Bob Dylan, dos puntos
POR MANUEL DE LA FUENTEMADRID. A estas alturas de su vida (se calzó los 67 tacos el pasado 24 de mayo) y de su carrera (el día 23 comienza en Zaragoza su gira española), nadie tiene la menor duda de

POR MANUEL DE LA FUENTE
MADRID. A estas alturas de su vida (se calzó los 67 tacos el pasado 24 de mayo) y de su carrera (el día 23 comienza en Zaragoza su gira española), nadie tiene la menor duda de que Bob Dylan, además de uno de los creadores más influyentes de los últimos cincuenta años, no es uno de los tipos más dicharacheros del planeta, y quién sabe si, gira que te gira como un jovenzuelo, no habrá vendido su alma al diablo como Robert Johnson en busca de la fuente de la eterna juventud de la música. Sabido es también que a Bob lo de las entrevistas no le pone, por lo cual las ha ido concediendo con cuentagotas. Pero existen, como lo atestigua «Dylan sobre Dylan. 31 entrevistas memorables» (Ed. Global Rhythm Press) un libro cuya edición ha corrido a cargo de todo un experto, Jonathan Cott, uno de los capos de «Rolling Stone». Las entrevistas abarcan desde 1963 hasta 2004 y, generalmente, las respuestas de Bob, además de estar en el viento, son inclasificables. Con ustedes, Bob Dylan, dos puntos.
Veamos. Y oigamos. Para empezar, de dónde salía el discurso torrencial del trovador de Minnessotta. De la calle. «Se puede averiguar mucho de un pueblo, frecuentando los billares del lugar», según recogió Nat Hentoff de The New Yorker (24-10-64).
Tocar con electricidad
Dylan, del que un colega dijo que su sonido era «igual que el de un perro con la pata atrapada en una alambrada», electrificó el folk el verano del 65, en un paso decisivo para la historia de la música popular. «Es muy complicado tocar con electricidad. Te quita mucha energía», le explicaba a Nora Ephron y Susan Edmiston ese mismo verano. Que a los puristas no les molase el invento, tampoco le importó. «No me sentí deshecho por aquel abucheo. No lloré. Ni siquiera lo entiendo. Vamos a ver, ¿qué van a destrozar? ¿Mi ego? Ni siquiera existe», le decía a Joseph Haas del Chicago Daily News (27-11-65). La verdad es que ese día de noviembre Dylan estaba sembrao. Haas le comenta: «En el último disco de Joan Baez casi la mitad de las canciones son de Dylan». «Que Dios la ayude», le suelta el de Minnessotta. Y de paso, le echó un poco de leña al fuego del folk. «No. No es folk-rock. Lo llamo sonido matemático. Algo así como música india». Haas continuó metiendo el dedo en alguna llaga: «¿Qué hay de cierto en que cambiaste el nombre de Bob Zimmerman por Bob Dylan porque admirabas la poesía de Dylan Thomas?». «No por Dios, me quedé con Dylan porque tengo un tío que se llama Dillon». El 26 de enero de 1978 dictaba otra sentencia ante el propio editor de este libro: «El rock and roll terminó con Phil Spector. Los Beatles tampoco era rock and roll. Ni los Rolling Stones». Ha costado, pero a lo largo de los años, Dylan ha ido dejando escapar algunos apuntes sobre su vida personal. Como sobre su accidente de moto en el 66, que recodaba para Ron Rosenbaum en marzo de 1978. «Mira, estaba apurando mucho, y no podía seguir así más tiempo. El hecho de que saliera de aquello resulta bastante milagroso. Pero ya sabes, a veces te acercas demasiado a algo y tienes que alejarte para ser capaz de ver». Bueno, Bob se bajó de la moto, pero ante el muchacho de «Playboy» sacó algún conejo más de la chistera, como el de las drogas: «Ser músico significa sondear las profundidades de donde te encuentras. Y la mayoría de los músicos intentaría cualquier cosa para alcanzar esas profundidades».
En gira permanente
Como el Judío Errante, historia que sin duda conoce bien, Bob Dylan lleva años y años en una gira permanente sobre la autopista del rock and roll. El 16 de noviembre de 1978 le insistía a Jonathan Cott: «Pregúntale a Muhammad Ali por qué vuelve a pelear. Ve y pregunta a Marlon Brando que por qué hace otra película. Pregúntale a Mick Jagger. ¿Resulta tan sorprendente que salga de gira? ¿Qué otra cosa debería estar haciendo en esta vida? ¿Meditar en la montaña?» Casi veinte años después (28-9-1997) seguía con la misma cantinela ante John Pareles, del New York Times: «Me mortifica estar en el escenario, pero también resulta que es el único sitio donde soy feliz. Es el único lugar donde puedes ser quien eres. La vida diaria te va a decepcionar. Pasar por el escenario se convierte en la panacea».
A Dylan no se le soltaba mucho la lengua. Él mismo asegura a Karen Hughes, de Rock Express, el 1 de abril de 1978: «Raramente hablo. A veces es mejor estar callado que hacer mucho ruido, porque cuando callas sueles estar mejor sintonizado con los pájaros, las abejas y los fantasmas de la vida».
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