Perfil de Francisco Javier Almeida López de Castro
El asesino de Lardero: el estrangulador de pajarillos
En su infancia ahogaba aves; al salir de prisión, asfixió a un niño. Antes violó dos veces y asesinó. Es un sádico sexual
«Es la misma sensación si estrangulas un animal o una persona . Ya has sentido la presión en el cuello mientras intentan respirar. Estás estrujándoles la vida a esos animales y no hay mucha diferencia. Lucharán por sus vidas igual que lo hará ... un ser humano. Llega un momento en que matar ya no significa nada. Ya no me interesaban los animales y empecé a buscar víctimas humanas. Lo hice. Maté y maté hasta que me pillaron».
Lo escribió Keith Jesperson, un camionero canadiense bautizado como ‘el asesino de la cara feliz’, que mató a ocho mujeres. Desde niño ensayó con perros, gatos y pájaros. Los torturaba y luego los estrangulaba.
«Yo recuerdo de entrar en mi casa y él tenía un pájaro en la mano y decirte que se le había muerto, y en realidad era que lo había estrangulado». Rosa, hermana de Francisco Javier Almeida , el asesino del pequeño Álex en Lardero, trazó con una sola frase un perfil que los expertos en mentes averiadas llevan décadas estudiando. Almeida disfrutaba desde niño apretando el cuello de un animal pero no reconocía haberlo hecho. Si no hay acto, no hay culpa.

La noche del 28 de octubre cuando el marido de Yamiliana, su vecino del segundo piso , lo sorpendió llamando al ascensor con el cuerpo desmadejado de Álex en sus brazos le pidió explicaciones: «Me lo ha traído una amiga para que lo cuidara y se me ha desmayado», respondió sin alterarse. La criatura ya estaba moribunda y los agentes que intentaron agarrar el hilo de vida que le quedaba observaron las marcas en el cuello del niño. Lo apretó como a los pájaros cuando era un crío. Álex, según él, se le había muerto como se le había muerto el animalillo que agarraba con sus manos hace casi medio siglo. «Es una metáfora, horrible, pero metáfora», explica el psiquiatra José Miguel Gaona.
La primera vez no usó sus manos. A la niña de 13 años, vecina de su inmueble en la calle San Millán de Logroño a la que subió a su piso cuando él tenía 22, la ató a una silla y le rodeó el cuello con una cuerda. Le dio varias vueltas y apretó tanto que la pequeña perdió el conocimiento. La había engañado diciéndole que tenía que volver a casa porque su madre estaba enferma. Antes de amarrarla le preguntó si le gustaba que le chupase el coño. Cuando la víctima volvió en sí, él tenía el pantalón y la cremallera bajados, y ella el cuello lacerado y una hemorragia en el ojo. Almeida recibió su primera condena hace 31 años. Siete años por agresión sexual y 500.000 pesetas, que nunca pagó. Insolvente. Ni culpa ni oficio ni beneficio. A la niña la dejó ir, viva pero marcada a hierro. Hoy tiene 45 años y se ha refugiado en el silencio tras el último ataque del sádico que ensayó con ella.
«Estrangular a un animal indefenso ya le producía placer de niño. Es un predictor. Tiene ese primario desarrollo sexual y en su caso ese desarrollo ha ido a la par de esa parafilia que es el sadismo. Implica infligir dolor y humillación para conseguir su gratificación sexual y llegar al orgasmo sin el contacto físico completo con la víctima. Ha ido perfeccionando su parafilia», analiza la jurista y criminóloga Paz Velasco.

Almeida rehúye ese contacto desde crío. Alumno del colegio público ‘Madre de Dios’, unos barracones provisionales levantados en un barrio obrero de aluvión de Logroño, lo recuerdan pegado a su hermano. Era tan gris que quienes les conocían no se ponen de acuerdo en si Francisco Javier (54 años) y su hermano Pedro son mellizos o él se mimetizaba con el otro, ajeno a esa carrera delincuencial.
Sin amigos, sin relaciones, «un torpe y un bicho raro» , cuentan. Son cuatro hermanos: ellos dos, Jesús y Rosa, la que lo descubrió de niños con el pájaro roto, y que lo define ahora como «ese monstruo», en la entrevista que hizo ‘Horizonte’ (Cuatro) . Jesús, de 47 años, salió en enero de prisión. Estaba provisional por atraco y quebrantamiento de condena. El padre de los Almeida, que fue policía local en la ciudad, se suicidó, según el diario ‘La Rioja’. Su madre murió hace una década.
La única huella que parece haber dejado Almeida en Logroño es la del dolor. No se recuerdan los rostros grises ni los que avergüenzan a su familia. Cuentan que asistió a ‘Los Boscos’, el colegio salesiano del barrio y que empezó una FP de electrónica; que estudió solfeo pese a la sordera en un oído y que trabajó como vigilante de seguridad, sin certeza de que fuera así porque casa más con el perfil de su hermano Pedro. A los 31 años, de nuevo en libertad, volvió el sádico , el estrangulador de pájaros.
En 1998 asesinó a una mujer
Era el verano de 1998. Almeida, con la pena ya cumplida, se fijó en Carmen López. Ella tenía 26 años, estaba a punto de casarse, y trabajaba en una inmobiliaria. El individuo visitó varios pisos en venta con desgana. El 17 de agosto Carmen quedó con él a las 19.30 por segunda vez ese día. Él esperó en el portal durante media hora bajo un aguacero de verano que lo caló. La mujer no llegaba. Almeida se refugió en el bar Katy, donde se encontró con dos amigos, y desde allí la llamó. A las 20.30 Carmen cruzó la puerta de la muerte. Nada más entrar a una habitación, la empujó sobre la cama boca abajo y la inmovilizó. Con una navaja le pinchó y le cortó 17 veces en las cervicales, en la cara y en el cuello. Una le seccionó la tráquea. Antes de clavarle el arma «directamente sobre el corazón», con Carmen aún viva, le arrancó las bragas, se sacó el pene y manipuló los órganos genitales de la víctima. Solo así consiguió el sádico su placer. «Le excita el ‘piquerismo’, los pinchazos, le corta la tráquea y eso le excita más. Estuvo esperando bajo la lluvia, algo que lo frustró pero supuso otra excitación suplementaria», detalla el psiquiatra José Miguel Gaona.
«Se le suministró viagra por prescripción médica para que superara sus complejos y siguió el curso de reeducación sexual durante más de dos años»
Carmen, natural de Aguilar de Codés (Navarra), vivía con su madre viuda y uno de sus seis hermanos en Logroño. La violencia de su asesino fue «particularmente degradante y ofensiva para la víctima» , recoge la sentencia que le impuso 20 años por asesinato con alevosía y diez por agresión sexual. No hubo penetración vaginal ni anal, pero sí un reguero de muerte al que ha tenido que sobrevivir la familia. Se declaró insolvente tras la condena a 40 millones de pesetas de indemnización.
Las miradas y la ira tras el crimen de Álex se dirigen a esa sala de juicios dos décadas después y algunas palabras pronunciadas resuenan como una profecía devastadora. Antonio Amancio, el tercer abogado que lo defendió, las recuerda: «Él no quería que le pusiesen en libertad, porque veía el problema que tenía y tenía miedo de volver a caer». El letrado habla de desviaciones en la conducta sexual «como fetichismo o necrofilia». Los forenses lo tuvieron claro: «Sabe lo que hace y cuando lo hace es porque quiere».
El magistrado que lo sentenció, Alfonso Santiesteban, tiene en la retina a un tipo frío, impasible, que asistía a las sesiones ensimismado sin apenas abrir la boca. «Tengo un instinto que no puedo dominar -llegó a admitir en Sala-. Nunca he tenido una relación normal con una mujer». Achacó su impotencia a una operación de testículo , según informó ‘La Rioja’.

Almeida ha pasado 26 años en la cárcel, con la misma traza gris y solitaria de la calle. Trabajó de ordenanza en la prisión de Santoña sin causar ningún problema a los funcionarios: hosco pero cumplidor. El capellán era uno de sus apoyos, también en los 39 permisos de los que disfrutó. Se le suministró viagra por prescripción médica para que superara sus complejos y siguió el curso de reeducación sexual durante más de dos años.
Su hermana Rosa le ayudó a buscar piso y trabajo -se lo pidieron desde la prisión- cuando quedó en libertad hace 18 meses. Ahora, destrozada, se siente estafada por él y por el sistema que lo dejó libre. El pajarillo estrangulado en las manos de él se le ha clavado en el recuerdo. «Los asesinos a menudo son niños que nunca aprendieron que está mal sacarle los ojos a un cachorro», dice el exagente del FBI Robert Ressler.
Almeida no tenía cachorro, pero sí un periquito o un pájaro cantor enjaulado sobre la mesa del comedor. «Ven que te enseño mis pajaritos», le dijo a una niña semanas antes. «Sube a jugar con mi hija», animó a otra. «Te voy a enseñar mi cachorro», celó a Álex. Los reclamos del cazador. «Le recuerda a lo que hacía con los pajaritos de crío porque Álex ha muerto asfixiado», apunta Paz Velasco. El pájaro no dejó de trinar cuando la Guardia Civil entró en su piso. Él lo miró de soslayo. No abrió la boca. Tampoco cuando le colocaron las esposas y le arrebataron el cuerpo del niño. Ni en los calabozos. Ni en el traslado a la cárcel de Segovia. Tan ajeno como si el pájaro y el niño se le hubieran desmayado.
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