Finito de Córdoba esperó una hora ante el altar para casarse con Arancha del Sol

El sol lucío sólo a ratos, y eso puso nervioso a más de uno. Pero Córdoba no dudó en echarse a la calle para dar su peculiar enhorabuena a los recién casados. La plaza de Santa Marina rebosaba de gente horas antes del enlace. Ni la lluvia, ni la organización, ni la hora que la novia hizo esperar a Juan Serrano en el altar, pudo con el ánimo de todos los curiosos.
Los primeros invitados de esta boda, que se prometía mucho más glamurosa, comenzaron a llegar con cuentagotas rozando las cuatro de la tarde. La mayoría de ellos lo hizo en taxi, muy pocos en vehículos particulares, y uno a uno fueron desfilando ante el clamor de la gente.
Finito de Córdoba fue puntual. Eran las cinco en punto, la hora dicen más taurina, cuando el novio, acompañado de su madre, María del Carmen Pineda Luna, descendía frente la puerta del templo de un buick negro, de la colección privada de Teodoro Nieto Serrano, vistiendo un chaqué del modisto Gallo, cumliendo así uno de los deseos de la novia. Juan eligió una corbata en tonos celestes, que contrastaban con el color beig del chaleco y las tradicionales rayas diplomáticas de los pantalones, mientras que su madre, madrina del enlace, lucío un precioso modelo del sevillano Toni Benítez, de una sola pieza, en tonos coral, y la tradicional mantilla española. Cogidos del brazo, tardaron unos minutos en alcanzar la puerta de la iglesia. Juan confesó a los peridistas estar muy nervioso. «Sin lugar a dudas, es el peor peseíllo de mi vida. Esto es peor que torear».
La novia se hizo esperar casi una hora, aunque el diestro confesó «que esperaría a Arancha lo que hiciera falta». Alrededor de las seis de la tarde, Arancha del Sol hizo su aparición, acompañada de su padre, Juan Luis Maciñeiras Palacios, y precedida por un cortejo de cuatro pequeños (uno de ellos, Ángela Serrano, una sobrina del diestro). La novia, recibida entre aplausos, descendió de un Roll Royce negro justo cuando lucía el sol. La presentadora, guapísima, y visiblemente nerviosa y emocionada, lució un vestido blanco, de raso, del diseñador Lorenzo Caprile, con cuello de barco y mangas francesas. Del talle, ceñido al cuerpo, salían unos pliegues a la altura de la rodilla, que daba volumen al diseño. El velo, que no le cubría la cara, iba adornado con flores y cristales bordados, y dejaba ver un recogido con el pelo suelto y rizado en las puntas.
Entre los seiscientos invitados se encontraban Enrique Ponce y Paloma Cuevas, Julián López «El Juli», «El Tato», Óscar Higares, «El Litri», «El Califa», Juan José Padilla, Víctor Puerto, Morante de la Puebla, Juan Pareja Obregón y el cómico «Chiquito de la Calzada».
La ceremonia, acompañada por un orfeón, fue oficiada por el canónigo Miguel Castillejo, que, según diversos asistentes, le dio un carácter íntimo y con marcadas instrucciones a los contrayentes para que fueran felices por encima de las adversidades. Tras el enlace, el matrimonio se trasladó, en coche de caballos, a la iglesia conventual de San Jacinto, en la que con los cantos del coro rociero de la Hermandad de la Paz y la Esperanza de fondo, donde tenían previsto realizar la ofrenda del ramo de la novia y de un capote bordado con la imagen de la Virgen de los Dolores, titular de la Hermandad a la que pertenece «Finito». El banquete se celebró en el Palacio de Viana, una construcción del siglo XIV, con un menú compuesto por ocho platos de la gastronomía cordobesa y asturiana, regado con vinos de Montilla-Moriles.
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete
Esta funcionalidad es sólo para suscriptores
Suscribete