Cartas al alcalde
Postal con palacio
Desde la terraza del Café de Oriente se abarca, en efecto, la anchura desperezada de esta Plaza, que lo tiene todo, porque incluye dos palacios imponentes
Movilidad reducida
Cabaré de ofertas

Por catorce euros de menú, vino incluido, se puede comer en el mítico Café de Oriente, zona terraza, con vistas no a un palacio cualquiera, sino con vistas abiertas y directas al Palacio Real, que queda enfrente, pero a una distancia perfecta y fácil ... para una larga contemplación inolvidable. La contemplación, aquí, es una admiración, alcalde.
Esta plaza no es una plaza, sino la Plaza. Si echamos la vista a un costado, desde nuestro velador de Café, vemos la fachada sesgada del Teatro Real, que es la otra de las grandes edificaciones de este sitio desperezado, lujoso, y sosegante, acaso la plaza más hermosa de Madrid. Desde la terraza del Café de Oriente se abarca, en efecto, la anchura desperezada de esta Plaza, que lo tiene todo, porque incluye dos palacios imponentes que se miran, un jardín de apacible espesura, y una rueda de edificios de parada nobleza, que son el broche domiciliario a este enclave de cipreses de ensimismamiento y balcones de forja añeja.
En uno de ellos estuvo, en su día de antaño, allá a mediados del XVII, el estudio del pintor Diego Velázquez, que tuvo por nombre La Casa del Tesoro, cuando el artista tenía entre su clientela a la realeza.
La plaza resulta definitivamente majestuosa, bien trazada, blanca, y de paseo estupefaciente, según la hora. Por encima o por debajo de todo esto, está siempre presente el cielo cambiante, pero fijo de extensiones, del mejor Madrid de postal, porque en esta Plaza el cielo es otro monumento, un tesoro de luces que abre o cierra el espacio como una lenta navegación de siglos, como un quieto malabarismo de azules, como un crepúsculo donde arden las lejanías. Es uno de los grandes espectáculos de Madrid, alcalde.
Estamos ante una plaza de mucho cielo, ante un arrellanado espacio donde las anchuras son una especie de eternidad. Escribo esto porque la Plaza es una gran plaza de época, pero también un plaza de película, e incluso una plaza de ensoñación. En cualquiera de los casos regala al paseante una sólida febrícula de monumentalidad plácida, de infinitud con fuente, de tiempo parado con un barquillero en sesión de tarde. Inolvidable. Más allá de la Navidad.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete