Anabel Segura El siniestro «negocio» de unos asesinos
CRUZ MORCILLO / PABLO MUÑOZABCCándido Ortiz, uno de los asesinos, asiste esposado al hallazgo del cadáver de Anabel
La mañana del 6 de octubre de 1995 los accesos al cementerio de Nuestra Señora de la Paz de El Soto de La Moraleja, en Alcobendas, estaban tomados por los medios de comunicación. Ese día, por fin, los restos mortales de Anabel Segura, de 22 años, iban a descansar en paz, tras el secuestro y asesinato del que había sido víctima dos años y medio antes. A mediodía la comitiva enfilaba la puerta. El silencio era absoluto, demoledor. En primera fila, los padres y la hermana de Anabel, destrozados, seguían el féretro acompañados sólo por familiares y otros allegados. Entre estos últimos, al fondo, en un discreto pero elocuente segundo plano, los policías que durante todo ese tiempo habían trabajado en el caso. En el rostro de los bragados investigadores también se podía apreciar la emoción. Para ellos éste no había sido un trabajo más. La compenetración con la familia había sido total. Aún hoy los lazos se mantienen.
Todo había comenzado a primeros de abril de 1993, con una conversación de barra entre dos conocidos, Emilio Muñoz, repartidor en paro, y Cándido Ortiz, fontanero, que por aquella época arrastraban problemas económicos. En la relación entre ambos el primero siempre había llevado la voz cantante, mientras que Candi, un tipo de ademanes educados pero escasa voluntad, se limitaba a asentir y a hacer lo que le pedía su amigo. Así sucedió de nuevo esta vez con la propuesta que Emilio le presentaba.
El plan era rudimentario: al mediodía irían a La Moraleja -«todos los que viven allí, por la zona del Camino Viejo, tienen mucho dinero», le explicó a su compinche-, cogerían a la primera chica que vieran por la calle, exigirían a su familia el pago de un suculento rescate y en sólo unas horas, tras recoger el dinero, la soltarían. Aparentemente, un «negocio» limpio y sin riesgos.
Era un día festivo
El 12 de abril Anabel Segura, de 22 años, salió de su casa de La Moraleja para hacer «footing». Vestida con ropa deportiva y con un «walkman» para amenizar la carrera, la joven estudiante de Empresariales ni siquiera se percató de que una furgoneta blanca acababa de superarla y paraba unos metros delante de ella, justo ante el Colegio Escandinavo. La calle estaba desierta, pues se trataba de un día festivo. Del vehículo salió un hombre corpulento que abordó a la chica, quien opuso seria resistencia. Los gritos de Anabel alertaron a un jardinero del centro escolar, que por casualidad trabajaba ese día. Salió a la calle y vio cómo se alejaba una furgoneta. Sólo pudo fijarse en que era blanca. No llevaba las gafas.
El empleado avisó de inmediato a la Policía. En aquellos primeros momentos no se descartaba ninguna hipótesis -incluso una fuga voluntaria, aprovechando que los padres de la joven estaban fuera de Madrid-, pero cada minuto que pasaba quedaba más claro que la hipótesis principal era que se habían llevado a la muchacha a la fuerza. Además, en el lugar apareció la parte superior del chándal y el «walkman» de Anabel, que perdió en el forcejeo con los captores.
Candi iba al volante de la furgoneta, mientras que Emilio se colocó detrás junto a Anabel para exigirle información sobre su familia. En ese momento, los secuestradores recibieron su primer jarro de agua fría: la joven les dijo que sus padres estaban fuera, por lo que ese día no podrían hablar con ellos.
La inexperiencia de Candi y Emilio, unida a su falta de escrúpulos, fue el peor enemigo de Anabel. No habían previsto esta circunstancia, no tenían infraestructura para mantener un secuestro durante días. Había otro problema: la víctima les había visto la cara y si la soltaban podía denunciarles. Durante seis horas, en las que los tres circularon por carreteras de Madrid, Ávila, Segovia y Toledo, todos esos inconvenientes atormentaron la mente de los secuestradores, cada vez más nerviosos. Posiblemente la joven se dio cuenta y trató de escapar.
El asesinato
A la caída de la tarde la furgoneta enfila la carretera que conduce a Numancia de la Sagra (Toledo). Saben que allí había una fábrica de cerámica abandonada y piensan que puede ser un buen escondite para unas horas. Pero de nuevo les puede el nerviosismo y la brutalidad. Emilio decide que aquello se acabó y mata a Anabel, agarrándola de forma cobarde por el cuello, desde atrás. Luego, los dos se deshacen del cadáver arrojándolo a una fosa que hay en el inmueble en ruinas. Tras el crimen, vuelven a su casa; el fontanero, a Escalona, y su amigo, a Pantoja, donde cena, como si nada hubiera pasado, con su mujer, Felisa, y sus hijos.
A las 8 de la tarde del 14 de abril los secuestradores; en realidad los asesinos, llaman a la familia para exigir 150 millones de pesetas (900.000 euros) de rescate. El suceso ya ha trascendido a los medios de comunicación, la conmoción es enorme y la Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid está volcada en las investigaciones.
«No teníamos prácticamente nada», recuerda el jefe policial que llevó el caso desde el primer día. «Sólo una furgoneta blanca, de la que no sabíamos ni marca ni modelo y algo fundamental en este tipo de casos: el apoyo de la familia, ejemplar en todo momento, que a pesar de la angustia confió en nosotros siempre». Pero ningún dato operativo.
No sólo había una casi total ausencia de pistas. El caso caló de tal forma en la sociedad que la presión con la que trabajaban los investigadores era enorme: «En la brigada se recibían llamadas del entonces presidente del Gobierno, Felipe González, que quería informarse en persona -recuerda el citado policía-.
El comisario jefe de entonces apenas dormía. Comprobábamos hasta lo que decían los videntes. El ritmo de trabajo era infernal, no tanto por ese factor ambiental sino porque todos nosotros estábamos absolutamente identificados con la familia Segura y compartíamos su dolor». Lo dice alguien que cada tarde, tras el trabajo, visitaba a los padres de Anabel «no para nada, sólo para acompañarles».
La primera decisión fue hacer un estudio de los empleados de todas las empresas que habían trabajado o trabajaban en La Moraleja, ya que se pensaba que los secuestradores, aunque no eran de la zona, sí la conocían. Uno a uno se cribaron todos esos trabajadores.
Paralelamente, los secuestradores continuaban con sus llamadas a la familia, que había nombrado como portavoz a Rafael Escuredo, ex presidente de la Junta de Andalucía. Naturalmente éste había pedido pruebas de que Anabel estaba viva, y fue entonces cuando Felisa García, la mujer de Emilio, grabó una cinta en la que se hizo pasar por ella. Los padres, aferrados a la esperanza, creyeron en un principio reconocerla; la Policía supo muy pronto que por desgracia no era la joven y eso anunciaba que la tragedia era ya inevitable.
No obstante, se fijaron dos citas para la entrega del dinero, en la provincia de Guadalajara y en Tarancón (Cuenca), pero los criminales no se presentaron. Si lo hubieran hecho habrían sido detenidos, ya que la zona estaba tomada por la Policía, que además disponía de los mejores medios técnicos de entonces. En cualquier caso, esos dos puntos fijados por los asesinos también fueron una pista, ya que si los habían elegido era porque los conocían bien y, por tanto, había que investigar a fondo ese entorno.
El estudio de la cinta enviada a la familia de Anabel, parte del cual se hizo en Alemania, reveló otro dato de interés. Muy al fondo se oía la voz de unos niños. Por tanto, quien la grabó tenía una vida bastante normalizada. Además, los pinchazos telefónicos demostraban que una de las llamadas de los asesinos se hizo desde una cabina de Vallecas, barrio que se peinó palmo a palmo.
Ayuda ciudadana
A pesar de esos avances, no se veía la luz al final del túnel. Por ello, y tras un estudio a fondo de los pros y de los contras, se decidió divulgar la voz de los secuestradores para pedir la ayuda ciudadana. Pasados unos meses se dio un paso más y el 6 de abril de 1995 España se paralizó para escuchar nuevos pasajes de la cinta con cortes de voz escogidos por los expertos, que fueron emitidos en un programa especial de «¿Quién sabe dónde?», en TVE. Las principales cadenas de radio se unieron también a la causa y los emitieron una mañana al mismo tiempo, en una iniciativa hasta entonces inédita.
La Policía sabía lo que se le venía encima a partir de esa decisión sin precedentes. Comenzaron a recibirse miles de llamadas, que fueron analizadas una a una por un equipo de agentes designados en exclusiva a esa labor. Tras una primera criba, se investigaban a fondo el resto. En junio se recibió la definitiva. Un hombre aseguraba que la voz de la cinta era la de Emilio Muñoz, un repartidor con el que acababa de estar y del que aportó además la empresa en la que trabajaba.
La Policía obtuvo una grabación de su voz. El jefe policial que había estado al frente del caso desde el primer día supo de inmediato que era el asesino. El análisis científico de la voz coincidía al 90 por ciento con la del comunicante. Aun así, hizo la «prueba del 9»: le puso la cinta a su superior, el nuevo jefe de la brigada: «No sé que te parece», le dijo como sin darle importancia. El comisario dio un brinco: «Es ese....». Los puntos suspensivos son fácilmente rellenables.
Se cierra el círculo
La investigación se centró ya en Emilio Muñoz. Todo coincidía: su empresa había hecho trabajos en La Moraleja; cerca del punto fijado por los secuestradores en Guadalajara vivía su hermano; tenía mujer e hijos; frecuentaba Vallecas, desde donde se hizo una de las llamadas a la familia...
Pero la Policía quería más pruebas. Hizo ver al hermano de Emilio la conveniencia de que llamara a su cuñada para sonsacarla. En efecto, Felisa García reconoció a su cuñado que sabía lo que había hecho su marido, pero no quería hablar de ese asunto por teléfono.
El 28 de septiembre los agentes de la Brigada de Policía Judicial de Madrid detuvieron a Emilio Muñoz y a su mujer en Pantoja, apenas a un par de kilómetros de donde Anabel Segura fue asesinada. El criminal confesó ya en el coche y explicó dónde estaba el cadáver. Además, a la primera pregunta de los investigadores sobre «su amigo», dio su nombre, profesión y lugar de residencia. Cándido Ortiz, del que se desconocía hasta entonces su identidad, fue arrestado e igualmente se derrumbó a la primera de cambio. Por su parte, Felisa también admitió que se hizo pasar por Anabel, aunque dijo que fue por miedo a su marido.
«¿Por qué lo hicisteis?», le preguntó la Policía a Emilio. Y éste, sin inmutarse, respondió con cierta desgana: «Fue un negocio que salió mal».
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