Rueda, Año I (y pico)
El próximo martes 18 se cumple un año desde la victoria del PP en las elecciones autonómicas que consolidaron al presidente de la Xunta y le dejó las manos libres para desarrollar sin complejos su liderazgo interno y externo

En la última campaña de las elecciones gallegas, Alfonso Rueda desprendía una firme confianza en que iba a ganar las elecciones, a pesar de las dudas que generaban no pocas encuestas, entre ellas los barómetros imposibles del CIS, que daban casi como por segura ... una victoria del nacionalismo y la izquierda. Se cumple ahora un año del triunfo del presidente gallego aquel 18-F, con un resultado rotundo en porcentaje y votos. Y en este tiempo ha ido mostrando un perfil más afilado, más propio, respecto a los dos años anteriores, cuando alcanzó la Presidencia de Galicia tras la marcha de Alberto Núñez Feijóo a Madrid para sofocar el incendio interno en el PP.
La victoria en las urnas otorgó a Rueda el plus de legitimidad que necesitaba para sentirse él mismo, y no inquilino sobrevenido del despacho de Feijóo. En su entorno no se habla de «ruptura» con lo anterior, dado que Rueda fue el número dos del hoy líder del PP durante toda su etapa gallega, sino más bien «de una evolución paulatina y natural» hasta desplegar por completo un perfil claramente diferenciado. No solo en las formas, que ya se percibió desde el primer minuto, sino también en el fondo y la estrategia política.
Una de sus primeras decisiones fue eliminar la figura de los vicepresidentes en la estructura de la Xunta. No estaba del todo satisfecho con el rendimiento que habían dado en sus primeros dos años y consideraba que su continuidad podía alimentar tensiones estériles en el ámbito sucesorio. Aunque ello implicara una mayor exposición suya a la hora de fijar posición en la conversación pública, Rueda ha querido un gobierno sin 'primus inter pares', con el que está contento, en líneas generales.
Hay veteranos del gabinete que lidian sin demasiados problemas con asuntos instalados en la agenda diaria. Es el caso de Ángeles Vázquez, la voz que más se está manifestando en el caso de Altri; o de Fabiola García, con la creciente presión por las cargas que sufre el sistema de dependencia. Otros, como Diego Calvo, parecen más desdibujados en esta legislatura, sin el protagonismo que podría esperarse del número dos del escalafón de la Xunta. Por el contrario, se cree que las nuevas incorporaciones como José López Campos están sabiendo gestionar asuntos espinosos, como el debate por las políticas lingüísticas abierto tras el último estudio del IGE, parcialmente contrarrestado con una encuesta sobre percepción del gallego en las aulas y la sociedad encargado al instituto Sondaxe y conocido en los últimos días. Hay también casos, como el de Miguel Corgos, que está adquiriendo una mayor relevancia paulatinamente en asuntos de su área, como la posible condonación de la deuda a Cataluña o la ejecución de fondos europeos.
Sucesión zanjada
La contundencia de la victoria ha sido también un bálsamo para el partido en Galicia. La incógnita del nuevo candidato se despejó: no fue un triunfo rácano ni por un puñado de votos, lo que reafirma la convicción extendida de que -al menos- habrá Rueda para esta legislatura y otra más. Eso diluye el debate sucesorio que empezaba a asomar la cabeza a Feijóo durante su cuarto mandato, en cuyo ecuador abandonó con destino a Génova.
Si sus dos primeros años estuvieron centrados en la consolidación en Galicia, aparcando temporalmente su visibilidad nacional, ahora Rueda sí quiere que su voz se escuche. Ha dado un paso adelante reactivando un frente regional con otros presidentes del PP para que el nuevo modelo de financiación autonómica no orille los intereses de las Comunidades de interior y la periferia. El pasado 15 de enero visitó Zaragoza para sumar a Jorge Azcón a una causa en la que cuenta con otro apoyo firme, el de su 'vecino' castellanoleonés, Alfonso Fernández Mañueco, con el que además le une una amistad personal desde hace años. Esta hoja de ruta ya la recorrió Feijóo en 2021, que buscaba contrapesos a Madrid y Andalucía, los territorios de mayor peso poblacional, también entonces con presidentes del PP. Entonces, como ahora, se busca que el Gobierno de Pedro Sánchez no tenga tentaciones a la hora de satisfacer a los grandes a costa de los pequeños.
Rueda ha tenido también este año una actitud de mano tendida con el Gobierno, a pesar de que el diálogo con Moncloa es todo menos sencillo. Hay voluntad de entendimiento en asuntos pendientes, como la transferencia de las competencias sobre el litoral -que Galicia tuvo que conquistar en el TC por las reticencias del Ejecutivo, que sin embargo sí las concedió a País Vasco- o la autopista AP-9, una infraestructura clave para la Comunidad. El Gobierno, sin embargo, es reticente a materializar acuerdos que puedan suponer una victoria política a Rueda.
En clave interna, el barón gallego es consciente de que su único adversario es el BNG, muy reforzado tras su fuerte ascenso en las autonómicas, aprovechando la debacle del PSdeG. Rueda está desplegando una estrategia para arrebatar determinadas banderas al nacionalismo, sobre todo en el ámbito cultural e identitario. Al PP gallego se le ve dispuesto a tener voz en las 'batallas culturales', sin líneas rojas, pero también sin complejos.
Se ha abierto a evaluar una reforma de los planes lingüísticos en la educación, que llevaban quince años sin registrar cambios, bajo el único condicionante de mantener el equilibrio entre castellano y gallego. O ha concedido que este 2025 recuerde y divulgue la figura de Castelao, el ideólogo del nacionalismo gallego moderno. La intención es que el BNG no se apodere de lo que puede ser de todos los gallegos, y debilitar así su discurso. Esto no implica que el PPdeG vaya a volverse nacionalista -rechazó de plano reconocerlo como el primer presidente de Galicia durante su etapa en el exilio-, pero sí resignifica la figura del político al controlar los mensajes y relatos que sobre él se divulgan.
También se ha erigido como el freno a discursos contra la inversión e implantación industrial en Galicia, elevados desde la izquierda. Rueda sabe que hay oportunidades muy importantes en distintos ámbitos -con el proyecto de fibras textiles de la portuguesa Altri en el aire- que pueden garantizar una recuperación industrial en zonas dedicadas a un sector primario en franco retroceso. El presidente no está dispuesto a que se traslade la imagen de que Galicia es hostil a la llegada de capital inversor, como tampoco de visitantes. De ahí que esté centrando su discurso en las últimas semanas en combatir el discurso turismofóbico o los mensajes del BNG contra Altri.
Sus próximos admiten que «está en un buen momento», también ayudado por las circunstancias políticas gallegas. Para su bonanza, cualquier gobierno precisa de la contribución involuntaria de la oposición. Desde el 18-F, la alternativa política al PP ha entrado en un extraño túnel de autocomplacencia y falta de autocrítica, como si en realidad la derecha no hubiera ganado. El BNG ha prorrogado por un mandato más el liderazgo de Ana Pontón, que ha puesto en marcha un controvertido modelo de 'gobierno alternativo', que no hace sino reproducir los mensajes y políticas ya escuchados en campaña. El nacionalismo sigue anclado en algunos de sus mantras, como el concierto económico, el rechazo a la implantación de las nuevas energías o la inmersión plena de la educación en lengua gallega. Además, malgastó la bala de la comisión de investigación por los supuestos sobrecostes del hospital Álvaro Cunqueiro y los contratos de la pandemia, diluida en apenas tres meses y con conclusiones que podrían haberse escrito antes de iniciar sus sesiones.
No está mejor su socio necesario. El PSdeG se ha embarcado en una travesía por el duro desierto de los nueve diputados, encomendado a un José Ramón Gómez Besteiro avalado por Ferraz y que revalidará el liderazgo regional en el próximo congreso. Tampoco hay alternativas, ni de personas ni de discursos, con el partido con una grave crisis en Santiago de Compostela y asistiendo a pataleos de las Xuventudes Socialistas que exigen un relevo generacional. Es un PSdeG sin pulso, que no parece remontar, alimentando así el «buen momento» de Rueda, consciente de que en política cualquier día el viento cambia. O no.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete