Las maracas de Machín
FAUNA ESTIVAL
La circunstancia que da origen a una expresión común se pierde fácilmente en el trasiego de los días. Es como si las personas se preguntaran a cada instante en qué año y con qué materiales fueron acuñadas las monedas que usan
Los días festivos

Hace unas semanas fui a la inauguración de una terraza en Torremolinos. Había muy buen ambiente. Un trío interpretaba gitanerías que la gente coreaba y acompañaba dando palmas. Encontré puesto en una mesa con tres mujeres. Al rato, una de ellas gritó: «¡No hay huevos ... !», y se pararon a bailar. Me sorprendió aquella extraña orden. Luego me pregunté si era una crítica hacia mí, único hombre en la mesa. ¿Debía haberlas sacado a bailar? ¿Era mi falta de huevos la señal para que las chicas decidieran tomar por su cuenta la pista? Cuando regresaron, le pregunté a la mujer que profirió el grito. Me dijo que así siempre se decía en esas ocasiones. Le pregunté por el origen de la expresión y me contestó, sin darle ninguna importancia, que no lo sabía.
Días después, hablaba con unos amigos sobre esa gente extraña que a veces frecuenta las presentaciones de libros y los clubes de lectura. Una amiga se refirió a una señora en particular, muy dada a confesiones de su vida privada, que poco o nada tenía que ver con la obra de turno. «Está loca, entonces», dije yo. A lo que mi amiga respondió: «Vamos, como las maracas de Machín».
Luego, buscando en Google encontré la referencia al músico cubano, Antonio Machín, que se asentó en Sevilla y fue famoso en el mundo entero en la edad dorada del bolero, la rumba y el danzón. Sus recordadas interpretaciones han dado lugar a expresiones como «estar más sonado que» o «moverse más que» las maracas de Machín. Lingüísticamente, este tipo de expresiones son los enclaves más puros de la identidad de un país.
Cuando estudiaba en Francia, estaba adscrito a un laboratorio de lingüística e informática y allí asistía a diversos seminarios. Uno de los objetos de estudio más interesantes era el de los 'software' de traducción. El escollo más difícil para estos programas era el de traducir de una lengua a otra los refranes y fórmulas del habla popular. Estos son, en esencia, intraducibles porque suelen ser arbitrarios incluso para los hablantes nativos, quienes los usan a la perfección guiados por una afinidad instintiva y sonora, más que por un conocimiento etimológico y gramatical.
Expresiones comunes
Muchas de esas fórmulas provienen de malinterpretaciones, usos libres o meramente fonéticos de palabras y giros foráneos, como el 'aliquindoi' que se usa en la Costa del Sol
La circunstancia que da origen a una expresión común se pierde fácilmente en el trasiego de los días. Es como si las personas se preguntaran a cada instante en qué año y con qué materiales fueron acuñadas las monedas que usan. También incide el hecho de que muchas de esas fórmulas provienen de malinterpretaciones, usos libres o meramente fonéticos de palabras y giros foráneos, como el 'aliquindoi' que se usa en la Costa del Sol.
Por supuesto, detenerse en estas frases, como quien recoge piedritas en la playa, refrenda la distancia mínima pero insalvable con la cultura de la que provienen. Me cuesta imaginar que un día yo vaya a usar estas expresiones con la naturalidad de quien creció con ellas. Yo solo puedo usar las que asimilé durante los primeros treinta y cuatro años de mi vida en Venezuela. A lo más que puedo aspirar es a meter de contrabando uno que otro modismo venezolano, apenas una semilla que resuene en las maracas del idioma, tal y como hizo ese sevillano nacido en Cuba que se llamó Antonio Machín.
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