Mukhtar Mai, joven paquistaní violada por orden de un tribunal popular islámico: «No quiero hacer un espectáculo de mi dolor»
Ha salido por primera vez de su aldea para denunciarlos abusos que sufren sus compatriotas.«Fui violada por orden de los jueces tribales»

MADRID. Por primera vez, la joven maestra sale de su aldea paquistaní para denunciar los abusos a que se ven sometidas las mujeres «por su falta de cultura». Mukhtar Mai entra en el hotel Palace de Madrid vestida con un sari blanco y protegida por la cazadora de su hermano mayor Hazoor. Es extremadamente delgada, menuda, tímida. Se cubre constantemente el rostro y ofrece una desoladora impresión de fragilidad. Sin embargo, Mukhtar no es lo que parece: alberga una fortaleza, valentía y contundencia.
Hace ocho meses, su terrible historia consternó a todo el planeta. Cuatro hombres la violaron sucesivamente, durante más de una hora, por orden del tribunal popular de su aldea de Meerwala, al sur del Punjab paquistaní.
La sentenciaron a «ver manchado públicamente su honor» por ser hermana de un niño de 11 años, del que se rumoreaba había mantenido una relación con Salma Bibi, una mujer de 22 años de una casta superior. Mukhtar fue arrastrada por una multitud armada hasta una choza de barro, y violada por dos hermanos y un primo de Salma, además de un juez del panchayat, el tribunal popular, mientras unas 400 personas gritaban y celebraban a carcajadas la sentencia, reunidas junto a la choza.
Semanas después, cuando decidió denunciar el suceso, Mukhtar declaró: «Me arrodillé ante ellos, lloré, les dije que yo había enseñado el Corán a los niños y que no podían castigarme por algo que no había hecho. Pero me pusieron una pistola en la cabeza, me arrancaron la ropa y me violaron por turnos. Eran como animales».
Con una celeridad inusual en Pakistán, en agosto un tribunal especial antiterrorista de la ciudad de Dera Ghazi Khan, sentenció a los cuatro violadores y otros dos jueces tribales a morir colgados, sentencia que ha sido recurrida.
El pasado diciembre, la joven maestra fue premiada por la Sociedad de Derechos Humanos de Pakistán, grupo privado que llevó su defensa, «por su valor al denunciar el salvaje crimen, en un país donde la violencia contra las mujeres suele quedar impune». Mukhtar recorrió los 360 kilómetros que distan de su aldea a Lahore, la capital del Punjab, para recibir el galardón.
Era la primera vez que viajaba tan lejos y, al recoger el premio, no pudo parar de llorar. Pero hace unos días le llegó la invitación más inesperada de su vida: un grupo de empresarias, médicos, sicólogas y periodistas españolas, el Club de las 25, le pidió que viajara a España para asistir al Encuentro Internacional contra la Violencia de Género, organizado por el Club y celebrado este fin de semana en Madrid, con motivo de la proximidad del Día Internacional de la Mujer. Para estas profesionales, «Mukhtar es un símbolo de la terrible situación de las mujeres, en países donde se las considera simples objetos y propiedades».
Las negociaciones fueron arduas. La joven no se sentía preparada para salir de su país, y en su vida había visto un avión. Finalmente prometió que allí estaría. Llegó con un día de retraso y agotada por el viaje, pero lo logró.Su peripecia empezó el pasado día 19: acompañada por su hermano mayor y por el mulá de su aldea, guía religioso sin el que se negaba a viajar, se dirigió en coche hasta la ciudad de Multan, donde un vuelo local debía trasladarla hasta Karachi. Pero un retén policial le hizo perder el avión, por lo que decidieron viajar en autobús hasta la capital. Tras un rocambolesco periplo de 18 horas por carretera, consiguió llegar al aeropuerto y recoger el salvoconducto de la Embajada Española.
El visado de Abdul Rasaq, su guía espiritual, no llegó a tiempo y Mukhtar, finalmente, decidió subir al avión con su hermano mayor. Aunque la joven enseñaba el Corán antes del terrible suceso, tanto ella como toda su familia son analfabetos. Las azafatas les guiaron, como a niños, en su escala en Zurich y el sábado, tres días de viaje después, entraron en el hotel Palace de Madrid, sin haber podido descansar.
Lo primero que Mukhtar quiere dejar claro es que su hermano pequeño, Abdul Shakoor, acusado de mantener relaciones sexuales con Salma, mujer de casta superior, «no hizo nada. Mi hermano sólo tenía 11 años. ¿Cómo iba a tener un niño de 11 años una relación con una mujer de 22? El ni siquiera pasaba mucho tiempo en la aldea. Cada día salía a cortar leña al bosque con mi padre». «Lo que pasó -continúa- es que a mi hermano lo encontraron durmiendo bajo un árbol unos hombres del clan Mastoi. Lo secuestraron durante todo un día en una casa, lo golpearon y lo violaron varias veces».
Mukhtar cree que la acusación contra su hermano fue «una invención» de la tribu Mastoi, quizá para ocultar y justificar «su crimen» de sodomía.
Precisamente, en contra de lo que se ha publicado, fue ella quien se dirigió al panchayat local en busca de justicia para su hermano. La sentencia a la que luego ella fue condenada, la violación pública por ser hermana del chico, es un terrible recuerdo del que ahora es incapaz de hablar: «Me siento avergonzada de rememorar lo que me hicieron», susurra, conteniendo las lágrimas. Y recuerda: «Justo aquel día, mi tío debía venir desde Karachi, para formalizar mi compromiso matrimonial. Yo iba a casarme; aquel debía ser un día feliz. Si él hubiera llegado a tiempo, quizá...»
Para Mukhtar, sus verdugos consiguieron su propósito: «Sí, he perdido mi honra y mi honor, aunque no haya sido culpable de nada. Ninguno de mis familiares pudo hacer nada. Estaban paralizados por el miedo. Había cientos de personas armadas. Mi padre ni siquiera pudo acercarse a mí». «Cuando todo acabó -continúa- ni él ni mi madre pudieron decirme nada. Eran incapaces de hablar. Sólo hubo dolor y silencio. Mi hermano y yo jamás hemos vuelto a hablar de eso. Él no tuvo la culpa de lo que me pasó, pero sé que se siente culpable. Los días siguientes pensé en suicidarme. Durante la primera semana teníamos mucho miedo y mi familia no denunció el caso por temor a otra venganza».
Pero el mulá de la aldea sí alzó su voz contra lo ocurrido, y una delegación de abogados de la Sociedad de Derechos Humanos de Pakistán presentó una queja formal ante la policía de la aldea. «Entonces -dice Muhktar- empecé a ver que no estaba sola, que me apoyaban los periodistas, los tribunales, las organizaciones y algunos vecinos, que se ofrecieron como testigos de mi sufrimiento. Decidí hablar, y luchar para que se hiciera justicia».
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