Reloj de Arena
Nico Salas: el neón de la memoria
Fue uno de aquellos chavales de los que vivió la década prodigiosa al mismo ritmo que Alaska y sus Pegamoides
Antonio de la Torre: una fiesta con canapés, por favor

Las cosas no pasan de un día para otro. La generación espontánea solo existe en algunos muros donde crecen, salvajes, las higueras. Normalmente todo cambio tiene un tiempo, donde se cuece, a fuego lento o a toda pastilla, el nuevo formato que vestirá el ... porvenir. Eso le pasó a la Sevilla que, desde las bodeguitas intramuros, San Laureano y la calle Betis, lugares recurrentes de aquella quinta, retratada divinamente por Paco Gallardo en su novela el 'Rock de la calle Feria', se mudó a Los Remedios.
A partir de los ochenta, la noche nomadea encontrando oasis en los nuevos locales que se abren al otro lado del río. Locales gestionados por gente muy joven, servidos por gente más joven aún, que van de la mano de la década prodigiosa que le darán a los ochenta su acento generacional. Los nuevos locales no tienen tras las barras a profesionales con impecables camisas blancas, corbata negra y tiza en la oreja. Al otro lado de la barra está tu colega de facultad, tu compañero de surf o de rugby, con camisas tan floreadas que dejarán a las de Alberti en una otoñada alopécica. Son gentes insultantemente jóvenes, que saben pinchar discos, sonreír casi siempre y tener una complicidad generacional con quien le pide una birra.
Nico Salas, juntos con tantos y tantos otros de su camada, fue uno de aquellos chavales de los que hablamos y que vivió la década prodigiosa al mismo ritmo que Alaska y sus Pegamoides, bailando, y aprendiendo la nocturnidad en aquella escuela de calor de Radio Futura. Detrás de una barra se ganaba mucho dinero, se ligaba lo más grande y se tenía un observatorio directísimo para saber qué era y qué pasaba en aquellas noches embravecidas.
Silvio y la Policía Local
En uno de aquellos locales, cercanos a la Feria, en los que Nico Salas puso incontables copas, un mediodía ocurrió un hecho memorable. Entró un policía local con urgencia prostática y en la barra, acodados como dos ejemplares en extinción, estaban Silvio y Máximo Moreno. Silvio se pidió lo habitual: dos cervezas, dos copitas de anís y un coñac de postre. Cuando el funcionario iba por la mitad del bar, se oyó la guasa de Silvio: «¡El de la gorra, que corra!». Mosqueo. El policía lo reconoció y, prudentemente, no le dio importancia. Pero Silvio imitaba a la mosca cojonera, quizás al moscardón, cargando nuevamente contra el funcionario: «¡El de la gorra, que corra!». Herido en su orgullo de Cuerpo, el poli se fue para Silvio y le dijo que estaba borracho. Silvio no lo desmintió, pero matizó el diagnóstico: «No estoy borracho, soy borracho». Aquello se solucionó con una multa al local amparándose en una normativa de entonces por la cual no se podía dar de beber a un cliente que ya estaba muy bebido. En la multa, que el propietario del local guarda como un recuerdo surrealista de la municipalidad local, se justificaba el concepto de la sanción: «...por darle de beber a un borracho».
Nico sostiene que la botellona empezó a gestarse muy cerca de la sede de la Policía Local en el parque de María Luisa. Las noches del Líbano pudieron inspirar perfectamente a Mecano cuando cantaban aquello de «hoy no me puedo levantar». Delante del local se amontonaban hasta tres filas de coches de los clientes que llenaban su siempre colapsada barra. Una orden de la Alcaldía lo cerró durante cuatro o cinco noches.
Pero los niños seguían frescos de reflejos y descubrieron que en la gasolinera de La Raza había gasolina para el Simca mil de la diversión, se aprovisionaban de bebestible y disfrutaban del parque hasta que la noche se retiraba impotente de aquel campo de batalla donde se hacía el amor y se le declaraba la guerra al imperativo legal. El botellón, según Nico Salas, vino al mundo por aquellos días para quedarse.
La risa se cortó el día en que se corrió la voz por el barrio de que Bosé paraba en el Avelino.
El Líbano era un magnífico sitio para perder la cabeza. Nico recuerda cómo, Josimar, un brasilero que fichó el Sevilla como estrella, se estrellaba casi todas las noches contra aquella sabrosa y musical vanguardia de la noche interminable. También perdieron el avión dos integrantes del grupo La Frontera, que se calentaron de más tras la actuación y pasaron la noche alucinando en la tabernita que el admirado José Antonio Blázquez, uno de los grandes del periodismo local de antes del universo electrónico, tenía en su casa.
Allí acabaron los músicos, Willy Blázquez y Nico Salas, tantas veces collera en las barras de los ochenta. Las fotos de Caracol, de Massiel, de Rocío, el traje de un torero, las cabezas de toro y los ágiles dibujos del mundo taurino del propio Blázquez dejaron a los dos de la Frontera en la misma frontera donde uno pierde el conocimiento por culpa de tanta inesperada novedad.
Tampoco lo pasaba mal Miguel Bosé. Se quedaba en casa de los Blázquez y se entonaba en el Avelino de Heliópolis. Allí se refugiaba, durante el año universal de la Expo, para que sanara su corazón mal herido por culpa de un bandido, riéndose con Julio Moreno, Nico Salas, Willy Blázquez… La risa se cortó el día en que se corrió la voz por el barrio de que Bosé paraba en el Avelino. Un ardiente caudal de seguidoras se encajó en el local y Bosé tuvo que esconderse en la trastienda. Como un Jesulín acosado por sus fieles amazonas. A Nico le rompieron la camisa y hubo que sacar al cantante a hurtadillas.
Cuando a aquellos chicos de camisas floreadas se les apagó el neón de la fiesta, muchos eligieron los Caños de Meca como lugar de retiro. Sol, velas y olas. Por allí están o pasan temporadas junto al mar Alfonsito 'el Negro', Juan Val, Miguel Quiroga, Willy Blázquez... Jay Hernández acabó en Senegal, donde regenta dos hoteles, tras pasar por ser el pionero del bar con cabina y DJ. Se acabó la fiesta pero en el paraíso gaditano socializan con Eduardo Rodway, Rosario Flores o Antonio Carmona, con idéntica espontaneidad con la que los marcó el ADN de la década prodigiosa.
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