«Reparar a los vivos» (***): El lado bueno de la muerte
A la tercera, Katell Quillévéré dirige con sensibilidad esta historia sobre segundas oportunidades
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A la tercera, Katell Quillévéré dirige con sensibilidad esta historia sobre segundas oportunidades, que no disfruta el protagonista, sino sus órganos. Así de original y duro es el planteamiento, que empieza con un accidente -brillante su resolución en pantalla- y ya no puede salirse de los márgenes del género dramático , pese a las escapatorias que encuentra el guión de Quillévéré y Taurand. Lo más meritorio de la cinta es que no pierde el equilibrio en su visión bifocal del dolor de la familia afectada y de la esperanza, más que alegría, de la beneficiada. Es una parábola moral y pedagógica que lleva al extremo el dicho de que no hay mal que por bien no venga.
Así transcurre una obra dividida por una bisagra, cuyo peor vicio es cierta tendencia a la morosidad (no es que deba dinero, sino que es bastante lenta, hablando en plata). Es también una pena que esos momentos de transición, que son los mejores, duren tan poco, aunque darles mayor peso posiblemente habría desequilibrado aún más el conjunto, que se sobrepone a sus defectos de arquitectura y funciona bien incluso en la argamasa interpretativa que conforman jóvenes desconocidos y estrellas como Tahar Rahim («Un profeta») y Emmanuelle Seigner, vieja musa y pareja de Polanski.
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