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Sahara Viaje a la sabiduría del desierto

Después de décadas vagabundeando por esa enormidad de la naturaleza que llamamos Sahara, cuando me preguntan qué busco en el desierto no sé bien qué contestar. A lo mejor viajo al desierto porque, en

Después de décadas vagabundeando por esa enormidad de la naturaleza que llamamos Sahara, cuando me preguntan qué busco en el desierto no sé bien qué contestar. A lo mejor viajo al desierto porque, en esa relación casi pasional con la inmensidad -esa inmensidad tan extrema y dura como fascinante y variada- yo no busco nada. No necesito buscar, porque encuentro. Siempre encuentro lugares que, siendo los mismos, aparecen diferentes; siempre me cruzo con hombres, mujeres y niños que se parecen y que, sin embargo, albergan cada uno su propio universo. Así lo subrayo en el subtitulo de «Sahara. Un viaje a la sabiduría de las gentes del desierto», que he escrito junto a Ángeles Blanco. Y es que para mí la aventura en el desierto es como un partir al cara a cara con la rudeza de la naturaleza, a la contemplación de la pelea diaria por la existencia, a la fascinación de las inmensidades. Pero, sobre todo, es un viaje hacia la aventura humana, hacia el encuentro con una sabiduría y una humanidad que mis amigos del desierto, «mi gente» -caravaneros y cabreros, touareg y beduinos, hombres y mujeres- me ofrecen con sencillez, con desprendida amistad.

En ese aventurarse entre el Teneré y el Tanezrouft, en el Hoggar o en el Drâa de Ch´Gaga, siempre se reciben lecciones. Se llega con ganas de aventura, se desafían obstáculos entre «erg», «reg» y «hammada» (arena, planicies y pedregales), se revientan cuerpos y motores y, luego, un anciano o un niño, sólo con una frase, te inyecta una nueva sensatez y, de paso, te da una sonora bofetada en el trasero de tu prosopopeya cargada de opulencia occidental. Es lo que adoro del desierto. Sudar la gota gorda, empapar camisas con la sal axilar, averiguar dónde están mis límites... y, sobre todo, escuchar voces sencillas, problemas reales, vivencias humanas. Contemplar personas cuyo bagaje cultural hunde sus raíces en una experiencia de siglos de paciente y recia obcecación por la supervivencia.

Hace años me dejé adoptar por estas tierras. Frente a la mítica Tombuctú, en Mali, donde hubo un tiempo en el que en pleno Sahara llegaron a vivir unos 30.000 estudiantes, allí me dejé cautivar por uno de los puntos de partida de los grandes «azalay» (caravanas). Hoy, mi valle es el del Drâa; mi Sahara «prêt-à-porter», el de la dunas de Ch´Gaga y de la gran Sebkha de Iriki, que miran a esa frontera nunca dibujada en la arena ni tampoco aceptada entre Marruecos y Argelia. Y mi oasis, M´Hamid el Ghizlane, que, como su nombre indica, en un un tiempo vio corretear gacelas dorcas a su alrededor. Es el último oasis. Desde M´Hamid salían los grandes «azalay», esas interminables caravanas de nómadas y dromedarios cargados de tejidos, dátiles, especias y artesanía. Para alcanzar Tombuctú, debían pasar unos dos meses de viaje cruzando el Sahara, y regresar después cargados de bloques de sal de las infernales minas de Taoudenni. El trueque, el comercio venturoso y trashumante.

Aventuras que están al alcance de cualquiera sólo con atreverse, sólo con cruzar ese Marruecos tan cercano a las costas españolas. De cualquier persona con curiosidad, con ganas de conocer y de compartir vivencias, de sentarse en la arena o en una roca frente a un anciano nómada y su familia. Amigos que ofrecen pan y leche, que comunican vertiendo sin cesar ese sabroso atay, bin o la nanâ, té con o sin menta, el néctar que adereza y facilita cualquier charla. Ahí espero encontraros, algún día. ¡Inch´Allah!

TEXTO Y FOTOS: JOSTO MAFFEO

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