Jens Lapidus «Quiero al criminal como un padre, pero odio lo que hace»
Abogado penalista, escritor de novela negraBlanca TorquemadaAntonio AstorgaVirginia Ródenas-Suecia nos parecía un paraíso blanco. Sería por la nieve, porque entre usted, Larson y Menkell la vemos rojo

Abogado penalista, escritor de novela negra
Blanca Torquemada
Antonio Astorga
Virginia Ródenas
-Suecia nos parecía un paraíso blanco. Sería por la nieve, porque entre usted, Larson y Menkell la vemos rojo sangre.
-Bueno, esta semana ha sido efectivamente muy blanca y mi hijo y yo salimos con un trineo a tirarnos por una cuesta de un parque cercano. Hace medio año un amigo fue asaltado en ese mismo parque, le golpearon en la cabeza y cayó al suelo. Le robaron la cartera y el mp3. Fuera se ha idealizado la imagen de Suecia: no es un paraíso y hay delincuencia. Dicho esto, en general es un buen lugar para vivir.
-Pero ¿qué ha pasado para que de repente estalle en la cara del mundo el hampa que se cocinaba en esa olla a presión sueca?
-Espero una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores para pedirme que deje de dar tan mala prensa al país (se ríe). En serio, en los quince últimos años el crimen organizado ha aumentado en Suecia. Están Los Ángeles del Infierno, la mafia rusa, bandas suburbanas y, no menos importantes, los serbios que controlan el Estocolmo del que escribo. Es una cuestión de la globalización. Si en el resto del mundo hay bandas, ¿por qué no debería haberlas en Suecia?
-Es penalista de uno de los principales bufetes holmienses. ¿Recibió algún aviso de la clientela para no pasarse de la raya?
-Ninguno; sin embargo, hay normas éticas que cualquier abogado debe respetar. No puedo revelar ninguna información que me hayan confiado mis clientes o de casos reales en los que esté trabajando. Es difícil y siempre reviso dos veces mis manuscritos.
-Seguro que la realidad superará la ficción.
-Hace dos meses defendí a un atracador de bancos. Era un tipo humilde, de hablar suave, con un buen corte de pelo y gafas, al que hubiera tomado por un inteligente universitario. Conozco a todo tipo de personas, algunas de las cuales han cometido hechos muy graves. Pero cuando me siento a hablar con ellas llego a conocerlas y a veces empiezo a sentir cierta simpatía: son individuos como yo. Imagino que así deben de sentirse los padres de los criminales: quieren a sus hijos, pero odian lo que hacen.
-No me diga que alguna vez no sintió tanta repugnancia que se planteó tirar la toalla.
-Hace unos meses defendí a una persona que filmó la tortura a otro ser humano. Confesó el crimen, pero tuvimos que ver toda la filmación. Fue horrible y me llenó de inquietud. Creo que es una buena señal que uno pueda sentir aún este tipo de emociones, pero es también importante recordar que en un estado democrático incluso el peor criminal tiene derecho a una defensa.
-¿Por qué se hizo penalista?
-Siempre me interesó el análisis de textos y las cuestiones relativas al bien y al mal. Y si añades a eso que soy un poquito exhibicionista y que puedo actuar ante el tribunal casi todos los días, se comprende por qué soy abogado.
-«En primer lugar, el dinero. En segundo lugar, el dinero. En tercer lugar, lo mismo». Es el pálpito que mueve a sus personajes, pero también a los tipos reales.
-El dinero es la fuerza motora de mucha gente. La búsqueda desesperada de dinero nos llevó a la crisis financiera y nos traerá problemas en el futuro. No obstante, hay una diferencia interesante entre el mundo criminal y el resto de la sociedad: en el primero nadie se ocupará de ti si caes, y en el segundo esperemos que existan algunas redes de seguridad, como la familia, los amigos o el propio Estado.
-Le pregunto al defensor de la canalla: ¿cree en la justicia?
-En el tribunal no buscamos justicia: buscamos un juicio justo, es todo lo que podemos hacer. La justicia perfecta desde un punto de vista moral es imposible.
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