LIGA DE CAMPEONES | VUELTA DE OCTAVOS DE FINAL
Apoteosis del Barça en el Camp Nou
El conjunto azulgrana remonta ante el Milán (4-0) con un Messi descomunal y un estadio encendido para una noche mágica
Ahí está la remontada del Barcelona, el colofón para recordar a este equipo tremendo que se cuela a lo grande en los cuartos de final de la Liga de Campeones. Quedará para siempre el 12 de marzo con la resurrección del conjunto azulgrana después de darle casi por muerto en San Siro, penalizado por un 2-0 que le dejaba al borde del abismo. Le faltaba una gesta a esta generación y este martes lo bordó ante un Milán (4-0), incapaz de levantarse, espectador de otra maravilla que ya forma parte de las noches memorables del club catalán. En un acto de fe sin precedentes, poco dado el entorno a subirse al tren de las emociones, el Barcelona se abrazó a partir del despertar de Messi y de la brillantez de Iniesta. [Narración y estadísticas]
La velada reclamaba al Barça de las grandes ocasiones, al Barça de siempre, superlativo con la pelota y fiero en la presión, un Barça que vive por y para Messi. La remontada pasaba por él y por la fidelidad de un grupo que reclama su crédito porque estos años le ha ido tan bien que nadie entendía el preocupante apagón de las últimas semanas, justificadas las dudas porque el equipo se había atascado. Pero Europa saludó a la mejor versión azulgrana y reconoció todas sus virtudes desde que se supo la alineación hasta que empezó la pelea, preciosa y vibrante hasta el final, un frenesí descontrolado con el corazón del Camp Nou encogido durante los 90 minutos. [Fotogalería: las mejores imágenes del Barcelona-Milán]
Se impuso el once de antes, el que ganó la final de Wembley hace dos años con la única novedad de Alba por Abidal en el flanco izquierdo. Mascherano suplió con holgura a Puyol y arriba recuperó el protagonismo David Villa, por fin titular en una cita de las gordas. Su presencia en el centro la celebró Messi porque se sintió liberado y abandonó esa cara mustia que le acompañaba en estos días de murmullos, preso de la melancolía y fiel reflejo del estado de ese vestuario. En cinco minutos, el argentino ya estaba celebrando como un loco el gol que activaba definitivamente a la parroquia, que dejó de ser un cementerio para convertirse en un jugador más. El preludio de lo que llegó luego.
Al Barça le salió una primera parte soberbia, cumplido al pie de la letra el guión que Tito Vilanova relató en su cuaderno desde Nueva York. Para que el Barça fuera el Barça, no valían inventos ni planes B y se apostó por la idea universal de elevar la posesión hasta el infinito a partir de un esquema del todo reconocible. Es verdad que Alves se convertía en extremo cuando atacaban los locales, pero nada se alejaba en exceso del dibujo habitual, bello cuando dirige Xavi, inventa Iniesta y resuelve Messi. En menos de 40 minutos, el Barcelona había hecho todo cuanto se le pedía y le salió el plan a pedir de boca, pues un minuto antes del segundo tanto de Messi, justo un minuto antes, Niang lanzó al palo de Valdés.
Fue el susto de la noche, un grito de miedo que ahuyentó Messi con su exhibición permanente. Su primer gol fue una locura, un disparo descomunal desde la central después de que Xavi conectara con él. Se asoció en el segundo con Iniesta y el «10» ejecutó a Abbiati desde la central. Todo era una fiesta en el estadio, el Barcelona regresaba al paraíso.
Faltaba rematar, faltaba un empujón para alcanzar el desafío. Con un acto por delante, se trataba de imponer algo de cordura en un partido pasional, muy difícil gestionar la sobreexcitación colectiva. Mejoró el Milán por obligación, pero el Barcelona seguía desmelenado y la constancia derivó en el acierto de Villa, habilitado por una precisa asistencia de Xavi. En su grito, colérico como nunca, el asturiano expulsaba la frustración de todo este tiempo. Por fin una alegría, Villa es el gol.
Por inercia, y como suele pasar en estos casos, el panorama cambió hasta el desenlace. Es la Champions, es el fútbol y es el Milán, capaz de intimidar por el nombre y asustar a las 94.000 gargantas cada vez que se acercaba a Valdés. Allegri metió a todo delantero que vio en el banquillo, pero no le dio, insuficiente la reacción. El Barcelona, aliviado con el cuarto de Alba, ya había escrito su destino y pasaba por seguir con paso firme en Europa, por demostrar a todos los escépticos que es un equipo inimitable. Está vivo, más que nunca. Ya tiene la noche mágica a la que se refería Xavi, una remontada apoteósica para Tito Vilanova.