La actriz Montserrat Julió evoca su exilio chileno
Un fascinante trabajo de evocación de una famosa actriz nos acerca al exilio republicano español, en Chile, pese a ser un relato esencialmente intimista

BARCELONA. La vida de Montserrat Julió (Mataró, 1929) es un ejemplo paradigmático de lo dura que puede ser la experiencia de las generaciones que nacen bajo el signo de hados adversos: a los siete años tuvo que vivir la más terrible de las guerras, la civil, y a los diez se vio impelida a emigrar con toda su familia -su padre fue a parar a un campo de concentración del Sur de Francia-; y todo el grupo pudo dar el salto del charco, a bordo del famoso barco de exiliados «Winnipeg», con feliz llegada a Chile. No es poco cambio para una niña del 39: Mataró, Barcelona -donde, en sus rápidas bajadas infantiles, llegó a conocer aquel animal descomunal y fabuloso, para una niñita de 3 ó 4 años, que fue la elefanta «Julia», o ver sobrevolar el «Graf Zeppelín» los edificios de plaza Cataluña, entre otras imágenes infantiles que no llegan a borrarse nunca de la memoria, cuando otras muy posteriores sí lo hacen-, Cognac, Burdeos y la capital chilena, puerta de entrada a otro mundo, menos ideal. A bordo del barco, los exiliados cantaban «Valencia» o el «Dolça Catalunya...», lo que les provocaba un cierto escozor en los ojos.
En Santiago pudo cursar el bachiller e ingresar en la Universidad para estudiar arte dramático, llegando a cumplir su sueño de ser actriz; se relacionó con los círculos culturales del exilio republicano: conoció a Xavier Benguerel, Domènec Guansé, Trabal, César Augusto Jordana y Joan Oliver, que, más o menos, influirían en su carrera posterior.
Crónica del exilio chileno y algo más
«Vida endins» (Viena Ediciones), es el título del libro de recuerdos de Montserrat Julió Nonell, con el que la autora ganó el premio «Román Planas de Memorias Populares 2002». La obra recrre los años chilenos de su dilatado periplo, sus vivencias infantiles y sus primeros viajes por los escenarios del mundo. La autora es, también, en una notable escritora. En 1975 publicó «Memòries d´un futur, bàrbar»; tiene además «El viaje de Sig y Frido al Rhin» (teatro), y varios guiones de cine y televisión.
Numerosas fotografías familiares o de paisajes y personajes que cruzan por el relato y una completa colección de notas al final del libro en el que se nos definen cosas tan heterogéneas como «Iluro» o «Quinta columna» completan el interés histórico del libro, que se viene a unir al literario y sentimental.
Vivencias íntimas
Pero, Montserrat Julió en ningún momento ha pretendido reconstruir la historia del tiempo que le tocó vivir, no se ha dispersado en una labor de selección de hemeroteca y documentos de época. Todo lo que nos cuenta es creíble, emotivo, humilde, sentimental y, en consecuencia, real. Tampoco renuncia a explicar el eco de los desastres lejanos, como cuando al remoto rincón austral llega la noticia del fusilamiento de Companys. «La mare s´estirava el cabells, impotent, davant d´un crim que es negava a acceptar», escribe. Las viejas revistas infantiles, como «Pulgarcito», los animales domésticos que se van sucediendo en el entorno familiar, enfermedades, embarazos y otras noticias menudas, forman el tejido que nos va envolviendo en el interés de la lectura.
Los grupos universitarios de teatro de aficionados son el palenque en el que Montserrat se va transformando en actriz: «Duque Octavio, por aquí/ podrás salir más seguro...». Por pertenecer los estudiantes-actores a las clases bienestantes, los días de estreno se convertían en importantes actos sociales: familiares, gente de renombre, escritores, diplomáticos y los clásicos figurones que se apuntan aun bombardeo y que paradojicamente por vacíos suenan, así fue la culminación del inolvidable curso del 48, para la protagonista del relato.
De vez en cuando, una carta o un viajero trae noticias de la lejana pero omnipresente Barcelona, de sus teatros, de los viejos amigos, de las obras que se puede y de las que no se puede representar. Nunca resulta fácil aquilatar la realidad y mucho más reproducirla y proyectarla hacia el futuro. El testimonio de Montserrat Julió tiene un valor inestimable a este respecto, sobre todo cuando se produce el regreso a Barcelona, en 1955, como de puntillas, como si hubiera sido un simple cambio de lugar de exilio. Es ese clima nebuloso que supo imprimir la dictadura hasta el final y que tardó en disiparse. A principios de la Transición, Blas y Blasillo, los gemelos forgianos especulaban: «a veces me parece que ocurrió hace mucho tiempo, otras que no ha ocurrido todavía». Montserrat Julió le debe a sus lectores una continuación de sus memorias, que los explique sus vivencias de 1955 hasta nuestros días, con la profunda transformación de aquel viejo mundo que le tocó vivir.
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