Libros de vino y rosas
«La máquina espacial»
Christopher Priest. Prólogo: Javier Negrete. Traducción: V. M. García de Isasi. Ed. RBA. 422 páginas. 18 €.

Como suele suceder con otros estilos de la narrativa de género, la ciencia-ficción tiene un público eterno. Quizá en España (a pesar del esforzado trabajo de algunas editoriales desde hace años) salvo casos excepcionales no venda sus títulos por centenares de miles de ejemplares, pero existe una legión fiel de seguidores que permite que las Leyes de la Robótica que promulgara Isaac Asimov sigan vigentes con total intensidad.
Hablamos de la ciencia ficción a lo grande. La de Lem , la del propio Asimov, la de Arthur C. Clarke , la de Wells, la de Bradbury . No estamos hablando de esas bagatelas de rayitos láser que van y vienen, marcianos de tres al cuarto y naves que surcan el espacio intestelar poblado de bichejos.
Hablamos de esa ciencia-ficción que suele poner al hombre al borde del abismo, en los extrarradios de la realidad, dudando sobre los límites del bien y los límites del mal, convertido en un replicante sin memoria ni recuerdos, en un alma en pena vagando por los confines del universo, con sus angustias y dolores lanzados entre las estrellas, volando a miles de kilómetros luz de velocidad.
Un maestro contemporáneo de la ciencia-ficción de enjundia es Christopher Priest , autor de grandísimos títulos como «Fuga para una isla» y «Un mundo invertido» , publicados ambos a principios de los años 70.
Sus libros, en los que se advierte siempre su pasión por H.G.Wells han recibido bastantes galardones, y gracias a ellos se le suele llamar «literato de las ideas». Estas tampoco faltan en un título que aterriza otra vez en las estanterías españolas: «La máquina espacial», historia de un curioso viaje intertemporal del que no podemos dar más detalles para que el lector escape a la pasión con las que se leen estas páginas, en las que se rinde homenaje a «La guerra de los mundos» y «La máquina del tiempo» del citado Wells, con un humor muy british, porque este es uno de esos libros que recuerda a la genial literatura clásica británica, esos hombres que beben un whisky o un coñac tras la cena mientras charlan de lo humano y lo divino y apuran un cigarrillo.
Literatura de la grande, la de leer en la cama antes de dormir pasadas ya las penalidades del día, o en un sillón de orejas escoltado por una vivaracha chimenea. Un placer, el viejo y esperemos que inmortal placer de la lectura.
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