Rebecca Solnit: «Hay feministas que piensan que la rabia es un superpoder, pero es muy destructiva»
La escritora, una de las pensadoras más influyentes de la cultura actual, repasa su vida en «Recuerdos de mi inexistencia»

Rebecca Solnit (Bridgeport, Connecticut, 1961) siempre quiso ser escritora, no musa. Y, desde que fue consciente de la carga de profundidad de aquella decisión, tomada mientras vivía en un minúsculo piso de San Francisco a cuyo alquiler pudo optar gracias a su madre, luchó, ... al principio en silencio y, después, públicamente, contra todos esos hombres encaramados al púlpito de la creación con las mujeres condenadas a ser su público. Para ello, se entregó a la escritura de no ficción, la única, a su entender, que permite sacarle los colores a una sociedad llena de convencionalismos y supuestos. Y lo hizo desde los márgenes, geográficos y emocionales. Sólo así pudo averiguar quién era realmente, y qué quería.
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Un proceso largo y costoso, con cotas de sufrimiento y momentos de felicidad, a lo largo del cual se ha convertido en una de las pensadoras más reputadas de la cultura occidental. A ella le debemos el ya famoso término «manspreading», sacado de su extraordinario libro «Los hombres me explican cosas» (Capitán Swing, 2016), que escribió en estado de febril creatividad tomando como punto de partida aquella ocasión, años ha, en la que un tipo se afanó en explicarle un libro «realmente importante» sobre el fotógrafo Eadweard Muybridge sin darse cuenta, claro, porque ni lo contemplaba como posibilidad, de que la autora era Solnit. Tras miles de páginas escritas sobre otros, y para otros, en «Recuerdos de mi inexistencia» (Lumen) se convierte, por fin, en protagonista de su propia historia, que cuenta sin traicionarse, en honor a su verdad.

—Comencemos por el título y, en concreto, con la palabra que decide usar en él: ¿por qué «inexistencia»? ¿Tiene algo que ver con la privación de voz que, según sostiene en el libro, sufren muchas mujeres?
—Durante mucho tiempo, tuve miedo de que me asesinaran, como otras muchas mujeres. Para evitar esa aniquilación, una se expulsa de la vida: trata de no hablar con gente, no salir por la noche, no viajar, no ser guapa ni atractiva… Crecí con esa forma de inexistencia. Además, tampoco era audible, había una especie de ausencia de voz cuando intentaba hablar de mi experiencia. Los hombres determinaban lo que me ocurría, en lugar de ser yo misma, no confiaba en mí como narradora fiable, siempre leía libros centrados en hombres… Así que en el libro buscaba escribir de las distintas formas de inexistencia que en mi juventud vi y experimenté.
—¿Y con estas memorias buscaba, de algún modo, ser, por fin, escuchada?
—Creo que este es mi libro número veinticuatro, o sea que definitivamente he logrado tener una voz, ya existo. Hasta que decidí escribir este libro, había escrito, sobre todo, como periodista, de forma objetiva, sobre estadísticas, datos. Pero nunca se me había ocurrido captar la experiencia psicológica de vivir en un mundo donde los hombres pueden destruir, dañar, atacar y humillar a las mujeres, y donde esto puede ocurrir de distintas formas, pero nadie parece tomárselo en serio, parece que no forma parte de la conversación, que no se reconoce. Quería explorar los efectos psicológicos de vivir en ese entorno de acoso, amenaza, miedo, y en el que a las mujeres les suceden cosas terribles, aunque no te ocurran a ti. Me parecía que era un tema del que no se había hablado. Pero esa tragedia, el trauma, la pérdida, no puede superarse de manera individual, requiere un cambio colectivo. Supongo que fue así como me convertí en feminista, que es un proyecto que debe emprender toda mujer para tener una voz.
—El caso es que yo he leído el libro como una invitación a sumarme a una conversación. ¿Ese fue su propósito?
—Sí, creía que tenía algo que aportar a la siguiente fase de la conversación, porque escribí este libro después de muchos años de feminismo. Pensaba que podía aportar dos cosas: hablar de mi propia experiencia, de cómo esa violencia contra las mujeres corrompió mi vida interna, con ese temor en el que he vivido toda mi vida, que me atormentaba, y, luego, me pareció que había una continuidad de todo esto. Gran parte de la violencia es contra la voz de la mujer. Porque tener una voz no es hacer ruido con la boca, es participar en la sociedad, es la autodeterminación. Vivimos en una sociedad en la que las mujeres están silenciadas, no se las cree, no se las escucha, no se las tiene en cuenta. Es algo que también se puede aplicar a mi lucha por convertirme en escritora: quería que el mundo me escuchara. Porque la gente que me rodeaba no me creía, no le interesaba escucharme, y eso me pasó tanto en mi vida personal como en el ámbito profesional y editorial.
—Habla sobre cómo se silencian las voces de las mujeres, y que eso es clave para el problema de la violencia y la discriminación. Como escritora, ¿le ha resultado más difícil construir su propia voz que a sus colegas hombres?
—Bueno, es una pregunta interesante y complicada, y tengo varias respuestas o trozos de respuestas. Yo luché mucho, profesionalmente, hasta convencerme de que era competente para ser testigo y poder decir algo. Es una duda que tienen muchas mujeres, y también los homosexuales, los discapacitados, las personas de color... Hay una idea muy masculina de lo que debe ser una voz, de una forma muy directa, racional, objetiva, que elimina parte de nuestra experiencia, de quiénes somos. Las feministas francesas y los poetas me animaron a hablar de una forma más subjetiva. A eso se añade que todo lo que uno lee son cosas escritas por hombres o por mujeres que hablan como si fueran hombres, son un tipo de ficicones determinadas, de discruso determinado y, si no lo usas, corres un riesgo.
—¿Cómo podemos, como sociedad, luchar contra esa cultura sexista que denuncia en el libro, escapar de ella, construir otra?
—¿Qué es un héroe? ¿Cuál es la idea que se tiene de la heroicidad? Homero, Virgilio… todos son protagonistas masculinos cuyas ideas de heroísmo tienen que ver con el poder, con el éxito. Mire a todos esos hombres que piensan que van a poder determinar el futuro de Estados Unidos restituyendo a Trump en el poder, esos hombres que atacaron y entraron en el Congreso con su violencia. ¿Qué se creían, superhéroes, supersoldados? Todas esas figuras violentas son protagonistas, héroes. Es como si se creyera que no se puede llegar a conseguir lo que se quiere sin la violencia.
—¿Cree que vivimos en una especie de autocracia de voces, que hay personas que tienen demasiada voz?
—Sin duda. Y es algo que llegué a comprender mejor en el jucio a Harvey Weinstein. Si viviéramos en un mundo en el que las mujeres y los hombres tuvieran la misma voz y el mismo poder, en una democracia de voces, Weinstein no habría agredido sexualmente a nadie, porque sabría que eso tendría consecuencias, que se creería a las mujeres, el sistema juridico les defendería y castigaría al agresor. O lo habría hecho una vez y las consecuencias habrían sido tan graves que no habría tenido carrera en el cine. A mí me acosó un asistente de Weinstein. No me gusta la prisión, no me gusta el sistema jurídico, no me gusta la Policía, esa no es mi utopía. Mi utopía es un mundo en el que el deseo de humillar, violar, agredir o asesinar a otro ser humano no exista, que esa idea sea repugnante y repulsiva. No hay que potenciar ese tipo de masculinidad. Mi objetivo no es que se castigue a la gente, sino transformar la cultura. Y no creo que eso se pueda hacer por medios jurídicos, sino a través de la educación, modelando la masculinidad, cambiando la forma en que se relatan las historias, en las películas... Algunos de esos cambios están en marcha, pero necesitamos más, todavía tienen que ocurrir muchas más cosas.
—Sostiene que en la sociedad se trata la violencia contra las mujeres como si fueran crímenes pasionales, pero casi siempre son muy calculados.
—Claro que sí. No sé en España, pero en Estados Unidos se cree que los violadores tienen un deseo sexual tan grande que no se pueden controlar. Una violación es algo calculado y, a menudo, el que comete ese crimen intenta zafarse. Weinstein gastó mucho dnero en abogados para espiar a esas mujeres, destruir su reputación, intimidarlas… Todos en la industria del cine conspiraron para que esas mujeres estuvieran silenciada o se las marginara. Y es algo que ocurre muy a menudo, porque el sistema jurídico también las silencia, a menudo la Policía decide creer al hombre en lugar de a la mujer que denuncia. Es algo sistémico. En la mayoría de casos otros elementos de la sociedad apoyan al hombre que ha agredido sexualmente a la mujer. Hemos avanzado enormemente en las últimas décadas, hay muchas mujeres que son juezas, productoras, que tienen programas de televisión…
—Que son presidentas de Estados Unidos...
—Sí, ahí está Kamala Harris. No hemos cambiado las cosas del todo, pero hemos roto algunos de esos viejos prejuicios y hemos cambiado la forma en que se cuentan esos relatos. Es maravilloso tener a la primera vicepresidenta mujer, que, además, es muy probable, que llegue a ser la primera presidenta.
—Veremos...
—Los supremacistas blancos estaban tan enfadados con esta elección no sólo por Biden, sino por ella: negra, mujer, viene de una familia no cristina, su marido es judío, viene del sudeste asiático… ¡Todo junto! Ni siquiera en la izquierda reconocen la importacia que esto tiene. Biden tiene 78 años y no es inconcebible que tenga que retirarse, porque son cuatro años y el trabajo es gigantesco. En ese caso, Kamala Harris sería nuestra presidenta inmediatamente, y sería algo realmente maravilloso y emocionante, y muy amenazante para ellos… La importancia que esto tiene se ha subestimado.
—En el libro habla sobre todas las personas que le ayudaron a darse cuenta de que el lenguaje puede ser tanto una jaula como una armadura. Todo depende de cómo se use...
—El feminismo, en parte, es una campaña para que se escuchen las historias y los relatos de las mujeres, y, también, sobre cómo eso se puede lograr creando otras palabras, narrando de otra forma. Se considera que los hombres son más competentes para hablar, y que tienen derecho a tratar a las mujeres como incompetentes independientemente de lo que sean o no. Necesitamos nuevas palabras, pero incluso las palabras que tenemos serían suficientes si hubiera espacio para los relatos que reconocen la generalización de la violencia doméstica. Hay que escuchar a las mujeres en lugar de mofarse de ellas. Aparte de cambiar el mundo, hay que cambiar los relatos.
—Escribe sobre cómo convertirse en adulto implica, también, conocer a nuestros vecinos, se conscientes de nuestra geografía compartida. Pero tengo la triste sensación de que ese sentido de comunidad se ha empequeñecido con la pandemia, pese a que, más que nunca, hemos sido conscientes de que somos una humanidad.
—No estoy segura. Hay muchas experiencia pandémicas. Se han creado amistades y relaciones muy bonitas entre comunidades. Es un desastre lo que ocurre, pero es una experiencia común, que compartimos, y eso también nos conecta a los unos con los otros. Esto del virus nos ocurre todos los días, todos los días inhalamos los virus de los demás, pero nunca habíamos pensado en ello. En cuanto al proceso de convertirse en adulto... Se trata, en realidad, de que cada uno sea creativo al elegir sus valores, su profesión, sus amigos, sus prioridades, el tipo de comida que compra, los libros que lee... Estamos siempre construyéndonos a nosotros mismos, siempre tenemos que empezar de nuevo. En inglés decimos: todo pecador tiene un futuro, todo pecado tiene un pasado.
—También reflexiona sobre la importancia de respetar el lugar al que uno llama hogar. ¿Es el actual Estados Unidos un lugar al que usted llamaría hogar, lo considera su hogar después de todo lo sucedido en los últimos años?
—Yo creo que es importante que seamos conscientes de los privilegios. Veo a muchos estadounidenses que, en cuanto no les gusta lo que ocurre en el país, dicen: «Me voy a Canadá». Pero yo creo que, salvo que tengas una amenaza directa, hay que quedarse en el país. Estados Unidos es mi país, y es un privilegio ser estadounidense, porque hay muchas cosas maravillosas, tenemos un nivel de vida muy alto, paisajes maravillosos, bosques, cañones, montañas, ríos, playas… Aunque también tenemos una historia de genocidio contra los nativos americanos, de esclavitud, y eso significa que tenemos una responsabilidad ante todo eso. Este es mi hogar, aunque haya gente hostil, destructiva, malvada, incluso amenazas directas en el trabajo. Me siento segura aquí, en mi apartamento, rodeada de mis libros y mis teteras, y también me siento en San Francisco. Tengo la suerte enorme de vivir en California, que es el lugar más progresista de Estados Unidos. Soy ciudadana estadounidense y este es mi hogar. Uno necesita un hogar al que volver y donde sentirse seguro. Todo el mundo debería buscar esos lugares que te hacen sentir en paz, esos lugares propios de uno.
—Le cito: «A menudo se asume que la ira impulsa ese trabajo, pero la mayor parte del activismo está impulsado por el amor, una vida entre activistas me ha convencido». ¿Cómo podemos hacer desaparecer ese enfado, esa rabia que parece cubrirlo todo ahora?
—Hay feministas que piensan que la rabia es un superpoder femenino que debe celebrarse; también la veo muchísimo en los hombres, y se fomenta más. Pero yo creo que esa rabia es muy destructiva para las personas que son objeto de ella y para las personas que la sienten. Una persona enfadada, rabiosa, y lo sé por experiencia, se envenena. Se siente uno muy mal si sólo se centra en lo que le enfada, y ni ve ni escucha, se enrabieta, se enfurece. El activismo está motivado por amor.
—Si, como asegura, el mejor indicador del tiempo es el cambio, ¿qué tiempo estamos ahora viviendo?
—Estamos en una era de un cambio tan profundo que todo lo que he escrito buscaba analizar un poco ese arco de cambio. Si nos fijamos en el siglo pasado, también podemos decir que fue increíble. Este verano cumpliré 60 años, tengo la misma edad que el Muro de Berlín, y he superado la vida mejor. Hay gente que ha vivido en el comunismo, en la Unión Soviética, en la Guerra Fría, en lugares donde no había feminismo, donde ser lesbiana o gay se consideraba algo delicitivo o un trastorno mental, en lugares donde había muchos tipos de racismo y ni siquiera había palabras para hablar del medio ambiente. O sea que se han producido cambios muy prometedores y muy importantes. A veces se produce un choque de autoritarismo de derechas, de supremacismo blanco, que hace que el reloj vaya un poco hacia atrás. Pero los cambios que se han producido ya son importantísimos, y tratar de mapearlos, de documentarlos y cartografiarlos es una de las cosas más interesantes que hago como escritora, y me encanta.
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