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ABC Cultural

Kafka, en brazos de su último amor

La biografía de Dora Diamant no sólo narra la última gran pasión del autor de «El castillo» por una joven judía, sino el trágico

mundo que les tocó vivir a ambos. Dora fue la única mujer con la que Franz Kafka convivió

MADRID. En un cementerio inglés, en el United Sinagogue Cemetery de Marlowe Road, en East Ham, hay una tumba en cuya lápida puede leerse un nombre, Dora Diamant, y la siguiente inscripción: «Sólo quien conoce a Dora sabe lo que es el amor». Estas palabras, hermosas y definitivas, fueron escritas por Robert Klopstock y constituían un homenaje al gran amor -correspondido- que aquella mujer sintió por Franz Kafka. Una joven judía -alegre, espontánea. inconformista y parlanchina-, que confesó que «vivir con Franz un solo día valía más que toda su obra». Cuando se conocieron, en días en que el aire tenía sabor marino, él tenía 40 años; ella, 25.

La historia de esta pasión puede conocerse en un libro -«Dora Diamant» (Circe), de Kathi Diamant-, que no sólo recorre la existencia de aquella relación de fascinación mutua, sino las circunstancias que la época les llevó a protagonizar como ciudadanos de un mundo terriblemente complicado que se encaminaba, con seguridad aplastante, hacia horrores diversos: Hitler, Stalin... En el ambiente podía percibirse ya el olor de lo terrible. Y, además, estaba la enfermedad de Kafka. La entrega de Dora fue total, porque ella y él superaron lo indecible al fundirse en una armonía absoluta.

Kathi Diamant, a quien no unen lazos familiares con la protagonista de su obra, es fundadora y directora del Kafka Project de la Universidad de San Diego (California) y dirigió la investigación oficial para recuperar los documentos del autor que fueron confiscados por la Gestapo. Ha investigado más de una decena de años para escribir sobre Dora y ha logrado material hasta ahora inédito.

Un día en la playa

El autor de «El proceso», publicado tras su fallecimiento, murió el 3 de junio de 1924, pero ya en 1919 -los amantes vivían en Berlín-, la situación de Alemania era caótica tras la derrota sufrida en la I Guerra Mundial. Se asesinaba a líderes políticos socialistas y comunistas como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, y a líderes judíos. Aunque suene imposible, en 1923 el coste de la vida se incrementaba un veinte por ciento todos los días. Ese fue el mundo que les tocó vivir, al margen de los fantasmas interiores de Kafka y de su más que difícil relación con su padre. Pero Dora incluso pudo con aquellos espectros.

Aquella joven polaca extraordinariente independiente no dudaba en enfrentarse a su padre, que era rabino. El deseo de la muchacha de aprender más sobre su religión se consideraba «antinatural y destructivo». Tuvo que simular que seguía las reglas impuestas en el hogar y por la sociedad, pero, en secreto, se unió a un grupo de teatro, un espacio al que regresaría a lo largo de su vida. Dora, que admiraba a las mujeres alemanas que transformaban el modo de entender la existencia femenina, estudiaba las leyes de la Tora, interesándose por los temas más profundos y humanistas. Quería, en fin, ser una mujer moderna. Dos veces se escapó de casa. La primera, su padre hizo valer su autoridad; la segunda, la dejó por imposible. Ella se marchó, según sus propias palabras, «con el alma ansiosa». Así llegó a dar, en julio de 1923, con Müritz, una localidad al norte de Alemania, junto al mar Báltico. Trabajaba como voluntaria en la cocina de una colonia para niños judíos. Un buen día, Dora vió en la playa a un hombre cuyo aspecto la impresionó y pensó que debía ser «un medio piel roja de Estados Unidos». No le fue ajeno que estaba acompañado por una mujer y dos niños, que luego resultaron ser su hermana y sus sobrinos, pero el hombre la conmovió de tal modo que decidió seguir al grupo. Tenía claro que deseaba volver a verlo. En el atardecer de una jornada que sería decisiva para ambos, Dora observó una sombra ante la ventana de la cocina. Levantó los ojos y contempló al hombre de la playa, que era el invitado de honor de aquella noche. Ella estaba limpiando pescado y él, con voz dulce, dijo: «¡Qué manos tan tiernas y qué trabajo tan cruento tienen que hacer!». En las horas siguientes, ella supo que se trataba del doctor Kafka y que no estaba casado. Datos que la hicieron sentirse «sobrecogida por la dicha». Franz no se había apartado nunca de la autoridad paterna y, con excepciòn del viaje a Müritz para reponerse de una neumonía que, unida a la tuberculosis, lo tuvo un año en cama, nunca había salido de Praga.

El abandono del hogar paterno

Los dos tenían el sueño, nunca realizado, de ir a Palestina, donde se ganarían la vida abriendo un restaurante en el que Kafka sería camarero y Dora, cocinera. Fueron muchas las cosas que Kafka admiró y amó en Dora. Pensaba, por ejemplo, que una vida tan auténtica conducía a la liberación espiritual. Pero no se atrevía a pensar en lo que su padre diría de la muchacha. El escritor le había aconsejado a su gran amigo Robert Klopstock que «Berlín es la medicina contra Praga». Cuando él mismo se marchó con Dora a Berlín -era la primera vez que el escritor convivía con una mujer, algo que no ocurrió con Felice y Milena-, mintió al decir que «sería por unos días». La pareja se consolidó de tal modo que, a pesar de las repetidas idas y venidas a hospitales, de las penalidades económicas -medio kilo de mantequilla llegó a costar seis millones de marcos, algo que superaban con la que los padres de Kafka enviaban desde Praga-, fueron dichosos. Cuando a Kafka se le tachó de nihilista, de progenitor del existencialismo, Dora sentenció: «¡Es imposible pensar que alguien que vivía con tanta intensidad, que ponía tanta vehemencia en la vida cotidiana, odiara la vida. Era un gozo el simple hecho de comprar cerezas!».

Cuando quisieron casarse, el padre de Dora no dio su beneplácito, claro que a ella le daba igual el matrimonio, y siempre se sintió «la esposa de Kafka». Quizá dos seres que no se sintieron comprendidos por sus progenitores encontraron, al unirse, la paz de espíritu que necesitaban. Para la mujer enamorada, «el hombre y el escritor se fundían en armonía». Leían y conversaban mucho. Él sólo necesitaba soledad a la hora de escribir y destruía mucho de lo que creaba.

Cuando Dora leyó «La madriguera» vislumbró la zona de sombra de lo que denominó «la profundidad insondable» de la vida interior de Kafka y supo que para él «escribir era el impulso central de su vida». En su opinión, su empatía con la gente desgraciada le permitía la comunión con la gente infeliz en momentos de infelicidad. Y no dudaba en comparar el dolor de Franz por los demás con el Gólgota. Los esfuerzos que Dora hizo para alimentar a Franz adecuadamente merecerían figurar en un libro dedicado a los milagros humanos. Otro fue que Kafka se sintiera, con ella y lejos de Praga, por fin libre.

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