VALENCIA
Y Enrique Ponce, el sueño del abuelo, se hizo leyenda: despedida de los ruedos españoles de un torero histórico
En tarde de infernal viento, el maestro de Chiva regala un sobrero y dicta su última lección en España para ser llevado a hombros hasta el hotel
«Han sido sensaciones únicas, sobre todo por sacarme mis compañeros a hombros»

Nada ha amado más Enrique Ponce que al toro. Y ante un sobrero de regalo, pasadas las nueve de la noche, dictó su última lección en España. En su tierra de Valencia se despedía un torero de época, el maestro de 34 años ... de alternativa, medio siglo de edad y eterna juventud. En la arena de sus raíces, donde se forjó el sueño del abuelo, el sueño de Leandro –«me enseñó el mayor aprendizaje de la vida: 'Nunca te olvides de ser buena persona'»–, puso un broche de diamantes a una trayectoria histórica, de faenas imperecederas y números inalcanzables: mientras se humedecían los ojos de aquellos que peinaban canas y los jóvenes se miraban en su espejo, el de Chiva vencía a sus propios hitos con su cuadragésima puerta grande.
Tres horas y media habían transcurrido desde el paseíllo. La Virgen de los Desamparados, cuya basílica había visitado por la mañana, iluminaba su capote de paseo en un paseíllo de emociones desbordadas, de 52 pasos exactos –según contaba José Luis Benlloch en 'Las Provincias'–, enfundado en un terno de primera comunión, de blanco y plata como el de su debut novilleril. Levitaban sus manoletinas, que calzan el 42, en el ruedo donde tantas tardes de grandeza impartió. Con ellas recorrió los pasillos desde la habitación 217 del hotel Vincci, donde había almorzado una tortilla francesa, que el cuerpo no pedía más, tan lleno de sentimientos, con tanto por desnudar. Y desde Martínez Cubells emprendió su destino al coso con el que se ha citado más de cien veces. De frente lo miraba un cartel de Hemingway en la librería Soriano: la calle de Játiva era una fiesta. Dentro, la banda de Chiva interpretó los himnos de España y Valencia, con la voz de Francisco y con los tendidos a coro.
Cuando faltaban tres minutos para las siete, tocó la hora de Ponce y el mundo floreció con la faena de un artista inmarchitable. Preclara su mente para medir la distancias y alturas del grandón garcigrande. Y no solo para entender al toro, sino también al vendaval, menos obediente que el tal Luso, que así se llamaba su penúltimo animal –perdón, antepenúltimo–, brindado a la afición, que lo arropó en todo momento y se enronqueció con los muletazos a cámara lenta, especialmente por el zurdo y en un cambio de mano bíblico. Cayó baja la espada, pero no frenó una oreja pedida por mayoría. Valencia era más poncista que nunca.
Una ovación de gala le tributaron antes de la salida del cuarto, que le puso en apuros con el capote. Sangró en varas el juampedro, en el que Ponce pidió calma, pendiente siempre de la lidia. Un solo de trompeta del Soro amenizó la velada –la noche ya estaba en todo lo alto– antes del brindis al padre, Emilio, con un animal deslucidísimo, sin ninguna noticia de la bravura. Mal nombre el de Bisutero para un torero de lujo. Cómo sería que ni un sabio que ve toro por todos lados atisbó opción alguna.
Tampoco valió un euro el quinto. Y pocos confiaban antes en el tercero, que se vencía por el zurdo, pero sacó buen fondo en la muleta. Talavante, que se lo dejó crudito, creyó en Visigodo: respondió por abajo a la entonada y sentida labor del extremeño. Ralentizados los hubo, aunque más sorprendería al gentío la arrucina. Provocó derrame el acero y el palco no atendió a la doble petición: en un trofeo se quedó. Más agallas que cabeza mostró Nek Romero en una alternativa sin espada, sin fortuna y en medio de la infernal borrasca Kirk.
Día de la Comunidad Valenciana
- Plaza de toros de Valencia. Miércoles, 9 de octubre de 2024. Lleno de 'No hay billetes'. Toros de Garcigrande (1º, 2º y 3º) y Juan Pedro Domecq (4º, 5º, 6º y 7º de regalo), deslucidos pero sin maldad; mejores –dentro de un orden– los de la primera mitad que los desbravados de la segunda, salvo el de obsequio.
- Enrique Ponce, de blanco y plata con remates negros: estocada corta baja (oreja tras aviso); pinchazo y estocada trasera caída (saludos); estocada y descabello (dos orejas tras dos avisos).
- Alejandro Talavante, de berenjena y oro: estocada desprendida (oreja con fuerte petición de otra); dos pinchazos y estocada baja (silencio).
- Nek Romero, de nazareno y oro: pinchazo, estocada trasera y dos descabellos (saludos tras dos avisos); pinchazo, media tendida sin muleta y pinchazo hondo tendido (vuelta por su cuenta).
Cotizaba al alza que Ponce (junto a a la empresa) regalaría un sobrero en séptimo lugar. Y así lo hizo bajo el negro cielo y el huracán. No agradó que la tablilla anunciara un juampedro tras el desastre anterior. Pero este Triquiñuelo –con el que se desmonteraron Víctor del Pozo y Fernando Sánchez, crecido en sus tres pares– tuvo más vida: el magisterio de Enrique tapó defectos y potenció virtudes. De categoría anduvo una figura histórica, perfecta en la técnica, derramando temple y paladeando las poncinas. Una locura de honda cadencia, con los tendidos en pie tras el volapié. «¡Torero, torero!», gritaban. A hombros hasta el hotel mecieron el sueño del abuelo Leandro –que era el de muchos abuelos: «Como este no hay otro», me decía Mateo, el mío–, un sueño convertido ya en leyenda. Gracias, maestro.
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