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Secretos e intimidades del palacete madrileño de Joaquín Sorolla, «el pintor que aprisionó el sol»

Si Valencia fue su luz y su madrugar, Madrid fue su accidentada oscuridad, el lugar donde pintó sus últimas obras

Sorolla retratando a su hijo.+ info
Sorolla retratando a su hijo.
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El pintor Joaquín Sorolla y Bastida mantuvo un intenso idilio con la luz, las caricias del Mediterráneo y las pinceladas vigorosas a orillas del mar que le elevó a la cumbre del impresionismo español. Sin embargo, no todos los amores duran para siempre. Cuando la suerte económica y política le sonrió, se trasladó a Madrid, a kilómetros de la costa, para establecer su taller-vivienda en el palacete del Paseo del General Martínez Campos, que hoy ocupa su museo. Allí pintaría los enormes lienzos sobre España que la Hispanic Society of America le encargó, aunque no pudo terminar, para ilustrar las paredes de esta institución neoyorquina, y allí sufriría años después la hemiplejía que le inhabilitó para seguir haciendo su arte.

Si Valencia fue su luz y su madrugar, Madrid fue su accidentada oscuridad, el lugar donde pintó sus últimas obras. Con motivo de la visita en esos días del Rey Alfonso XIII al taller, Blanco y Negro se coló en aquel santurario madrileño para entrevistar al valenciano en abril de 1918. «Don Joaquín Sorolla se encuentra en uno de los momentos más activos de su labor artística. En donde quiera que la vista se fije admíranse sus obras, terminadas unas, en concepción otras. Y en la paleta portentosa del maestro ha sido aprisionado el sol, que se desparrama pródigo por los lienzos, en exuberancias cromáticas que hieren las pupilas», escribió el redactor R. Martínez de la Riva.

Retrato de Sorolla.+ info
Retrato de Sorolla.

El periodista y el fotógrafo Ramón Alba contemplaron asombrados el jardín de Sorolla, con los almendros en flor, estatuillas neoclásicas, columnas de mármol, laureles, ánforas desbordantes de yedra, caracolas y conchas nacaradas bajo el agua de los surtidores… No menos espectacular era su estudio, al que se accedía a través de una escalera de mármol y una especie de pórtico helénico, repletas sus paredes de lienzos, bajorrelieves, brocados y tapices. «Y la portentosa colección y los lienzos firmados por el maestro parecen cobijarse bajo la protección sagrada de las banderas, banderas de colores patricios, en descansa de su flamear de otros tiempos sobre el castillo de los galeones a impulso de los vientos perfumados del Mediterráneo», describió el periodista.

La política y el pintor

En el momento en el que se celebró la entrevista, España vivía las consecuencias más dolorosas del final de la Primera Guerra Mundial, que se encaminaba hacia sus últimos meses. La neutralidad del país le había permitido lucrarse con las exportaciones por toda Europa, pero aquel auge industrial estaba llegando a su fin sin que la población hubiera notado una mejora en su calidad de vida. La Restauración sufrió en esos años su peor crisis: con las Juntas de Defensa levantadas en armas, el nacionalismo catalán exaltado y el movimiento obrero fuera de control.

«Los problemas de fuera, las ambiciones de dentro, la política interior, la lucha internacional, todo, influyendo en los destinos de España en el preciso momento en que sus energías latentes, su resurgir glorioso después de tantas calamidades sólo requieren paz y tranquilidad. Y sobre tanta negrura, en el horizonte brumoso, una esperanza tangible: el Rey. Una inteligencia, un corazón al servicio de la Patria. ¡Ah, sí! España se salvará de la conmoción universal!», afirmó un optimista Sorolla, que a sus 55 años andaba ocupado en doce retratos y una porción de cuadros sobre la geografía española con destino Nueva York.

Sorolla, con su familia, a la puerta de su palacio de la calle General Martínez.+ info
Sorolla, con su familia, a la puerta de su palacio de la calle General Martínez.

A diferencia de otros pintores y hombres de letras cada vez más distanciados de la Monarquía, Joaquín Sorolla se mantenía sinceramente leal al Rey, como varios detalles en su taller evidenciaban, entre ellos dos dibujos a medio hacer de la Reina y un retrato ecuestre de Alfonso con la dedicatoria «A Don Joaquín Sorolla, si le gusta el contraluz».

Ese día, además de los periodistas de Blanco y Negro, acudió la Reina para continuar con una de las pinturas sobre su regia persona que estaban pendientes: «Suele durar la sesión hasta la una de la tarde. El retrato es interesante. Avanza el busto apoyadas las manos sobre el terciopelo del palco en el Regio Coliseo», relató Martínez de la Riva sobre la representación de Victoria Eugenia entrando en el Teatro Real.

«¡Ay de nosotros si el espíritu infiltrado por la epopeya nos lleva a trasladar al lienzo las escenas guerreras!»

El artista valenciano ocupaba el día pintando y luego, si le quedaba tiempo, seguía pintando, con las únicas interrupciones en su labor relacionadas con los compromisos políticos. El día que la prensa le visitó almorzó con el ministro de la Guerra, el presidente del Consejo Real y el general Silvestre, el mismo que tres años después protagonizaría el desastre de Annual. Por la tarde, el pintor retrató en su estudio al Marqués de la Vega y luego a su propio hijo.

Cuando se iba marchando la luz, al anochecer, el estudio solía tornarse en una clase particular entre los más íntimos amigos y familiares de Sorolla, que ejerció de maestro de ceremonia y voz acreditada mientras todo el grupo retrataba a una hermosa joven venida de Granada:

—Cuando esta guerra termine, el arte adquirirá una regresión a la Naturaleza, única sensación capaz de hacer agradable la vida. Esto ocurrió en Grecia al final de todas sus guerras. ¡Ay de nosotros si el espíritu infiltrado por la epopeya nos lleva a trasladar al lienzo las escenas guerreras!

Sorolla pintando en la Granja al Rey Alfonso XIII.+ info
Sorolla pintando en la Granja al Rey Alfonso XIII.

Al respecto de su vocación casi divina, decía Sorolla cinco años antes de su muerte ( dos años antes de quedar impedido):

—Cada hombre tiene trazado su fin, y a él debe dedicar todas sus energías y las horas completas de su existencia. Artistas hay que se ocupan en demasía de lo externo al arte. Desgraciadamente, puede decirse que no hay ambiente artístico en España. Lo tenemos por tradición, pero no lo creemos una necesidad, y yo, por el contrario, creo que el arte tiene que ir directamente a hacer de él una cosa útil para la vida moderna.

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