Eva, la musa del wonderbra
la dorada tribu
Es un susto de esbeltez, y una deslumbrante alfarería de rubia. Llegó a quitarse luego el wonderbra, esa suerte de sujetador emocionante y milagroso, para alguna sesión de fotos. Pero Eva no se quitaba nunca el sostén aunque sí se lo quitara
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Allá por el 94, Eva Herzigova, una checa imborrable, trajo al mundo el wonderbra o wonderbrá, que aún sigue de moda, cuando la modelo ya es leyenda de aquellos tiempos. Fue, sí, la inolvidable chica anuncio de este sostén. Tenía veintiún años, y se ... hizo famosa de un solo retrato, bajo el lema «Hello boys». Aquella estampa, en blanco y negro, tuvo tanta pegada de póster de calle que aún se divulga la leyenda urbana de que por su culpa padecieron algún accidente los conductores mirones. Pero a ver quién no miraba. Y a ver quién dejaba de mirarla. Está aquel póster prestigiado como el anuncio de mayor impacto de los años noventa. Han pasado 30 años.
Glosamos una época donde no existía la promoción de la lencería, que enseguida se iba a hacer costumbre, pero antes cumplió de lámina de shock de erotómanos finos. De modo que Eva inventó un sujetador, y también un escaparatismo, para ingresar enseguida en la alineación de oro de las maniquís de la década, que fueron como las futbolistas del deporte de las pasarelas, caché incluido.
Hubo varias musas del wonderbra, después de Eva, incluyendo a Adriana Karembeu, consorte de futbolista del Bernabéu, hasta llegar a Adriana Cernanova, eslovaca de veintipocos años y renuevo de todas estas sirenas fascinantes. Se ata entre ellas un parentesco celeste.
Las guapas de oficio de ahora son todas iguales, con el photoshop incorporado
Pero Eva fue la primera. Eva es un susto de esbeltez, y una deslumbrante alfarería de rubia. Llegó a quitarse luego el wonderbra, esa suerte de sujetador emocionante y milagroso, para alguna sesión de fotos. Pero Eva no se quitaba nunca el sostén aunque sí se lo quitara. El wonderbra lo usó enseguida el gentío de ropa exterior, porque es dulce artesanía de la intimidad que se prefiere llevar a menudo a la vista de la afición.
El wonderbra es un invento. Un invento que aún dura. Luego está el seno, naturalmente, y otra cosa son las tetas, palabra tirando a campestre y con mucho bulto de tés, acaso como las tetas propiamente dichas. Las tetas son lujuria de las estrellas porno y de las rubiazas de Fellini, que adoraba a las mujeres gigantas, como Baudelaire.
Las estrellas de los noventa
Eva Herzigoza es una inquilina del seno, en general, y del wonderbra en particular. Tiene el exceso de las medidas de exactitud. Tetas, lo que se dice tetas, ya sólo usan las gogós de aldea y las chatis de los concursos, que no siempre son las mismas, aunque lo parezcan. Las nuevas generaciones presumen a veces de los senos que no tienen, y en esa jactancia va a veces incluido el wonderbra, que es un show de la armonía sin tirantes, o con ellos, según el catálogo que se escoja.
Eva es de la generación de Claudia Schiffer, o Helena Christensen, y está entre las chavalas internacionales de monumento que auparon en los noventa el oficio de modelo a al oficio de top-model, que viene a ser la modelo doblada de famosa, y cobrando el paseíllo de pasarela como el rodaje de una película. Fueron, ellas, algo así como las pin-up de los noventa, pero en versión esbelta, y de portada.
Las guapas de oficio de ahora son todas iguales, con el photoshop incorporado. Las modelos de hoy se llevan una pasta por posar en todas las posturas, pero han convertido la belleza en rutina. Eva fue única, con wonderbra, e incluso sin él. Para ella hubiera escrito Gómez de la Serna aquella greguería inolvidable: «Los senos son las dos lágrimas que llora la belleza por ser tan efímera».
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