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España padece el mayor terremoto desde 1969, pero se quedó en un simple susto

Pasados cinco minutos de las once y media de la mañana, un terremoto de 6,1 grados en la escala de Richter se dejaba sentir en buena parte de la Península, dando un buen susto a muchos españoles

Pasados cinco minutos de las once y media de la mañana, un terremoto de 6,1 grados en la escala de Richter se dejaba sentir en buena parte de la Península, dando un buen susto a muchos españoles, sobre todo a andaluces. Sevilla, la capital de Andalucía, fue en la que más se apreciaron los efectos del seísmo, con desalojo de varios edificios públicos, colegios, facultades, oficinas... y muchos nervios entre los ciudadanos, pese a que, afortunadamente, no hubo que lamentar daños personales ni materiales. De un modo espontáneo, miles de andaluces abandonaron los edificios de forma voluntaria, como en la «Torre Triana» de Sevilla, el mayor inmueble administrativo de la Junta de Andalucía, la sede de la Audiencia Provincial -donde se suspendieron los juicios-, la sede central del Servicio Andaluz de Salud y el de la Diputación, todos ellos ubicados en el centro de la ciudad del Guadalquivir.

También se sintió el temblor con semejante intensidad en Cádiz y Huelva, de forma menor en Badajoz, Córdoba y Málaga, y levemente en Albacete, Cáceres, Ciudad Real, Granada, Guadalajara, Jaén, La Coruña, Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Pontevedra, Salamanca, Te-ruel, Toledo, Valladolid, Zamora, Zaragoza y Madrid, donde siete edificios del centro y de barrios periféricos fueron desalojados -también por propia iniciativa de sus inquilinos- y el teléfono de emergencias 112 recibió decenas de llamadas. Pese a que no ocurrió nada, los servicios de emergencia recibieron más de medio millar de llamadas en apenas una hora.

El epicentro del seísmo se localizó en el mar, a 500 kilómetros de Cádiz y a 200 kilómetros al suroeste del Cabo de San Vicente, en Portugal. Precisamente allí, el 1 de noviembre de 1755, se registró el terremoto más grave de la historia de la Península -estudios posteriores calcularon que superó los 9 grados en la escala de Richter-, hasta el punto de que provocó una ola gigante de 15 metros que destruyó Lisboa, afectó a Huelva y Cádiz, y se sintió en gran parte de Europa.

El seísmo vivido ayer es el más fuerte desde febrero de 1969, cuando también en la misma zona se registró una sacudida de 7.3 grados en la escala Richter, que provocó la muerte de siete personas debido a infartos. También se recuerda aún el terremoto de 1929 que, con origen en el Bajo Segura y 9 grados de intensidad, causó 839 muertes y la destrucción de 2.965 edificios.

Sólo el uno por ciento

Sin embargo, la zona con mayor índice de peligrosidad en España está en torno a Granada y el sur de las provincias de Alicante, Almería y Murcia. Cada año, en nuestro país se producen 2.500 terremotos, de los que la población sólo siente un uno por ciento, es decir, que son advertidos dos cada mes. De hecho, el terremoto de ayer tuvo dos réplicas -de 3,2 y 2,8 grados- que no fueron sentidas por la población.

La mayoría de esos seísmos se producen por el choque de la placa tectónica euroasiática con la africana, que dio origen a los Pirineos y a los Alpes.

Como el de Indonesia

El de ayer, de haberse producido en zona continental, habría causado «graves daños», según el experto en movimientos sísmicos y profesor de la Universidad Pablo de Olavide, Federico Torcal Medina, quien calificó el terremoto como de «intensidad media».

Como contraste a la ausencia de daños, hay que tener en cuenta que el terremoto de ayer es de la misma intensidad que el que se produjo el pasado mes de mayo en la Isla de Java (Indonesia) y que mató a más de 4.600 personas.

Desde el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España, su presidente, Carlos Hernández, aseguró que las construcciones de nuestro país son seguras y que cuentan «con todas las garantías para hacer frente a una zona sísmica de las características de las que se han producido». Desde 1944 existe una normativa para que la estructura de los edificios se diseñe y construya para que resista los terremotos.

Hernández también destacó que los efectos en países pobres son devastadores porque «las construcciones de adobe o de barro, que no tienen una estructura de hormigón, caen como el papel».

DÍAZ JAPÓN

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