El propio Francis Veber llevó a la pantalla en 1997 su comedia «La cena de los idiotas» y propagó su éxito por todo el mundo, tanto desde el cine como a través de numerosos montajes teatrales espoleados por la buena acogida de la película y por el potencial cómico de una obra que no pierde actualidad, pues acostumbran a moverse los humanos en una suerte de dialéctica entre tontos y listos, aunque siempre entre bobos ande el juego, como dejó sentado Rojas Zorrilla. <MC>
El argumento presenta a un culto, elegante y rico editor que, junto a un grupo de amigos de similar estatus social, organiza todos los meses una cena en la que el invitado de honor es un idiota de manual del que el cónclave se ríe a conciencia. Un día antes de la cena mensual, el organizador cita en su casa a la hipotética víctima y sucumbe ante las hecatombes que siembra a su paso el bienintencionado bobo, un plasta llamado François Pignon.
En la versión española —el nombre de cuyo responsable no figura en el programa de mano, aunque, al parecer, la ha realizado Josema Yuste— el idiota se llama muy coherentemente Francisco Piñón, y sobre él, encarnado por Agustín Jiménez, que realiza una composición formidable, recae el peso de la función, muy bien adaptada en lenguaje y usos y costumbres a la España de hoy, lo que contribuye a reforzar la comicidad que la obra trae de fábrica. Afonso no se complica la vida en la dirección y deja que la acción fluya; el resultado es un montaje muy divertido. Yuste encarna con entregada solvencia al regador regado que sirve de frontón a las andanadas cómicas de Jiménez, y Felisuco, en un doble papel de masajista brasileño e inspector de hacienda, aporta su cuota a la cosecha de risas que el público reparte de cabo a rabo de la representación.