La leyenda de la bailarina Tórtola Valencia renace en una biografía
Pilar Queralt la define en su libro, titulado «Tórtola Valencia: una mujer entre sombras», como «inteligente, esnob, cultivada, ególatra y libre»

TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO
MADRID. Una mujer hermosa, si es inteligente y, por tanto, no se alimenta sólo de narcisismo, sabe que el don de la belleza vale menos si no se acompaña de cierto misterio. Tórtola Valencia lo supo y lo fomentó. Tejió su vida entre la ficción y la realidad y así logró hacer real la frase de Eugenio D´Ors: «Sólo hay una manera de defenderse del olvido: crear una leyenda». Ella forjó la suya. Pero los mitos pueden caer en el olvido, eso sí, para resucitar antes o después. Ahora le ha tocado el turno a Carmen Tórtola Valencia (1882-1955), a quien dedicaron fogosas palabras desde Rubén Darío -la llamó, en frase que se haría célebre, «la bailarina de los pies desnudos»-, a Pío Baroja, Benavente, Federico García Sanchiz, que la presentó en 1913 en el Ateneo madrileño; Zuloaga, Valle-Inclán, D´Annun-zio o Granados, que le dedicó «La gitana», estuvieron entre los intelectuales que la admiraron y de los que, inteligente, supo rodearse. El mito que retorna lo hace de la mano de Pilar Queralt, a través de «Tórtola Valencia. Una mujer entre sombras» (Lumen). La autora la define como «inteligente, esnob, cultivada, ególatra y libre».
La maja de Myrurgia
Danzarina, coreógrafa, figurinista y pintora (hizo múltiples exposiciones), obtuvo un gran triunfo en Europa y América. Su rostro y su figura quedaron inmortalizados, además de por grandes pintores como Ignacio Zuloaga, por los carteles promocionales de los perfumes y las sales de baño Maja, de la firma Myrurgia. La mujer de enormes ojos negros, de peineta y mantilla, que luce un airoso vestido rojo y sostiene un gran abanico es aquella Carmen que redujo su nombre artístico a sus dos apellidos. De su sentido de la libertad da idea el hecho de que se negara a llevar corsé porque «era la cárcel de los encantos femeninos». Esta sevillana dio la vuelta al mundo entre aplausos y bravos, aunque hay que consignar que en el teatro Romea, de Madrid, en 1911, tuvo un fracaso de los que hacen época. Sin embargo, tiempo antes había sido recibida en Barcelona entre clamores, de modo que no tiene nada de extraño que al plantearse su retirada de la escena, eligiera esa ciudad para vivir.
Tres años después de su nacimiento, sus padres dejan Sevilla por Londres. Buscando mejor fortuna se trasladaron a Oaxaca (México), y dejaron a la niña al cuidado de una familia de la alta burguesía inglesa, lo que explica su excelente preparación. Pero lo bueno no suele durar mucho -claro que en ocasiones un grave problema se torna en la creación de una existencia nueva-. Éste fue el caso de Tórtola que, ante la ruina de su tutor, conoce bien la miseria. Éste es un momento crucial en su vida, porque en vez de darle el sí a un noble inglés se inclina por una vida independiente. Su debut como bailarina fue en Londres en 1908. Un periodista escribió: «Se trata de una bella señorita que danza con vivacidad y delicadeza». Era una total desconocida que no perdió tiempo en forjar su leyenda. Se dijo sobrina de Goya e hija de un aristócrata español, entre otras ficciones. Algún tiempo después fue una mezcla de vestal que jugaba con lo clásico, lo lascivo y lo oriental. Ni que decir tiene que fue tachada de inmoral, claro que la moral victoriana había pasado a mejor vida. Tórtola tuvo como referentes a la Bella Otero y al gran Nijinski. Cuando bailó ante el sultán de Turquía incorporó por vez primera a su repertorio danzas orientales. En 1909 sufrió un grave accidente, pero el reposo no lo tradujo en descanso, sino en «documentarse sobre culturas exóticas, en frecuentar el teatro como espectadora, tanto Isadora Duncan, como Ana Pavlova o Maud Allan contribuyeron a que la española creara un estilo propio».
Supo romper moldes y aunque hablabla de innumerables hombres en su vida, parece que fueron dos: el archiduque Francisco José de Baviera, a quien conoció en 1908, y Antonio de Hoyos y Vinent, marqués de Vinent, con quien llegó a hablarse de boda en 1927. Un año después se desmintió el enlace. En realidad, del marqués siempre se dijo que era homosexual y esa condición, unida a ideas izquierdistas, lo llevó a la cárcel al finalizar la guerra civil, encierro que le costó la vida. También se habló de ambigüedad con respecto a la vida sexual de Carmen. En 1928 conoce a Ángeles Magret-Vilá. Desde entonces hasta la muerte de Tórtola nada las separó. En 1930, Ángeles enferma gravemente y la bailarina de los pies descalzos promete solemnemente que, si sana, dejará de bailar. Ese año bailó por última vez en Quito.
En Barcelona, ambas mujeres comienzan una nueva vida. Carmen se inicia en el gran coleccionismo, una de sus joyas, una cruz de esmeraldas, topacios, zafiros y diamantes la donó al tesoro de la Catedral de Barcelona, para que se insertara en la Custodia que iría en la procesión que celebraría el Congreso Eucarístico, en 1952. Ángeles, ¿secretaria?, ¿amiga?, ¿amante?, empezó a recibir clases de pintura por parte de Carmen. Esta mujer imprevisible adoptó legalmente en 1942 a Ángeles, que añadió el Tórtola a sus apellidos. Sombras, pero también merecidas luces, en la vida de una artista autodidacta, que supo llevar siempre el timón de su existencia. Decía, con razón, que su lema era luchar y vencer.
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