Suscríbete a
ABC Premium

Moda y movida Museo Manuel Piña: una vida al bies

Al final del museo, un collage de fotos hace las funciones de un chasquido de dedos. Súbito, la memoria: Madrid, mediados de los ochenta, Rossy de Palma, Carmen Maura, Paola Dominguín, Bibi Andersen

Al final del museo, un collage de fotos hace las funciones de un chasquido de dedos. Súbito, la memoria: Madrid, mediados de los ochenta, Rossy de Palma, Carmen Maura, Paola Dominguín, Bibi Andersen, Iman. y, claro, Manuel Piña, el hombre que las vistió, o las desnudó. El pasado miércoles, Manzanares, el pueblo en el que nació y al que regresó para morir, un paréntesis de cincuenta años (1944-1994), abrió al público un museo con una excelente muestra de su obra, setenta y cinco trajes que hablan sin tapujos de una forma de coger la aguja y de entender la vida. «La sombra de los hombres es a veces más humana y más real que los propios hombres», leemos de su puño y letra en una pared de ladrillo pintada de blanco.

Este otro hombre de la Mancha, una historia paralela a la del cineasta Pedro Almodóvar, nació para campesino o para torero, como dijo alguna vez, pero no para hacer moda. No tenía familiares modistas, y en Manzanares le rodeaban mujeres enlutadas de por vida, como Sebastiana, su madre. «Telas negras como la noche», escribió en 1991. En parte por eso se fue a la capital. A la ciudad que hervía. La movida. La música. Las ideas exageradas. Las madrugadas salvajes. Las líneas imposibles que empezaba a dibujar en su imaginación.

Manuel Piña murió en 1994, tras donar al Ayuntamiento ciento veinte trajes de su colección. «Quería que algún día se mostraran en una cava, quizá porque pensaba que su estilo casaba con la singularidad de este espacio», afirma Alex Serna, amigo del modista y diseñador del museo. Y visto el resultado, así parece. Durante mucho tiempo, los trajes estuvieron almacenados a la espera de encontrar la oportunidad, el dinero y el sitio. Hace cuatro años, finalmente, empezaron a restaurarse las cuevas de una casona del siglo XVI situada en el centro de Manzanares. El pueblo está lleno de estos túneles en los que se guardaba el vino y la comida, en los tórridos veranos de la planicie manchega. En agosto de 2006, Alex Serna, artista plástico, se puso manos a la obra, hasta concebir un espacio abovedado, fresco, iluminado con luces suaves, perfecto para apreciar el discurso creativo del diseñador. Desde mediados de los 80 hasta 1990.

A Alex Serna le gustan los abrigos de la primera época, los hombros rectos, las enormes solapas. Detrás estaba la influencia del maestro Balenciaga. En el viaje por la colección encontramos sus trajes de punto y mohaire, las lanas cardadas; un poco más allá, el macramé y el charol; en la tercera estación, las nuevas técnicas, los hilos de seda, el cuero; y, al final, su homenaje al teatro, a su admirado Miguel Narros. «Siempre fue rompedor, pero supo combinar la creatividad con lo comercial, algo siempre complicado, y más en aquella época -explica Serna-. De hecho, fue uno de los impulsores de la pasarela Cibeles, junto a Paco Casado, Pepe Rubio o Jesús del Pozo».

El escaparate de Cibeles

Manuel Piña lució su talento en Cibeles desde 1985 a 1990. Fue su primer héroe, como alguien dijo. El escaparate que necesitaba un estilo tan visual como el suyo. Le gustaba el color, las formas pegadas e insinuantes, una bofetada de belleza y optimismo, Madrid, 1985. Antes, en 1974, había abierto su taller de punto. En 1980 vistió a los coros de la Orquesta Nacional de España. En 1981 inauguró tienda en Nueva York. En 1983 diseñó su primera colección para Galerías Preciados...

Entre la donación de Manuel Piña y las aportaciones de particulares, Serna se encontró al final con unas ciento setenta piezas entre las que elegir para montar esta primera versión del museo. «Lo expuesto, algo menos de la mitad de lo que hay, era lo necesario. Defiendo un concepto minimalista del espacio». El resto del material (parte de la obra del creador se ha perdido) se está etiquetando y restaurando, con la pretensión de organizar exposiciones temporales o colaborar con otras instituciones, como el museo Balenciaga en Guetaria (Guipúzcoa). «Había muchos trajes en muy mal estado -continúa Alex Serna-, porque han pasado muchos años y, como es lógico, un Ayuntamiento no es un especialista en conservar ropa. Han trabajado muy duramente las monjas de Manzanares, que hacen pasteles y cosen como nadie, y, en la fase final, Carmen Pérez de Andrés, subdirectora del Museo del Traje».

Manuel Piña tuvo una relación con Manzanares de huida y vuelta. «Mi pueblo era rudo, crítico, cargante», escribió en 1991. Aquí vivió hasta los diecinueve años. «Un paisaje llano, llano, sin apenas árboles, sin ríos, sin montañas para poder soñar de niño con ¿qué habrá detrás de las montañas?». Y, sin embargo, aquí regresó cuando el sida empezaba a matarle. Se le recuerda con su perro, Oto, con su aspecto de pirata, subrayado por el parche que disimulaba su enfermedad. Aquí quiso también que estuviera su museo, su memoria. «Volver», llamaría más tarde al proceso su amigo Almodóvar, otro manchego cuya madre vestía de negro.

Descenso a los ochenta

Para entrar al museo recién abierto (se inaugurará oficialmente después de las elecciones) hay que bajar unas escaleras, hasta las cavas restauradas con esfuerzo y 600.000 euros. Y ese descenso a otro espacio y otra temperatura es clave para trasladarnos durante unos minutos a otra época. Vemos los vestidos de retor crudo que pintó Juan Gomila en 1984, un curioso experimento del comienzo. O su colección de palabras de honor inspirados en los insectos, tan llenos de color, de 1990. Y esos tejidos metálicos de aspecto futurista de los que se encaprichó al final de la escapada.

En la última parte del recorrido por las cavas de la antigua casona de la familia Merino (hoy, centro cultural) Alex Serna ha creado un panel con los nombres de los amigos de Piña. Fotógrafos, modistas, su madre, periodistas... Hasta su perro, Oto. En ese friso se resume aquella época, desde García Alix a Montesinos, desde Sybilla a Pérez Mínguez, el grupo que cambió la forma de entender y vender la moda, subidos al primer escalón de la pasarela Cibeles. Desafortunadamente, la escapada de Piña duró un suspiro, tan poco...

Esta funcionalidad es sólo para suscriptores

Suscribete
Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación