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gastrónomos exquisitos

Enrique VIII y su pasión por el roastbeef

El monarca nombró Sir a un asado de lomo de buey («loin»), de ahí viene lo del actual «sirloin»

Enrique VIII y su pasión por el roastbeef abc

cristino álvarez

La imagen de Enrique VIII de Inglaterra más popular es la de una especie de Barba Azul que coleccionaba mujeres en plan «usar y tirar» o, más bien, «usar y decapitar». Ciertamente, Enrique, segundo monarca de la Casa Tudor, se casó seis veces: con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (se divorció); con Ana Bolena (decapitada); con Jane Seymour (muerta días después del parto); con Ana de Cleves (se divorció, al parecer sin consumar el matrimonio); con Catalina Howard (decapitada) y, por fin, con Catalina Parr, que le sobrevivió.

Enrique fue, mientras pudo, un hombre al que hoy consideraríamos deportista, amante del ejercicio físico... y amante, también, de las carnes rojas, de los grandes asados. Se cuenta que en una ocasión , ante la espectacularidad de un asado de lomo de buey («loin»), desenvainó su espadín de corte e hizo caballero (Sir) a tan hermosa pieza; de ahí viene el actual «sirloin». Pero si hay una pieza que simbolice el tratamiento que la cocina inglesa ha dado y da al lomo de buey, hay que hablar del roastbeef, seguramente, con el gin tonic y la salsa Lea & Perrins, la mejor aportación inglesa a la gastronomía mundial.

Punto casi sangrante

Son gloriosas las páginas de Julio Camba sobre el roastbeef del «Simpson on the Strand» londinense. Un roastbeef es, sencillamente, la mejor manera de dar cuenta de esa pieza bovina. Lomo alto o bajo, al gusto; punto casi sangrante en el corazón, tostado en el exterior. Delicioso en caliente, con su propio jugo y un puré de patatas o unas patatas fritas (mejor que el Yorkshire pudding), y excelente frío, en finas lonchas, con escolta de encurtidos y mostazas: un fiambre de lujo. Cuando disfruten de un buen roastbeef, dedíquenle un recuerdo a aquel rey que tanto gozó con los grandes asados de los siempre magníficos bueyes británicos: verán cómo les empieza a caer bastante mejor.

Enrique VIII y su pasión por el roastbeef

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