Cumplir el sueño de vivir en una casa del Casco
Patear la ciudad buscando la casa perfecta, comprarla, empeñarse, los permisos, las obras, los albañiles, los restos arqueológicos... Es el sueño de vivir en el Casco. Para el guitarrista Paco de Lucia y los periodistas Esther Esteban y Ángel Nodal es ya una realidad
TOLEDO. Estar un poco loco y ser un enamorado del Casco Histórico. Con estos dos requisitos cientos de personas se están lanzando a la aventura de recuperar una casa toledana. Entre ellos, el genial guitarrista Paco de Lucía, que ha sido uno de los últimos en estrenar su casa en Toledo, una ciudad en la que, según ha comentado en alguna ocasión, ha encontrado la paz y el sosiego para componer y trabajar. Vive, con su familia, en una recoleta plaza muy céntrica, pero alejada del bullicio de la ciudad.
Otra «loca» del Casco ha sido la periodista toledana Esther Esteban, que siempre soñó con rehabilitar una casa.Aunque trabaja en Madrid desde hace muchos años, nunca se ha desvinculado de su ciudad, de la que presume por todos los rincones. Su idea de adquirir una típica casa toledana le rondaba desde hace tiempo, pero fue durante una comida que mantuvo con el alcalde de Toledo, José Manuel Molina, y varias compañeras periodistas, como Victoria Prego, Pilar Cernuda y Curry Valenciana, cuando Molina le retó a cumplir su sueño. Ahí comenzó su aventura, junto a su marido, el también periodista de TVE, Ángel Nodal. Un año entero recorriendo el Casco. «Todos los sábados nos dedicábamos a buscar la casa ideal, un sitio tranquilo, sin trasiego... llegamos a ver más de 60 y creo que podría doctorarme en casas toledanas», comenta risueña.
Por fin, la encontraron. Un antiguo convento en pleno corazón del Casco Histórico, que luego se fraccionó y cuyos orígenes datan del siglo XVI, aunque finalmente se convirtió en una casa con seis familias y tres patios. «Me enamoré de ella». Así comenzó la difícil restauración en la que empezaron a salir restos arqueológicos de diferentes épocas, como un arco mudéjar, un aljibe, cerámica y utensilios. La mayoría han sido donados al Ayuntamiento, excepto alguna pieza que Esther y Ángel exhiben con orgullo en una vitrina. Toda la familia se volcó en las obras, también sus hijos, «que son más toledanos que yo» y vivieron meses de ajetreo, albañiles, apreturas económicas, carpinteros, herreros y fontaneros. Sólo una pega, la factura de Hacienda, que les ha dejado casi en nada las subvenciones del Consorcio, algo que a Esther Esteban le ha llevado, incluso, a protestar ante el mismísimo ministro de Hacienda, que se comprometió a revisar el pago de estas subvenciones en la declaración de la renta, aunque a ella ya no le va afectar.
Un amigo y arquitecto toledano, Benjamín Juan Santagueda, junto con Jesús Gómez-Escalonilla, se encargó de su restauración, cuidada hasta el más mínimo detalle. La bañera situada junto a una ventana por la que se contempla el pico de una torre que emerge de los tejados de la vieja ciudad; las antiguas contraventanas de madera rescatadas de capas y capas de pinturas, puertas que se han convertido en originales mesas, un ascensor que comunica los tres pisos, un patio cargado de frescor y de aromas árabes. Y su despacho, junto a una terraza, repleto de libros y fotografías, en donde pasa largas horas pegada al ordenador y al móvil desde que el pasado mes de octubre estrenara su nueva casa.
El resultado ha sido espectacular. Una casa llena de encanto, con personalidad, cálida, inundada de recuerdos, que rezuma historia, paz y tranquilidad. Ni éxitos profesionales, ni comidas y cenas con ministros, presidentes del Gobierno, infantas y príncipes. Después de sus hijos, esta casa quizá sea su mayor tesoro. Por lo menos, del que más presume. «Tengo la casa más bonita de Toledo», dice.
Otra pareja de periodistas toledanos, César García Arribas y Eva Castro, también han sufrido lo suyo con las obras. Su construcción ha sido toda una aventura, pero desde hace año y medio viven, por fin, en ella. Es una casa con jardín, en pleno Casco Histórico y a tan sólo cinco minutos de Zocodover. Parece casi imposible, pero se han podido hacer, incluso, una pequeña piscina de cinco por dos metros cuadrados. Y, de vecinos, a la familia Botella Llusiá. Una casa soleada, mirando al sur, que ha construido también Benjamín Juan Santagueda y Jesús Gómez-Escalonilla Sánchez-Infantes, y en cuya restauración apareció un trozo de columna romana. Visitaron también muchas casas antes de decirse por ésta, que ocupó hace años un taller de platería. César nos habla por teléfono, desde su jardín, al lado de un viejo granado, y contemplando la ermita del Valle y la iglesia de San Andrés.
Hubo toledanos que se atrevieron antes a emprender esta aventura. A principios de los años 90, el arqueólogo de la Diputación Provincial, Jesús Carrobles, y su mujer, Sagrario Rodríguez, compraron su casa, muy cerca de la Catedral, en una época en la que todo el mundo huía del Casco buscando las comodidades que ofrecían los nuevos barrios de la ciudad. Fue un «flechazo», la primera que vieron les convenció, sobre todo, por su patio «que nos deslumbró» y el entorno, cuenta Carrobles. Una casa con orígenes del siglo X y en la que se han encontrado todo tipo de restos, como un arco árabe en el patio o pinturas murales. En los años 60 llegaron a vivir 40 personas, un taller de confección y una carpintería. Pero tras varias fases de restauración y «sin ningún tipo de ayuda», en el 94 pudieron estrenar su casa, en la que han nacido sus dos hijos y en donde los cuatro disfrutan de un espacio de 600 metros cuadrados, con terraza, recovecos, patios, bodega, luces, con historia y calidad de vida.
Antes que ellos, el médico toledano Jacinto García Gómez adquirió también una casa en la que vivían varias familias y que pudo ir restaurando poco a poco, como otra pareja enamorada del Casco, Javier Vaquero y Aurora Cuartero. Ellos son sólo algunos ejemplos de aquellos pioneros de esos años difíciles en los que pocos creían en el futuro de esta ciudad.
Y es que hace sólo diez años era impensable la revolución que se está produciendo en la ciudad y los más pesimistas presagiaban, incluso, la muerte del Casco Histórico. Pero en los últimos años se han concedido más de 700 solicitudes de para reformar, restaurar o rehabilitar edificios, la mayoría de ellas viviendas. Gracias a las ayudas del Consorcio, al cambio de mentalidad, la aprobación del Plan Especial del Casco Histórico y al impulso que se está dando desde las diferentes administraciones, se han disparado las licencias de obras. Uno de los últimos en embarcarse en este sueño ha sido el polifacético y emblemático cantautor, poeta y actor, Patxi Andion, que ayudó a caminar a una generación con su «canción protesta» y que actualmente es profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha. Ha querido construirse su refugio en Toledo, una ciudad en la que nació su madre, quien le enseñó a amarla y, por eso, «me siento un poco toledano». Patxi Andion ha debido batir el récord visitando casas en el Casco. Ha llegado a ver más de 200, hasta que al final encontró la que le cautivó. Una casa mudéjar, con un patio catalogado con la máxima protección, con mucha fachada al exterior. «Está en una parte alta y tiene unas vistas preciosas», nos comenta. Acaba de empezar las obras, se están tirando los primeros tabiques, pero dice que está gozando con todo el proceso, que no le agobia todo lo que se le viene encima en los próximos meses. Al contrario. Está deseando estrenar la casa, que va a convertir en su centro de reuniones de amigos, compañeros, familia... Y es que para él, Toledo, «es la ciudad más bella el mundo, una ciudad mágica, que pasó un valle, un momento malo, pero que está remontando».
La última sorpresa nos la ha dado el alcalde de Toledo, José Manuel Molina, uno de los últimos en encontrar su casa soñada, aunque aún no ha comenzado con las obras. Será el primer alcalde democrático que viva en el Casco Histórico. Y es que los políticos llevan años hablando de revitalizar la ciudad y fueron los primeros que huyeron hacia otros barrios, sobre todo a la avenida de Europa y a Buenavista. Molina y su familia están encantados con su casa y deseando vivir en ella. Tendrán que esperar, sin embargo, algunos meses a hacer realidad ese sueño.
Y así, las viejas casas se están llenando de vida y de niños, como Nicolás, Aurora, Guzmán, Isabel, Pedro, Inés, Itziar y tantos otros. Han aprendido de la mano de sus padres a amar el Casco Histórico. Ellos son el futuro de esta vieja ciudad.
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