Cena enxebre para frau Merkel
La canciller y el presidente cenaron en «El Pasaje», el restaurante más antiguo de la capital gallega
Para convidar a cenar a Angela Merkel, Mariano Rajoy eligió una casa bien conocida de su ciudad natal, Compostela: «El Pasaje». Después de la caminata preliminar, a paso de carga, nada mejor que una profunda inmersión en la suculenta gastronomía galaica. El lugar elegido, en la muy emblemática Rúa do Franco, tanto tiempo senda estudiantil en busca de tazas de Ribeiro y, en su día, camino hacia la catedral de los peregrinos europeos, llamados en la Edad Media «francos», parece de lo más adecuado para empaparse de sabor compostelano.
Al parecer, frau Merkel es aficionada al pescado; nació en un puerto de mar, Hamburgo; así que nuestro presidente eligió, en complicidad con el dueño del local, experto y avezado hostelero, un menú con el pescado como principal protagonista . Se evitó el marisco; de ese modo se subrayó la excepcionalidad de la canciller alemana, porque excepción son quienes viajan a Galicia y no caen en la tentación del marisco. Tampoco hubo dos platos tan emblemáticos de la cocina gallega tradicional como el pulpo y la empanada; hubo xoubas (sardinillas), pero no en empanada, sino a la plancha, una magnífica manera de entrar en materia, sobre todo acompañadas de unos pimientos de Herbón, de los que Cela llamó «mínimos y franciscanos». ¿Les saldría alguno respondón…? Sería una osadía.
El plato fuerte estuvo muy bien elegido: rodaballo. Verán, podría haber sido merluza, pescado gallego por excelencia, aunque Cunqueiro lo menospreciase diciendo que era «una superstición de los señores abades de las Rías Baixas; pero fue rodaballo. Perfecta y diplomática elección, tal vez recordando «El Rodaballo», la magnífica novela de Gunter Grass cuya acción se desarrolla en Danzig (hoy Gdansk), ciudad natal del propio Grass… y de la abuela materna de Frau Bundeskanzlerin. Rodaballo con patatas, tan enraizadas en la cocina alemana desde Federico el Grande y tan deliciosas en Galicia, y grelos (los alemanes los conocen y consumen), pero… ¿grelos en agosto?
No tomaron postres; los quesos (Arzúa «de nabiza» y San Simón) fueron a la española, en el aperitivo. Es de suponer que se bebería un albariño de las Rías Baixas, que la leyenda relaciona con los vinos del Rhin. Y, habida cuenta de que Rajoy no llega al punto folclórico de Fraga, no se cerró la fiesta con queimada. Ya ven: pura cocina gallega, con evidentes guiños a lo alemán. Perfecto; seguro que la Moncloa y la Cancillería berlinesa llegaron, en torno a la mesa, a un sólido acuerdo… al menos, gastronómico.
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