La dramática sesión de las Cortes en el establo del castillo de Figueras que dio por muerta a la República
El 1 de febrero de 1939, el Gobierno republicano improvisó un estrado y una tribuna a diez metros bajo tierra en la fortaleza del siglo XVIII, para hacer creer a los españoles que la Guerra Civil no había terminado. La hora de comienzo no se hizo pública por temor a un bombardeo franquista

Pocos minutos antes de las 22.30 del 1 de febrero de 1939, 62 diputados muertos de frío que alumbraban como podían las cuadras subterráneas del Castillo de San Fernando de Figueres , celebraban la última sesión de las Cortes republicanas. La escena era dramática, ... pues consistía en poco más que la amarga constatación pública de que todo había terminado. De hecho, la hora y el lugar respondían a la necesidad de protegerse de los sañudos bombardeos de la aviación franquista, que por entonces dominaba ya el cielo del norte de Cataluña a su antojo.
Los parlamentarios allí escondidos, a diez metros de profundidad, eran solo una pequeña parte de los 473 que, oficialmente, habían formado el Congreso de los Diputados en las elecciones de febrero de 1936, cinco meses antes del comienzo de la Guerra Civil . Para ser exacto, el 13%, de los cuales muy pocos volverían a pisar suelo español después de aquella reunión. Faltaban los que se habían sumado al golpe de Estado de Franco, los que se habían marchado al exilio, los que habían muerto en el frente y los asesinados en la represión de ambos bandos. De estos últimos, algunos sin haberse alzado en armas.
Ni siquiera en Cádiz, durante la Guerra de la Independencia contra Napoleón un siglo antes, habían tenido las Cortes españolas un marco tan pintoresco, secreto y extraño: los establos bajo tierra de una colosal fortaleza de cinco kilómetros de perímetro, construída durante el reinado de Fernando VI en el siglo XVIII, y rodeada de otros cinco kilómetros de fosos. Un fortín enclavado en la comarca gerundense del Ampurdán, en una colina de 140 metros de altitud donde antiguamente se alzaba el convento de los capuchinos de San Roque, pero que había servido de cárcel, fortaleza militar y hasta residencia real.
En el lado izquierdo de la amplia habitación se levantó un estrado y una tribuna improvisada para Diego Martínez Barrio , presidente del Congreso de los Diputados desde abril de 1936. El suelo pedregoso estaba cubierto por varias alfombras raídas de color rojo que subrayaban el caracter agónico de lo que estaba a punto de acontecer. Era la última vez que se iba a desplegar la bandera republicana sobre un Parlamento español y todos parecían saberlo cuando sonó el mazo en el estrado y comenzaron a leerse los nombres de los presentes, que respondieron disciplinadamente al grito de «¡sí!» según los iban citando.

La rápida agonía
La hora de comienzo no se había hecho pública por temor a un ataque de los bombarderos nacionales. Era obvio que, tras la victoria en la batalla del Ebro, Franco daba por segura su victoria final. El 23 de diciembre de 1938, después de rechazar la propuesta del Gobierno del Frente Popular de celebrar una tregua en Navidad, había iniciado su ofensiva sobre Cataluña con una superioridad aplastante. El futuro dictador contaba con 350.000 hombres y medios de transporte suficientes como para relevar a sus tropas cada dos días, mientras que la República solo disponía de 90.000 soldados muy mal equipados, según la cifras dada por César Vidal en ‘La guerra que ganó Franco’ (Planeta, 2006). No es de extrañar, pues, que su camino hacia la conquista final de Barcelona fuera, prácticamente, un paseo.
En las primeras jornadas de enero de 1939, el Ejército popular había perdido ya una cuarta parte de sus efectivos. Además, no contaba con reservas suficientes como para sustituirlos. El día 21, esa proporción de bajas aumentó hasta la mitad, en lo que era una agonía desesperante. Los nacionales no les dieron ningún respiro, pues Franco había dejado claro semanas antes que no quería que los republicanos tuvieran la más mínima oportunidad de reagruparse. Eran material y numéricamente superiores y ya tenían los accesos abiertos para penetrar en la Ciudad Condal, así que no quería otorgar ninguna concesión a la moribunda República.
En una situación como aquella, apenas una semana antes de la mencionada última sesión de las Cortes, se dispararon los rumores entre los combatientes republicanos de que podría producirse una posible invasión de los franceses, la cual podría darles la oportunidad de mantener Cataluña como último bastión hasta que comenzara la Segunda Guerra Mundial . Y los mandos del Ejército popular estaban dispuestos a continuar resistiendo, para evitar la caída de Barcelona, una ciudad importante desde el punto de vista militar, no solo por sus buenas comunicaciones con el extranjero, sino, también, por los arsenales de armas que tenía guardados en muchas de sus fábricas, parques, depósitos y cuarteles. Al final, nada de aquello fue posible.
«Hemos perdido Barcelona»
A primeras horas del 26 de enero, una vez ocupadas todas las posiciones de las montañas que rodean la ciudad y el puerto, las tropas del general Yagüe entraron en Barcelona sin efectuar, prácticamente, un solo disparo. Los republicanos ya huían a toda prisa de la ciudad mientras la aviación franquista bombardeaba las carreteras que conducían a la frontera con Francia. En total, 300.000 soldados mezclados con 200.000 refugiados. Las gestiones de la Liga de los Derechos del Hombre y de la Cruz Roja para evitar aquella aniquilación no dieron resultado, pues Franco no estaba dispuesto a dejar escapar ni a una mínima parte del Ejército que acababa de derrotar.
La Ciudad Condal estaba perdida y sus calles, prácticamente vacías, mientras una avalancha humana se dirigía a los pueblos más cercanos a Francia, a pesar de que su frontera había sido cerrada por el Gobierno parisino para los soldados. Tan solo se permitió la entrada de 170.000 mujeres y niños y 60.000 paisanos. Eso no impidió que el presidente de la República, Juan Negrín , se dirigiera a los españoles en un discurso emitido por radio, el 28 de enero de 1939, para dar esperanzas a los suyos e intentar convencerles de que la guerra aún no estaba perdida. Solo faltaban cuatro días para la sesión parlamentaria de Figueres cuando ABC publicó sus palabras bajo el siguiente titular: ‘El doctor Negrín explica al país el momento actual’ .
«Españoles, ha sucedido lo inevitable: hemos perdido Barcelona. Busca el enemigo que esa pérdida signifique el derrumbamiento de nuestros frentes, el desplome de nuestra retaguardia, para conseguir rápidamente nuestro aplastamiento definitivo, pero no lo logrará. En nuestras manos está evitarlo y lo evitaremos. Los momentos presentes son los más duros y graves de nuestra lucha. Con entereza y serenidad, los resolveremos, pero precisa que todos, absolutamente todos, conserven su sangre fría y el ánimo, y que dupliquen sus esfuerzos y se pongan a las órdenes del Gobierno con disciplina y abnegación. Los vacilantes, los desanimados y los decaídos son los mejores colaboradores del enemigo. De ellos se valen los agentes rebeldes e invasores para sembrar el desconcierto, engendrar el pánico y producir un caos que sería la ruina de todos. Que cada ciudadano español se sienta responsable de la garantía del orden, un instrumento de la voluntad del pueblo para elevar el entusiasmo por la lucha. El Gobierno necesita de la ayuda de todos y la exige», aseguraba el presidente republicano, aunque no encontrara una gran acogida a sus palabras entre los ciudadanos.
La última sesión
Llegado el día de la última sesión, los parlamentarios parecían exhaustos en la oscuridad de las cuadras, pero no desanimados del todo. Es como si esas palabras de Negrín les hubiera dado la esperanza de que todavía se podía producir un milagro. El presidente del Congreso, Martínez Barrio, fue el primero en subir al improvisado estrado. «Ojalá vosotros, señores diputados, que con vuestra presencia estáis escribiendo una página de honor, sepáis, con nuestros acuerdos, ponerle la rúbrica que merece y ansía la conciencia general de nuestro país, llenando las esperanzas que, en definitiva, han de convertirse en gloriosas realidades para el futuro de la patria española», manifestó, antes de cederle el turno al presidente del Gobierno, entre los vítores de sus camaradas, que retumbaron en el alto techo abovedado.
Caminó después Negrín hacia la tribuna, acechado por las miradas inquietas y expectantes de sus colegas. Iba sin afeitar, con los ojos inyectados en sangre de las pocas horas que había dormido en las últimas semanas. Solo su impecable traje marrón daba una falsa apariencia de tranquilidad, mientras que su sombrero de ala ancha y su abrigo negro colgaban del banco. Comenzó entonces su largo discurso, en el que maquilló la trágica realidad de lo que estaba ocurriendo, a pesar de que sabía que la guerra estaba irremediablemente perdida. Aún así, expresó su deseo de seguir combatiendo y hasta obtuvo el voto de confianza de los presentes, en un acto con cierto cinismo, pues ya había pactado con Stalin, tiempo atrás, la desaparición del sistema democrático para instalar un dictadura de partido único a la que llamarían Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas o Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas .

«Señores diputados, se reúne hoy la Cámara en un severo ambiente de guerra –comenzó Negrín–. Después de unos días de angustia en que la catástrofe quería cernirse sobre nosotros, se ha serenado la atmósfera, se han tranquilizado los espíritus, se ha atenazado el pavor, se han reducido los límites de una batalla perdida que el alocamiento colectivo, estimulado y maniobrado certeramente por el enemigo, pudo haber convertido en desastre definitivo. ¡Cuántas lecciones provechosas podemos sacar de los sucesos aún vivos y calientes! [...]. Durante unos días, hay que decir la verdad, una oleada de pánico ha estado a punto de asfixiar nuestra retaguardia, contaminar nuestro Ejército y descomponer todo el aparato del Gobierno, pero seamos justos, ni el orden ni la autoridad se han visto en peligro».
Fuera del castillo se escuchaban las bombas franquistas cayendo sobre Figueres y, dentro, las luces del improvisado Congreso se apagaron y encendieron varias veces. El presidente del Gobierno se sobresaltó y tuvo que detener su discurso en numerosas ocasiones. En uno de esos silencios, cogió aire y continuó justificándose: «Ha habido desorganización y descoyuntamiento, no desorden. Ha habido inconexión e interferencia entre los eslabones de la cadena jerárquica en la Administración del Estado, pero ni caos ni indisciplina. Ha habido incomunicación entre el Gobierno y los ciudadanos, con todas las consecuencias funestas y perturbadoras que ello conlleva, pero no ha fallado la autoridad moral y efectiva del Estado allí donde existía el instrumento para hacer llegar sus mandatos. Pánico, sí, con el consiguiente barullo y atolondramiento. Fomento del pánico por parte del enemigo, también, logrando con sus agentes una perturbación y un desorden organizado. Pero no ha habido nada, a pesar de las provocaciones del enemigo, que se asemejara a una revuelta, amotinamiento o sublevación contra la autoridad del Gobierno. Al contrario, se anhelaba la protección, la tutela, la guía y la dirección del Gobierno. ¿Cuáles son los motivos del pánico? En primer término, la repulsa de nuestra población civil a caer bajo la dominación facciosa».
Al lado de Negrín, en un segundo plano, se encontraba su amigo Herbert L. Matthews , el famoso corresponsal estadounidense de ‘The New York Times’, que seguía atento el discurso. Más allá, Keith Scott-Watson , del ‘Daily Herald’, y Henry Buckley , del ‘Times’, ambos de Londres. Cuentan algunas crónicas que este último le susurró al oído de su colega ruso Ilya Ehrenburg , enviado del diario ‘Izvestia’, la siguiente premonición: «Este sitio es como una tumba». A lo que Ehrenburg replicó: «Amigo mío, ésta no es solo la tumba de la República española, sino también de la democracia europea». Y la sesión se disolvió mientras los diputados y demás asistentes se despedían en la oscuridad del patio de armas del castillo, sabiendo ya que nunca más volverían a reunirse en España y pensando cada uno en salvar su vida. La frontera de Francia estaba a menos de veinte kilómetros de allí, por lo que, minutos después, varios coches con los faros encendidos aparecieron para llevárselo lejos.
El tesoro del Castillo
Dos días después, mientras los aviones de Franco continuaban bombardeando Figueres, un convoy de veinte camiones salía del castillo rumbo a Francia. Ocultos bajo sus toldos, viajaban cientos de cuadros del Museo del Prado que, desde 1937, se habían guardado en las dependencias de la histórica fortaleza. Obras de Velázquez, Goya, El Greco, Tiziano y otros seiscientos genios más. En total, 1.842 cajas. Otras muchas se quedaron allí. Cuenta Virgilio Botella Pastor en ‘Entre memorias: las finanzas del Gobierno Republicano español en el exilio’ (Renacimiento, 2002), que los republicanos no pudieron evacuar a tiempo todo el tesoro «por un error de cálculo del propio Negrín, lo que privó al Gobierno de una importante fuente de financiación en el exilio».
El general Juan Modesto ordenó a Ovidio Botella Pastor, jefe de ingenieros del 5° Cuerpo de Ejército, hacer estallar el material explosivo que estaba almacenado en un ala del castillo, de acuerdo con la táctica republicana de abandonar sus posiciones destruyendo los puntos estratégicos y los depósitos de armas. En su testimonio, este soldado confesó desconocer qué pasó finalmente con aquel tesoro, pues ignoraba en qué parte del castillo se encontraba oculto. Tenía la certeza de que «había quedado íntegro en el castillo sepultado por la voladura», pero no podía probarlo. Según el testimonio de Manuel Chamoso, uno de los agentes franquistas del Servicio de Recuperación del Patrimonio Artístico, la explosión no alcanzó «a destruir más que una pequeña parte de las obras». Al final de la guerra se recuperaron algunas de ellas, como el célebre ‘Cristo de Lepanto’ de la catedral de Barcelona.
Las Cortes republicanas no se volverían a reunir hasta seis años después, el 10 de enero de 1945, en el Club France de la Ciudad de México. Esta sesión estuvo presidida, de nuevo, por Martínez Barrio y a ella asistieron 72 diputados, que leyeron los nombres de 51 compañeros que se adherían al acto, a pesar de no poder estar presentes, y de otros 127 que habían fallecido desde julio de 1936. La lista estuvo encabezada por Manuel Azaña por cuestiones de dignidad, al que siguieron el resto de parlamentarios por orden alfabético, hasta terminar en Julián Zugazagoitia. También recogieron los nombres de los que habían sido asesinados en los dos bandos.
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