VIOLETA FRIEDMAN
«NUNCA, jamás en mi vida por muchos años que pueda llegar a vivir, olvidaré aquella primera noche». Así cuenta en sus memorias Violeta Friedman, publicadas gracias a la tenacidad y ayuda de la escritora Ángeles Caso, cómo fue la impresión que sufrió al llegar al campo de Auschwitz-Birkenau. En mayo de 1944 fue deportada por el ejército alemán en retirada, junto a toda su familia, a ese siniestro lugar de la Silesia polaca a sesenta kilómetros de Cracovia. Procedían de una pequeña ciudad de Transilvania, Marghita, situada en Hungría antes de 1920 y luego en Rumanía desde el Tratado de Trianón. Violeta y su familia se consideraban húngaros, tan húngaros que muchos de ellos habían luchado como voluntarios en la Gran Guerra, en las tropas del Emperador. Estaban bien situados económicamente, poseían tierras y viñedos y los niños recibían una esmerada educación. «El 19 de marzo de 1944 -aún no había cumplido catorce años-, el director del liceo entró en nuestras aulas, y con mucha tristeza nos anunció la trágica noticia: El ejército alemán ha entrado en Hungría. Finalmente habían llegado». Violeta no podía imaginar lo que iba a sucederle. Conocían por la BBC los constantes reveses que iban sufriendo los alemanes. Pero el horror había llamado a la puerta de su casa. Eran judíos. «Casi toda mi familia desapareció en aquellos días. Si ellos pudieran hablar, si cada uno de mis familiares pudiera contar ahora su experiencia, todos recordarían lo mismo, pues todos viajamos hacia la muerte y el horror».
En el sesenta aniversario de la liberación del campo de exterminio casi nadie ha recordado a Violeta. El torbellino de la vida se la llevó hace unos años, pero yo me acuerdo mucho de ella, de su entierro en el cementerio judío de Madrid, de su hija Patricia y de sus nietos españoles. También recuerdo en estas fechas a Max Mazín, a Alberto Benasuly y al entonces embajador Ben-Ami, que me incitaron y apoyaron en el planteamiento de una lucha legal, de inciertas características, en defensa de la memoria de las víctimas, personificadas en Violeta, memoria pisoteada impunemente en una entrevista en TVE, en 1985, por León Degrelle, el ex general de las Waffen-SS y fundador del partido nazi belga. Y cómo no tener presente en estas fechas al ministro Múgica, al fiscal general del Estado, y a Tomás y Valiente, entonces presidente del Tribunal Constitucional que, al fin, otorgó a Violeta el amparo en la demanda civil -no penal como equivocadamente a veces se dice- que yo interpuse en su nombre, afirmando que su honor había sido violado. Gracias a esa sentencia de 1991, cuya ponencia corrió a cargo del magistrado Vicente Gimeno Sendra, comenzaron a cambiar las cosas entonces y el gobierno socialista empezó a tomarse en serio los brotes de xenofobia y antisemitismo que algunos veníamos advirtiendo desde hacía tiempo. En 1995 se modificó el Código Penal y manifestaciones repugnantes, como las de Degrelle, hoy serían sancionadas penalmente. El recuerdo de Violeta siempre estará con nosotros, sobre todo para no confundirnos. Las historias de los republicanos españoles o de los palestinos en Israel puede que sean muy trágicas, pero no tienen nada que ver con el Holocausto y sus supervivientes.
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