La Graílla
La ola digital
Los padres del colegio López Diéguez se han unido contra los móviles para sus hijos y han encontrado la palabra a la que enfrentarse: presión
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Un teléfono móvil es la manera más rápida de no tener que ocuparse de un niño. Cuando tiene un año, los padres pueden disfrutar del aperitivo en la terraza mientras el bebé mira sin parar los dibujos animados que lo hipnotizan. Mientras los ... adultos disfrutan de la conversación o de la bebida la criatura se sienta en el cochecito y no pestañea mientras sus personajes favoritos hacen un bucle infinito. No verá más colores que los de la pantalla ni más movimiento que el de los píxeles ni pedirá a sus padres que le enseñen el mundo.
Cuando tenga cinco años ya será capaz de manejar él solito la nodriza electrónica, con la destreza de quien utiliza la mano derecha con la que nació. Lo tomará de la mesa, tecleará la clave que su familia le ha revelado para que deje de llamar la atención y durante bastante rato habrán terminado en la casa los ruidos, las carreras y el desorden.
A los diez tendrá ya uno propio que le aliviará la sensación de no saber qué hacer con su vida. Habrá olvidado los libros infantiles y no tendrá la idea de buscar en los de sus padres, si es que tienen, los viajes a mundos que ni es capaz de soñar. No buceará en periódicos ni se admirará de noticias con las que empezará a entender lo que le rodea. El mundo exterior serán vídeos simpáticos y poses de adolescentes en estampas envidiables.
Cuando tenga catorce años sus amigos serán más nombres en un chat que rostros, voces y gestos y seguirá pasando horas encadenando fotografías y reproducciones intrascendentes quizá para no pensar en que sólo le ayudan a no sentirse solo, y si alguno se despierta y se rebela chocará contra las paredes: incluso sus profesores en el instituto habrán cambiado la pizarra por la pantalla, la explicación por la aplicación y el libro de texto por un jueguecito en el móvil.
Un grupo de padres del colegio Hermanos López Diéguez de Córdoba ha empezado a batallar contra los gigantes de mil manos y se ha unido para impedir que sus hijos tengan móvil hasta los 16 años, por los muchos riesgos que para su salud mental, y también para su vista y para su cuerpo, tiene el abuso de los teléfonos, o el simple uso cuando son demasiado pequeños. La palabra adecuada la han dicho ellos, y es presión, que puede llegar de vecinos, de amigos y de familia, pero también, y no pequeña, de los institutos.
Los mismos profesores que felicitan a los padres del chico que es el único de la clase sin móvil después piden a los demás que saquen los suyos para dar la clase a través de la pantalla, que se ve que o el aprendizaje no era posible hasta que llegó lo digital o a un funcionario público no hay atajo que no le guste si le quita esfuerzo. Los padres del colegio del barrio de San Andrés tienen que nadar a contracorriente, pero que no teman a la ola digital: como dijo el otro día el obispo de Córdoba, cuando uno está a favor del agua es cuando le da la espalda, se lo lleva y lo hunde.
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