Dylan y Amaral: sermón (del rock) en la montaña de Gredos
POR MANUEL DE LA FUENTEGREDOS. John Ford, uno de los arquitectos de la mitología popular norteamericana lo dejó meridiana y cinematográficamente claro en «El hombre que mató a Liberty Valance» por
John Ford, uno de los arquitectos de la mitología popular norteamericana lo dejó meridiana y cinematográficamente claro en «El hombre que mató a Liberty Valance» por certera boca del abogado y senador Ranse Stoddard (James Stewart): «En los Estados Unidos, cuando tenemos que elegir entre la historia y la leyenda, siempre preferimos la leyenda».
De la leyenda al mito hay un paso, y algunos han sabido darlo. Tal que Bob Dylan, la nota más alta de la música popular del siglo XX y lo que va del XXI. Aunque otros se han llevado más fama (los Beatles, los Stones, Elvis) pocos han cardado la lana como Dylan. Su corazón y su cabeza albergan más pentagramas que el Smithsonian Institute, y más versos que la Biblioteca del Congreso.
La leyenda dice que Robert Zimmerman es hosco, huraño, frío, callado, caprichoso, genial, irascible, distante, egocéntrico, narcisista, autoparódico viperino, y quién sabe si no hará buenas y mefistofélicas migas con el diablo. Un currículum que podría suscribir cualquier genio en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Pero Bob no es Beethoven, ni falta que le ha hecho. Dylan es un juglar, casi al pie de la letra según la definición que da el Diccionario de la Real Academia: «Hombre que por dinero y ante el pueblo cantaba, bailaba o hacía juegos y truhanerías».
Más manías que Lecter
De dinero, baste con decir que no será de los que no duermen por la crisis. En cuanto a la truhanería (sí, a veces parece un tahúr del Mississippi, el río, por otra parte, que inunda su desbordante imaginación como a Huckleberry Finn y Tom Sawyer) es verdad que no le gustan las fotos, que tiene más manías que Hannibal Lecter, que no se anda con milongas, ni con entrevistas, aunque acabe de editarse un libro con treinta y una de ellas realizadas durante cuarenta años. Pero del resto, lo dicho, al pie de la letra. Que por algo está de gira (la misma que ayer le trajo al Festival Músicos en la Naturaleza, en Gredos, la misma que en unos días lo llevará a Rock in Rio, en Arganda) desde hace más años de los que él mismo recuerda, probablemente.
De carretera en carretera, como los viejos cómicos de la legua y de la lengua, en una huida hacia delante descarada y casi suicida, Dylan parece estar diciendo a los gentiles del rock and roll: quien quiera seguirme, que me siga. Y no siempre es fácil. Porque Bob ya no anuncia ninguna buena nueva como en los tiempos de la canción protesta -ni «Blowin in the wind», ni «The times ara changing», ni «With God on our side», ni «Masters of Wars» suelen aparecer en su repertorio de estos días- aunque sí mente a la bicha apocalíptica con «A hard rain´s a gonna fall», o se recree en su chapliniano «Modern times», su último disco (con piezas geniales como «Thunder on the mountain», «Rollin and tumblin», «When the deal goes down»), la palpable deconstrucción de su propio estilo, el agua depurada de la tradición que Dylan copia, imita, recrea y manipula a su antojo, acompañado ahora por una banda en traje de etiqueta y tocado con un sombrero que más parece del sacamuelas Doc Holiday, el compadre de Wyatt Earp en OK. Corral, que el stetson de ala ancha de Hank Williams.
Sombrero bajo el que bulle un cerebro que se mueve como la rueda gigante de esas barcazas del Mississippi ya citado, y que en ocasiones como anoche se desboca en un torrente de sensaciones, de cuestiones de estilo, de continuas citas a sí mismo y a su leyenda, que es lo mismo que decir que cita a los grandes cantores de todos los tiempos: de Leadbelly a Kurt Weill y Bertolt Brecht, de la Familia Carter a los bluesmen analfabetos del Delta. Tal vez, como un protagonista de «Star Trek» (toma del frasco, Carrasco, más mitología popular) llegó a Gredos teletransportado, tal vez sea un marciano, tal vez sea el más común de los mortales.
Anoche, en Gredos, Bob Dylan, hombre de fe (cristiana, judía, en Woody Guthrie, la fe siempre ha sido una constante en su vida), devoto lector de la Biblia, se presentó en cuerpo y alma, resucitado de nuevo (lo del pacto con el Diablo no parece broma de Íker Jiménez), para anunciar a creyentes, agnósticos y ateos del rock and roll la buena dicha de que su música, parece eterna. Dylan, el sermón (rockanrolero) de la montaña de Gredos, con Amaral como discípulo más cercano.
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