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ENTRE EL AUTO DE FE Y LA FRIVOLIDAD

A pesar del periodo estival el mes de agosto ha sido fértil en orientaciones venideras. Nos ha revelado que la izquierda gobernante aloja en su mente dos hemisferios referenciales o, si se prefiere, una especie de dualidad jánica satisfecha de sí misma. De hecho, bien podría afirmarse que se ha ido de vacaciones con dos libros en la maleta: Auto de fe de Canetti y El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas de Lipovetsky. Colocados en la mesilla de noche y junto a la tumbona playera ha leído con fruición sus páginas y deducido sus consecuencias trasladándolas al escenario de una política nacional que crispa y relaja al mismo tiempo. Y así, tan pronto lanza su lengua flamígera e inquisitorial como se deja querer ante el ojo fotográfico, reposando entre pieles y ofreciendo una escena palaciega que haría las delicias de aquella Coco Chanel retratada por Morand.

En realidad, si se preguntara a cualquiera de los protagonistas de esta nueva izquierda doblemente «divina» sobre si existe contradicción en su actitud, respondería con aire displicente que no: que la alternancia de gestos es el producto de una izquierda dinámica y plural que ha renunciado a ser unilateral. Por eso, nuestra «gauche divine» lo es doblemente: divina cuando se relaja y ofrece su rostro amable y elitista; divina cuando se crispa y enciende piras en las que quema al adversario político mientras lo acusa de todos los males de este mundo. La izquierda triunfante desde del 14-M es así. Goza de un estado de gracia permanente que la exime de cualquier error y sentimiento de culpa. Disfruta alternando roles en un juego de máscaras que ocultan un sexismo intolerable que atribuye a los hombres el ingrato papel de fustigadores y a las mujeres el agradable rostro proustiano de modelos en flor. Su ideología muta y renuncia a la coherencia moderna para hacerse orgánicamente romántica y, de este modo, poder retorcerse y contradecirse sin problemas lógicos.

Su aspiración a la totalidad es evidente. Incluso, puede defender la modernidad de una España unitaria en su diversidad -tal y como consagra la Constitución de 1978- y, al mismo tiempo, no hacer ascos en defender una reforma constitucional que instaure, bajo la fórmula de un federalismo asimétrico, un modelo político premoderno que restaure el «privilegio» medieval aunque vistiéndolo, eso sí, con el disfraz técnico de un reconocimiento postmoderno de «identidades nacionales» que son situadas hábilmente al margen -pero dentro- de esa misma España cuya unidad quieren defender nominalmente.

Y así, el nuevo socialismo avanza a velocidad de crucero hacia una permanente autorreferencia de sí mismo. Pacta con los herederos del viejo carlismo decimonónico y se dice progresista. Se alía con los nietos del nacionalismo separatista y el comunismo estalinista que torpedearon y hundieron la Segunda República y se reivindica como celoso defensor de la memoria más respetable de ésta. Defiende un europeísmo laico sin concesiones y se hermana con una monarquía confesionalmente islámica que compromete la libertad de su pueblo, y lo condena como galeote de una premodernidad beduina en tierra africana. Todo en unidad de acto, sin rubor ni tampoco conflicto moral por su incoherencia.

Se nota que la izquierda que nos gobierna se siente a sí misma gloriosa. Entre aperitivo y siesta, con los granos de arena todavía en sus pies después de un paseo a la vera del mar, abre las páginas del libro de Canetti y anatemiza sin prejuicios al contrario porque, en el fondo, no tolera ni respeta a ese «otro» político que hace posible el diálogo que dice anhelar como un fin en sí mismo. De hecho, la izquierda que nos gobierna no acepta el espejo que es el oponente. Alaba a Habermas de palabra y lo desprecia en la práctica. Paladea el libro que Canetti quiso titular Kant se incendia y se lanza a gastar, como el protagonista de la novela, los ahorros heredados en mil promesas tan efímeras como los miles de libros adquiridos por el sinólogo enloquecido que, finalmente, decide prenderlos para reírse de sí mismo en medio de su impotencia y su miedo a la ineptitud. ¿Será que en el fondo nuestra izquierda intuye que el papel que tiene que representar le viene grande? No importa. Para eludir el trago tiene sus culpables.

Día tras día instrumenta la misma cantinela. Su programa es sistemático. Culpa porque supone que algo queda al hacerlo. Estudió a Gramsci y conoce a Foucault. Sabe que existen micropoderes y los maneja con la astucia combativa de quien controla los resortes de esa supraestructura cultural que desde la universidad, las artes y la comunicación le sigue haciendo ganar batallas a pesar de que la caída del Muro de Berlín destruyó su horizonte utópico. Así, la izquierda se baquetea con habilidad en un escenario de confrontación cotidiano que trata de hacer eterno negando al oponente su memoria y destruyéndole las posibilidades futuras de ser alternativa.

Cuando siente el calor del mes agosto en su piel bronceada se arroja al agua y chapotea en la orilla para refrescarse en un presente que quiere seguir haciendo suyo porque su reino, ahora, es de este mundo y trata de demostrarlo mostrándose con el aire de una normalidad que anhela monopolizar. Por eso, entonces, ofrece su rostro femenino en el gobierno y decida posar impúdicamente. Deja el rigor existencialista de Canetti, se ducha para quitarse el corrosivo salitre marino y demuestra a la opinión pública que sabe pintarse las uñas y darse colorete mientras luce modelitos que no son de pasarela. De hecho, la pose de nuestra izquierda gobernante no es la de una simple mujer objeto. Es una pose funcional, ministrable, que porta el libro de Lipovestky debajo del brazo, aunque no se vea. Es la pose de la mujer que se sabe dueña de su destino; que ha ascendido puestos dentro de su partido porque la izquierda gobernante ha hecho realidad una discriminación positiva que reconoce con justicia los méritos por el género y no por el injusto elitismo de la individualidad. Con sus fotos, la izquierda ha hecho historia: ha sentenciado el feminismo de la excelencia orteguiano y lo ha sustituido por un feminismo de cuota que, además, se ha hecho espectacular.

Por eso nuestras modelos sonríen en las fotos. Porque tienen que demostrar que su etapa de gobierno es, también, festiva: una celebración del presente social que la izquierda es la única capaz de liderar. Cuando los males y los problemas del mañana tienen ya sus culpables, uno puede tumbarse a la bartola y mostrarse con frivolidad y ligereza. ¿Acaso Lipovetstky no reclama «el rol de lo frívolo en el desarrollo de las conciencias críticas, realistas, tolerantes»? Y si el contrario protesta, la respuesta es clara: la opinión pública tiene derecho a estar relajada y a liberarse de las tensiones y la seriedad que dominaron el pasado. Para conseguirlo, la izquierda triunfal muestra entonces su faz más sonriente y engalanada mientras su dedo apunta al «otro» y recuerda con candidez: «Ven como sólo sabe protestar».

Instalada en una estrategia que adopta el movimiento del diapasón, la izquierda ha logrado lo que no consiguió Canetti: quemar a Kant y su imperativo categórico para extraer de sus cenizas un imperativo estético cuya autoría agrega al nombre del filósofo la «e» y la «s» de un poeta. Entonces, vuelve a sonreír satisfecha por su chispeante ingenio y abre un libro de Keats y lee: «La verdad es belleza y la belleza, verdad, esto solo necesitan saber los hombres para salvarse en la tierra».

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