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ABC Cultural

Wim Wenders: «La verdad es una especie en vías de extinción»

El cineasta alemán recibe en Barcelona el Premio de Honor del BCN Film Fest

François Ozon lleva el 'Me too' al París de 1935: «La comedia puede tocar temas graves y tenebrosos»

Wim Wenders, fotografiad en Barcelona este viernes Efe
David Morán

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Ni con un guion escrito a cuatro manos junto a su añorado   Sam Shepard hubiese salido mejor: empieza citando a Bob Dylan, toma impulso en Carlos Saura, y acaba llamando «vago y perezoso» a su amigo Ry Cooder. Planteamiento, nudo y desenlace. Wim Wenders (Düsseldorf, 1945), el gran humanista del cine europeo, sentando cátedra horas después de recoger el Premio de Honor del BCN Film Fest. «¿Sabías que a Ry Cooder le ofrecieron ser el quinto Rolling Stone y dijo que no? No quería ese tipo de vida de ninguna manera. Hizo una banda sonora exquisita para 'El final de la violencia'; creo que es incluso mejor que la de 'Paris, Texas'», dirá justo antes de esfumarse quien sabe si a visitar al esquivo compositor estadounidense, cerebro musical de hitos como 'Buenavista Social Club'. «No tiene ordenador ni quiere saber nada de conectarse a un 'zoom'. Si quieres hablar con él tienes que ir a su casa de Los Ángeles», desvela.

Algo más cerca, en los cines Verdi de Barcelona, Wenders, 77 años y una filmografía que suma más de una treintena de títulos, rompe el hilo sacándose de la manga el estribillo de 'My Back Pages', una de esas canciones de Dylan que los Byrds hicieron aún mejores. «Ah, but I was so much older then, I'm younger than that now», recita. «Yo era mucho mayor entonces, ahora soy más joven que eso. ¿Es verdad eso?», se pregunta cuando sale a relucir lo inevitable en este tipo de asuntos retrospectivos: la edad; el camino recorrido y el que queda aún por andar. «La edad no importa. Está sobrevalorada. De joven siempre quería ser mayor, más mayor de lo que era, pero dejé de pensar en eso hace tiempo. Porque la edad es irrelevante. Lo único que cuenta es quien eres y lo que haces», sostiene.

Segundos antes, la directora del festival, Conxita Casanovas, le ha dado en público recuerdos de Eulalia Ramón, viuda de Carlos Saura, guante que el cineasta alemán aprovecha para profundizar en su reflexión. «Para mí, Saura nunca fue un hombre mayor: siempre fue el mismo. No cambió. El mismo poeta. El escritor y el cineasta. Una gran persona. Cuando lleguemos al cielo, no habrá edad. Solo seremos nosotros», asegura el director 'El cielo sobre Berlín'.

Volver a Cannes

Y quizá por eso mismo, porque la edad no importa y es irrelevante, a Wenders le preocupa más el mañana que el ayer. O, lo que es lo mismo, su regreso a Cannes cuarenta años después de ganar la Palma de Oro con 'Paris, Texas', y la nueva película que le ha empezado a rondar por la cabeza. De lo primero, silencio casi absoluto. Sólo que participará en el festival francés por partida doble: fuera de competición con 'Anselm', un documental en 3D dedicado al artista Anselm Kiefer, y en la sección oficial con 'Future Days'. «Estoy feliz de que no se sepa casi nada de las películas», asegura un cineasta al que le inquieta lo justo la idea de volver a competir. «Sólo me preocupa que se proyecten bien –relativiza–. Son dos películas bastante únicas, no se parecen a casi nada que haya hecho».

Sobre su nuevo proyecto tampoco hay nada tangible, pero sí la voluntad de dar respuesta a unos tiempos tirando a aciagos y complejos. «El 11-S cambió el mundo. Y el Covid lo cambió una vez más. Lo que más ha cambiado es la noción de verdad. Nadie se pone de acuerdo y la verdad es una especie en vías de extinción», relata. Tampoco el compañerismo social, añade Wenders, ha salido demasiado bien parado. «Con la pandemia también ha desaparecido el concepto del bien común. Para las nuevas generaciones ya no tiene ninguna importancia, Y seguirá así, porque no podemos revertirlo. Las buenas épocas han pasado y nunca volverán», dice.

¿Qué hacer, entonces? Fácil: una película. «Yo soy optimista. A pesar de todo, soy optimista sobre el futuro del cine y la sociedad, porque sólo los optimistas pueden cambiar el mundo. Los pesimistas esconden la cabeza bajo el ala», asegura Wenders. De ahí que, avanza, su próxima película gire alrededor de la idea de paz. «Porque sin paz no hay verdad ni bien común», defiende. «Estoy trabajando en un gran proyecto y espero que sea una película muy entretenida», añade.

Vivir el cine

Mientras el director de 'El amigo americano' otea el horizonte, el BCN Film Fest sigue sus huellas para resumir su carrera en doce títulos esenciales. Una retrospectiva coronada por 'El estado de las cosas', 'El miedo del portero ante el penalti', 'Hasta el fin del mundo', 'Lisboa Story', 'Buenavista Social Club' y 'Paris, Texas' que sintetiza a la perfección la manera que tiene Wenders de entender su oficio. «Si empiezas ahora en el mundo del cine, todo lo que escucharás es que las películas son un producto y que siempre encuentrarás la manera de hacer que tenga éxito. Es peligroso. Y una de las mayores mentiras que hay. Porque, si crees que una película es un producto, dedícate a diseñar coches. Y aunque te obliguen a creértelo, date cuenta de que las películas son cultura; son parte de una tradición cultural antigua», reflexiona.

Wenders, tras recoger el Premio de Honor del BCN Film Fest EP

Una tradición a la que Wenders llegó a través de la pintura y de la que se enamoró al descubrir que los filmes incluían «todo lo que quería hacer en la vida». «Hago películas porque descubrí que existían», asegura. «De crío quise ser pintor, músico, arquitecto, incluso sacerdote. Finalmente elegí la pintura; de hecho, era pintor cuando hice mi primera película», relata. Con los años llegarían los premios, los reconocimientos y, en fin, la constatación de que todo es siempre mejor con una pequeña ayuda de lo amigos.

En su caso, de dos en concreto: Sam Shepard y Peter Handke. «Cuando me di cuenta de que necesitaba ayuda para los diálogos, no pensé en guionistas, sino en escritores», explica. «Handke evolucionó junto a mí y siempre ha sido parte estrecha de mi vida. Su primer éxito llegó al mismo tiempo que el mío. Con Shepard es diferente: lo conocía como dramaturgo, vi sus obras en Nueva York y San Francisco y me gustaron. Tenía una personalidad explosiva», recuerda.

Gracias a ellos, Wenders no solo firmó trabajos notables: también logró espantar la temida soledad. «Los escritores son gente muy solitaria, y a mí no me gusta escribir porque no me gusta pasar tiempo solo delante del ordenador. Admiro a quien escribe sus propios guiones, pero yo lo he hecho un par de veces y no me gustó», confiesa.

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