, pero un suspenso en resultado. Estamos alarmados».
—¿Qué trato tienes con el fuego, es un 'hermano' como reza su titular?
—En el libro hablo del fuego, con el que yo intento tener una relación fría y de análisis, como la bestia que genera miedo en la gente. La reflexión que haces con los años en este trabajo es que ese monstruo lo hemos creado nosotros.
3

Andrés Villajos, bombero en Segorbe (Castellón)
«Me salvé de morir abrasado en Bejís»
Andrés Villajos cree que si fuera un gato ya hubiera utilizado una de sus siete vidas. Vuelve junto a sus compañeros por primera vez al lugar del que huyeron envueltos en llamas en el incendio de Bejís (Castellón). Entre un paisaje negro y el olor a tierra mojada, señala el punto en el que un cambio brusco de viento les hizo soltar rápido las mangueras, cuyos restos siguen sobre el terreno, sin ni siquiera haber podido echar agua sobre un fuego que quemó 19.000 hectáreas en una semana. «Subimos rápido al camión, pero el mismo calor que provocó las quemaduras a mis compañeros, hizo reventar las ruedas y salimos corriendo. Eso nos salvó de morir abrasados, porque el vehículo estaba ardiendo y no lo sabíamos», cuenta a ABC. De lo que queda de él en una estrecha carretera cercana a Torás, la localidad que querían salvar, Andrés se lleva un trozo de la bomba de agua como recuerdo. Pudo seguir trabajando unas horas más hasta que la intoxicación por el humo lo llevó al hospital.
Es la primera vez que él y sus compañeros vuelven a la zona, con el incendio estabilizado, pero todavía sin darse por controlado. Esas jornadas de quince horas de trabajo de media en los primeros días no las olvidarán en mucho tiempo. A sus 27 años, con un lustro de experiencia como bombero voluntario en Onda y un año interino en el parque de Segorbe del Consorcio de Castellón, había tenido «algún susto», pero no había vivido nada igual. Este verano ya había trabajado en los fuegos de Caudiel y Les Useres. Del de Bejís recibieron el primer aviso sin saber lo que les venía encima, con los efectivos justos para una tragedia «imprevisible». «Comíamos a deshora y dormíamos en el parque, así ganábamos tiempo antes de hacer el relevo», desgrana.
«No teníamos miedo a no controlarlo, pero sí a no contarlo», asevera. «Creo que, a nivel psicológico, nos hacemos insensibles. Para el riesgo que supone, no estamos bien pagados. Igual no pasa nada en un año que te ves dentro de una catástrofe como esta. Aunque lo hacemos también por vocación», matiza. Ahora, el objetivo es sacarse «como sea» la plaza fija. «Hay que estar siempre estudiando y entrenando porque en cualquier momento saldrá la oposición. No podemos bajar la guardia», zanja.
4

Daniel Morcilo, bombero de la Generalitat Valenciana en el parque de Alcoy (Alicante)
«El 60% de nuestras horas laborales nos las pagan a 50 céntimos»
El principal problema al que se enfrentan los bomberos forestales de la Generalitat Valenciana, según Daniel Morcilo, es la «falta de relevo» para atajar el fuego, sobre todo, cuando hay focos simultáneos, por la «precariedad» y necesidad de personal y el «agotamiento» de los efectivos. «Nos jugamos la vida y el 60% de nuestras horas las pagan a 50 céntimos», indica. Este tiempo se corresponde a la parte de su jornada en que deben estar localizables, es decir, no se encuentran en la base, pero deben acudir a cualquier aviso antes de 45 minutos o se les penaliza, un sistema que es «totalmente obsoleto e inoperativo». «Si me localizan a las cuatro de la mañana y no tengo con quién dejar a mis hijos de 1 y 5 años, no puedo acudir, por mucho que quiera ir. Esto está pasando», relata. Al faltar el tercer turno, a diferencia de otros cuerpos como los consorcios provinciales de Alicante, Valencia y Castellón, los forestales deben estar disponibles 163 noches al año (2.282 horas) por esa retribución de medio euro.
Cada unidad nocturna debe cubrir un área próxima a 2.500 kilómetros cuadrados, por lo que el tiempo de respuesta, pese a ser presencial durante la jornada, no mejora la atención, quedando relegada a una labor de vigilancia y remate en los focos que están activos o en fase de liquidación. «Se ahorran las horas extra que supondría un retén nocturno fuera de la jornada», subraya. Estas carencias han quedado de manifiesto en los incendios del estío; los dos más graves en la región han carbonizado 32.000 hectáreas.
Estos desastres duran más de un día, por lo que el descanso obligatorio hace que lo avanzado un día, a veces, se pierda por el camino. Sucedió en Vall d'Ebo (Alicante). «Es terrible, el primer día paramos un frente, descansamos por seguridad y al reincorporarnos se había quemado todo lo hecho. Nos hemos jugado el tipo para nada», lamenta.
Junto a ello está el riesgo extra por jornadas de hasta catorce horas, más el desplazamiento a sus domicilios. «En lugar de a las 7.30 horas, hemos parado a mediodía. Esto no es una fábrica que fichas y te vas, estiramos la jornada y después de doce horas coges el camión y conduces dos horas y media. Con la adrenalina no eres consciente del riesgo», revive. En aquel momento, estuvieron protegiendo un corral con 60 animales y varias viviendas: «Lo dimos todo, también por falta de previsión de la empresa y porque a nivel político, no se podía contratar personal». Están en huelga hace un año negociando las bases del proceso de estabilización del empleo con la empresa, pero no ejercieron su derecho porque «querían salvar el monte, con gente perdiendo sus casas y patrimonio irremplazable».
Como delegado del Sindicato Profesional de Policías Locales y Bomberos (SPPLB), este profesional con quince años de experiencia habla sobre el nuevo servicio llamado UVE anunciado por la Consejería de Justicia e Interior. «Si de verdad quiere ofrecer un servicio 24 horas al día, 365 al año, debe cambiar el sistema de turno, somos el único cuerpo de emergencias que no está todo el tiempo en las bases», reprueba.
La precariedad laboral afecta a un tercio del personal, trescientas familias que «pueden perder su trabajo». «No nos sirven los agradecimientos, necesitamos acuerdos que estabilicen los puestos en fraude de ley», demanda. Sin convenio colectivo y con compañeros a pie de llama con 60 años piden pluses de penosidad, peligrosidad y toxicidad.
5

Adolfo Andrés, peón de una cuadrilla de tierra en Burgos
«Trabajo tres meses. O tienes dos empleos o es imposible subsistir»
Es su segunda campaña en extinción de incendios en una cuadrilla de tierra en la provincia de Burgos. Trabaja solo los meses de verano, de julio a septiembre, en una subcontrata en Castilla y León. Lo cierto es que Adolfo Andrés no ha parado en este verano «aterrador, un desastre»: «Julio ha sido bastante intenso, un no parar», con días de «cinco o seis salidas» para los efectivos de su comarca. Y eso que Burgos tradicionalmente no es de las provincias más afectadas por las llamas. Ha estado en más de diez incendios, entre ellos, el segundo gran fuego que se llevó más de 30.000 hectáreas en la provincia de Zamora, un día hasta quince horas seguidas.
En el primero de la sierra de la Culebra «no» participó. Ahí «no estábamos contratados prácticamente nadie», asegura. Se queja de la temporalidad, que «complica mucho» abordar los incendios y motiva que se pierda «muchas veces a la gente más experimentada que se va por las malas condiciones». Esto hace que en esas cuadrillas se acumulen «muchos estudiantes, gente joven entrando y saliendo» y quienes lo toman como un «trabajo de verano». «O tienes dos trabajos o es imposible» subsistir advierte, él que en invierno se «busca la vida en lo que sea».
Contesta con un «sí» rotundo y sin dudar a si estaría dispuesto a trabajar los doce meses en la lucha contra el fuego. Cobra «unos 1.100 euros al mes de base, más algún suplemento y extras». «Con suerte», por los tres meses de verano, 5.000 euros por verse cara a cara con las llamas. Lo suyo es «vocacional». «Nos gusta el monte», sostiene. Reclama mejoras como una simple taquilla en la que guardar la ropa cuando van a otro punto, pues llegan mojados y al día siguiente sale húmeda del petate; así como formación. Con dos días de curso recalan en una cuadrilla de tierra: «Es insuficiente para que la gente entre al día siguiente en un incendio».
6

Juan Carlos González, bombero forestal de una brigada del Ministerio, con sede en Tabuyo del Monte (León)
«Te juegas la vida por 1.100 euros al mes»
«Mucha vocación» es también lo que tiene y mantiene a Juan Carlos González en la BRIF (Brigada de Refuerzo de Incendios Forestales) del Ministerio en Tabuyo del Monte (León). Entró «por probar» y ya lleva 15 años, porque «al final, te engancha muchísimo». Y eso que no es por lo que cobra, pese que están contratados los doce meses desde 2019. De media, perciben «unos 1.100 euros al mes». «Cuando te juegas la vida, como se está viendo, sí podría estar mejor remunerado», reclama. Demanda también «más formación», sobre todo para «tratar las emociones, con la gente». «Somos bomberos forestales, no psicólogos», advierte. Desde su base han salido para intervenir en «unos sesenta incendios», desde que a mitad de junio el devastador incendio de la zamorana sierra de la Culebra los activó. Ha vivido muchos incendios y muchos veranos de lucha contra el fuego, «pero como éste, ninguno». Su «comportamiento» ha cambiado, es más voraz, y tratar de salvar poblaciones se ha convertido en una constante y «lo más duro». Hasta 14 horas al día seguidas pueden estar frente a frente ante las llamas. «Siempre en primera línea de fuego». Y con unos 20 kilos adicionales sobre su cuerpo entre casco, mono, botas, mochila....
Reconoce que hay ocasiones en las que sí piensa en tirar la toalla. «Dices: 'no sé qué hago aquí'. Pero lo compensan otras cosas»: «El reconocimiento y la satisfacción cuando ves que has salvado y ayudado a gente».
Tiene 40 años y sabe que le quedan al menos otros 25 para jubilarse y dejar de verse cara a cara con el fuego. Son bomberos forestales y no tienen jubilación anticipada, una reclamación que no se cansan de lanzar al Ministerio. «Ojalá, cuando pase todo esto, la sociedad y los políticos no se olviden de los bomberos forestales, porque llega el otoño y nadie se acuerda». «Estamos todo el año ayudando, sobre todo en el medio rural».
7

Francisco Vera, técnico de operaciones del Infoca o plan andaluz antiincendios
«Pienso en los hijos del personal que llevo a mis espaldas»
Francisco Vera empezó como vigilante en 1991. Pasó en 1992 a bombero forestal especialista en un retén. Desde entonces es fijo en el Infoca o dispositivo andaluz de extinción. Acumula tres décadas apagando llamas con 40 incendios al año de media. Fue siete años operador de consola en un centro de defensa hasta que acabó Ingeniería Forestal y se convirtió en técnico de operaciones. Volvió como jefe de un grupo aerotransportado de 18 personas. Lo que más pesa es la «responsabilidad bestial y absoluta», aduce.
Recuerda al compañero fallecido en Sierra Bermeja y comparte almuerzo con uno de los heridos al que le cayó una descarga encima de un helicóptero. Le rompió una costilla y el menisco. «Intento llevar siempre los rígidos protocolos a rajatabla. Aun así, las situaciones se complican. Piensas en los hijos del personal que llevas a tus espaldas», remarca. En el helicóptero van 21 personas: dos pilotos, dos jefes del centro o brica de Cártama, en Málaga, y 16 bomberos forestales, dos especialistas y un técnico a cargo de la operación (casco blanco para distinguirlo). El técnico decide sobre el suelo quemado qué se hace, por dónde se entra, cuál es la zona de seguridad y las vías de escape. Durante el vuelo, reciben informes de los analistas sobre el terreno, la climatología o los compartimientos del fuego. Vera siempre piensa en la seguridad de su equipo. «Me cago en la madre que me parió: es que no hay árbol ni sierra que valga la vida de una persona», espeta.
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No dice cuánto cobra. «Al final, estás poniendo precio a tu vida. No estamos mal, pero la situación es mejorable», afirma. Los cascos verdes de sus hombres en el monte les delatan como la punta de lanza de los equipos de extinción. El grupo funciona con jerarquía casi militar, cada uno sabe qué debe de hacer. Es la profesionalización absoluta de la lucha contra el fuego: «Las órdenes tienen que ser claras. Antes de entrar, hacemos una pequeña reunión y todo queda organizado, pero el incendio es un ente dinámico y lo que está controlado no lo está en una hora. Hay que chequearlo todo y cambiar de plan. Ese es mi trabajo», enfatiza.
Los turnos efectivos son de ocho horas, luego en el incendio puede estar diez y con desplazamientos hasta catorce. «Ocho horas a nuestro ritmo en el monte es una barbaridad», sentencia. Cuando no hay fuego se preparan como una unidad de elite. Tiene cursos de formación sobre las técnicas. «La mejor edad para esto está entre los 40 y 50. Tienes la experiencia y el físico necesarios».
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